Viernes, 23 Octubre 2020 12:50

El patético arte de tropezar siempre con la misma piedra - Por Sergio Berensztein

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Apenas un año del triunfo electoral del FDT, la Argentina incuba una crisis de gobernabilidad compleja e inasible.

 

La economía se hunde en una depresión más dramática que la de 2001/2002, pero el Presidente y sus colaboradores insisten en un diagnóstico caprichoso, infantil y negacionista que podría estar también equivocando el cálculo respecto de la paciencia que la sociedad tiene frente a los constantes desatinos de sus gobernantes. "Desabastecimiento de alimentos y otros productos de la canasta básica, descontrol de precios y una clase media que se harta y dice basta" fue la respuesta de un veterano dirigente peronista ante el interrogante que toda la política se hace a diario: ¿cuál puede ser el disparador que precipite los conflictos y complique aún más este singular proceso?

Históricamente, las corridas cambiarias sostenidas en el tiempo contagiaban al sistema financiero y aceleraban el desenlace. Las cosas son diferentes ahora: los bancos están mucho más sólidos, mejor regulados y no tienen los depósitos "descalzados" (solo prestan dólares a quienes exportan)

Históricamente, las corridas cambiarias sostenidas en el tiempo contagiaban al sistema financiero y aceleraban el desenlace. Las cosas son diferentes ahora: los bancos están mucho más sólidos, mejor regulados y no tienen los depósitos "descalzados" (solo prestan dólares a quienes exportan). Por eso, la inercia puede cambiar frente al veloz deterioro de la economía (incluyendo la licuación en términos reales de los ingresos y un desempleo que, bien medido, no tiene precedentes) y las reacciones sociales, individuales y colectivas, que podrían desencadenarse ante la falta de respuestas (una inentendible inacción) de un sistema político que prefiere ignorar la experiencia histórica y la incontrastable evidencia empírica de lo que pasa en este inhóspito presente.

Un componente aún más enmarañado de esta incipiente crisis de gobernabilidad es político: los "presidencialismos de coalición" constituyen experimentos condenados al fracaso. Podría aun considerarse que la revuelta fiscal desatada por la resolución 125 dio también por tierra con el acuerdo entre el kirchnerismo y una parte de la UCR apenas unos meses luego del triunfo de la fórmula Cristina-Cobos. Una cosa es conformar coaliciones electorales exitosas y otra, afrontar el desafío de gobernar. Triunfar en comicios competitivos y sin (demasiadas) irregularidades es, siempre y en todas partes, muy dificultoso. Pero, al menos en nuestro entorno, llevar adelante la gestión, aunque sea de manera mediocre es, como pone de manifiesto el frustrante desarrollo político contemporáneo de la Argentina, muchísimo más engorroso.

Las coaliciones se amoldan mucho mejor a formatos más flexibles, como los regímenes parlamentarios. Es cierto que existen algunos (pocos) casos exitosos en nuestra región, como Chile y Uruguay. Pero se trata de países con una cultura política menos beligerantes y, sobre todo, unitarios, con una dinámica menos compleja que las derivadas del federalismo. Cuando se analiza la experiencia brasileña, la corrupción sistémica fue el cemento que mantuvo unidas a las coaliciones electorales como instrumentos de gobierno. Los constantes desencuentros entre Alberto Fernández y su vicepresidenta ahondan la incertidumbre política y el vacío de credibilidad que caracteriza a esta rápidamente desgastada administración. Así, proliferan contradicciones y ambigüedades en múltiples aspectos de la agenda, desde la política exterior hasta la sanitaria (entrelazadas en el insólito debate sobre la geopolítica de las vacunas contra el Covid-19).

Como si todo esto no fuese suficiente, otro de los factores determinantes de esta crisis de gobernabilidad, que se extiende y profundiza ante la incomprensible parsimonia de buena parte de los protagonistas de la vida pública nacional, involucra a un aparato del Estado enorme, que carece de moneda y es imposible de financiar, cuya consabida incompetencia quedó aún más expuesta como consecuencia de la pandemia. En un país sin anclas para influenciar las expectativas, con un déficit fiscal otra vez enorme y que carece de divisas, la única certidumbre que parece que tienen los mercados es que, a pesar de que no existe un riesgo en el corto plazo, la Argentina terminará yendo a un nuevo default. Eso explica que los títulos públicos estén rindiendo un absurdo 16% anual en dólares.

Además, la deteriorada autoridad del Estado está siendo abiertamente desafiada por actores sociales de la más diversa índole. Las tomas de tierras y los violentos arrebatos de supuestos "pueblos originarios" parecen el resultado de un Estado capturado por segmentos marginales que alientan la violación a la propiedad privada más que por un comportamiento autónomo de grupos con reclamos ancestrales o problemas de vivienda. La sensación de anarquía se vuelve más evidente y así lo sintieron los productores agropecuarios entrerrianos, que fueron a defender con mano propia el esfuerzo de sus vidas: un conflicto que podría salirse de cauce y generar un desastre.

Un amenazante círculo vicioso, un mecanismo perverso, se retroalimenta sin cesar y presenta una capacidad de daño pocas veces vista: la crisis económica se profundiza segundo a segundo; la política, atontada y balbuceante, es víctima de su propia improvisación, de la mediocridad de sus protagonistas y de un acervo de ideas e instrumentos anacrónicos y descoordinados; un aparato estatal ineficiente, megalómano y quebrado ahuyenta por sus regulaciones absurdas y una carga fiscal intolerable tanto a las empresas transnacionales como a un número creciente de emprendedores, mientras defaultea también sus responsabilidades inalienables dejando absolutamente indefensos, sin educación y dentro de poco sin siquiera energía a sus angustiados ciudadanos. Cada minuto que se pierde, cada día que pasa, el problema es más grande. ¿Qué hace falta para que la administración de Fernández modifique su diagnóstico? ¿Acaso prefiere suicidarse, aferrado a un modo absurdo de tomar decisiones que acelera la velocidad de su desgaste a fuerza de inconsistencias y languidez?

Quienes busquen aferrarse a la esperanza de que un volantazo salvador pueda evitar un choque aún más doloroso, incluida una devaluación descontrolada, deberían ser prudentes: la política sanitaria frente al coronavirus es un rotundo fracaso y, lejos de reconocerlo, el Gobierno insiste con improvisaciones y cuarentenas, mientras planifica con exagerada minuciosidad la distribución en menos de dos meses de millones de dosis de una vacuna que aún no existe, a cargo de un funcionario que, en febrero de este año, aseguraba que este virus nunca llegaría al país.

¿Puede esto continuar así sin que se precipiten acontecimientos aún más desgarradores? Es un interrogante muy difícil de responder. La Argentina tropezó muchas veces con esta misma piedra y cuando no reaccionó a tiempo, con un plan de estabilización como el que reclama el mercado en esta instancia, las consecuencias fueron muchísimo peores: las correcciones caóticas tienen un impacto distributivo desastroso y suelen herir de muerte a quienes detentan circunstancialmente el poder. Al contrario, planes de estabilización bien diseñados, implementados por especialistas experimentados y con fuerte apoyo político de las principales autoridades facilitan una rápida recuperación económica y son un fabuloso negocio en términos electorales.

Por eso llama la atención que, con toda la información disponible y la experiencia acumulada a nivel nacional y mundial, la Argentina vuelva a encaminarse de manera patética hacia el mismo precipicio en el que cayó tantas veces. Si al Presidente y sus colaboradores les queda algo de autoestima y de sentido de responsabilidad, deben aprovechar cada segundo a partir de ahora para hacer lo correcto y evitar un daño aún mayor.

Sergio Berensztein

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