Lunes, 26 Octubre 2020 15:01

En busca de la confianza perdida - Por James Neilson

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Las diferencias entre Alberto y CFK hacen que no haya un proyecto claro. La crisis el dólar en medio de la pandemia.

 

Todos coinciden en que hay que reconstruir confianza en el futuro del país, ya que a menos que la mayoría tenga buenos motivos para sentir esperanza la Argentina seguirá deslizándose hacia el abismo que algunos pesimistas dicen está a la vuelta de la esquina. De acuerdo, pero ¿cómo hacerlo? Según algunos, bastaría con que el gobierno elaborara un plan económico coherente. Otros creen que sería suficiente marginar a Cristina porque con sus ideas raras y sus prioridades personales la señora asusta a los inversores en potencia. También los hay que atribuyen el colapso de confianza en el porvenir del país a la persistencia de “la grieta”, cuando no al “odio” que en su opinión se ha apoderado de demasiadas personas. Han adoptado con entusiasmo esta teoría Alberto y su vocero más vehemente Santiago Cafiero. Por su parte, el habitualmente tranquilo Gustavo Beliz, en su papel de secretario de Asuntos Estratégicos, habla de un país que está “fragmentado y polarizado” por el odio.

Acaso no exageren los tres aunque, claro está, dan por descontado que ellos mismos están libres de las emociones malignas que ven detrás de las divisiones sociales y políticas que a su juicio les impiden lograr lo que se han propuesto. Con todo, si bien desde el punto de vista del gobierno todo sería mucho más agradable si la soñada “unidad nacional” fuera algo más que una expresión de deseos, aun cuando todos los habitantes del país creyeran con el fervor debido en el relato oficialista, no estaría garantizado el éxito de la gestión de los Fernández.

Sin un programa de gobierno realista, sería peor que inútil la unanimidad que, a pesar de sus alusiones esporádicas a los beneficios de la diversidad, el oficialismo está reclamando.  Lejos de ayudar a solucionar los problemas básicos, sólo serviría para agravarlos. Al fin y al cabo, el que la Argentina sea el único país de cultura occidental que se las ingenió para depauperarse en los tres cuartos de siglo que siguieron a la Segunda Guerra Mundial hace pensar que los consensos que subyacen en el subconsciente colectivo necesitan modificarse radicalmente para que un día progrese como han hecho todos los demás.

Pues bien: no es ningún secreto que lo que ha hecho que la Argentina sea un país sui géneris es este lapso larguísimo es el peronismo. Fronteras afuera, pocos creen entenderlo. Siguen preguntándose: ¿Es derechista, izquierdista, laborista, caudillista o meramente oportunista? De todos los movimientos que suelen caracterizarse de populistas que se engendraron en América latina en el siglo pasado, el peronista es el único que ha logrado conservar su predominio. Además de formar gobiernos que son netamente propios, presta “patas” a otros y afecta a casi todas las manifestaciones culturales del país.

Los compañeros acaban de celebrar una vez más su “Día de la Lealtad” - el nombre que dan a su efeméride favorita confirma que, en el fondo, el suyo es un credo tribal, con las movilizaciones rituales nada espontáneas de los sindicalistas que se jactan de formar la “columna vertebral” de este gigante cada vez más fofo que se niega a jubilarse. ¿Estaban a favor de un gobierno que está conformado por distintas facciones del movimiento, o en contra, ya que según Alberto y sus adláteres las concentraciones del tipo tradicional son tóxicas porque el coronavirus sabe aprovecharlas? Hubieran preferido una gran manifestación virtual pero, para desazón de quienes intentaron crear la plataforma correspondiente, el sitio digital que habían improvisado se cayó antes de producirse los actos principales.

Juan Domingo Perón solía decir que “no es que seamos tan buenos, sino que los demás son peores”. Alberto se defiende de las críticas a su gestión vacilante de la misma manera; a cada tanto nos asegura que por lo menos no es tan malo como Mauricio Macri.  Así pues, luego de tratar a Dios como un compañero más, le agradeció por su contribución al bienestar nacional “porque menos mal que el peronismo está gobernando en este momento”.

Tendrá razón Alberto: por exiguas que hayan sido las dotes administrativas del movimiento en que milita, a nadie se le ocurriría cuestionar su capacidad para frustrar los esfuerzos de gobiernos de otro signo. De haber triunfado Macri en las elecciones del año pasado, hoy en día estaría luchando no sólo contra la pandemia y una crisis económica devastadora, sino también contra opositores furibundos más que dispuestos a sacar pleno provecho de circunstancias adversas para desensillarlo. Por cierto, no es difícil imaginar cómo hubieran reaccionado los militantes más aguerridos del peronismo y sus aliados ocasionales de la ultraizquierda frente ya a un encierro duro ordenado por “la derecha”, ya a una negativa principista a adoptar medidas contundentes.

A esta altura es evidente que los que hablan pestes de “la grieta” sólo ayudan a ampliarla.  Asimismo, al tratar a sus adversarios de predicadores del “odio”, los kirchneristas más fanatizados se hacen aún más odiosos de lo que ya eran a juicio de quienes no los quieren. Entre los más destacados en tal sentido es el yihadista K Dady Brieva que, molesto por los banderazos, fantasea con “agarrar un camión y jugar al bowling por la 9 de Julio”, aplastando a vaya a saber cuántos manifestantes antigubernamentales como hizo en Niza un islamista que mató a más de ochenta infieles franceses.

Aunque sería injusto suponer que haya miembros del gobierno actual que comparten la actitud truculenta de un personaje que a su modo encarna el id kirchnerista, no cabe duda de que algunos se sienten cómodos librando una guerra de atrición contra la clase media nacional, comenzando con los porteños que, para indignación de Alberto, Cristina, el puntano Adolfo Rodríguez Saá, el gobernador de La Pampa Sergio Ziliotto y muchos otros, a través de los años han repudiado la oferta peronista a menos que, como sucedió cuando Carlos Menem ocupaba la Casa Rosada, viniera en un paquete “neoliberal” .

Sea como fuere, hay “grietas” e incluso “odio” en todas las democracias del mundo. En Estados Unidos y Francia, dichos vicios se basan en diferencias que son decididamente mayores que las que tanta angustia motivan aquí, pero hasta ahora no han paralizado por completo las sociedades así perjudicadas, ya que, a pesar de todo, los sectores productivos siguen siendo lo bastante dinámicos como para generar los recursos que todos necesitan. En cambio, en la Argentina el empresariado que no depende del Estado y el campo se ven atacados permanentemente por grupos que, a veces por razones que podrían considerarse legítimas o por lo menos comprensibles, anteponen los intereses inmediatos de sus clientelas particulares a los del país en su conjunto.

Si bien es indiscutible que sin confianza en el destino común no habrá forma de frenar el deterioro cada vez más peligroso de la economía, para restaurarla el gobierno tendría que revertir la transferencia de recursos desde las partes más productivas del país hacia las que dependen de subsidios. ¿Sería política y socialmente viable una estrategia de tal tipo? Parecería que no, pero en tal caso no habrá más alternativa que la de resignarse a la miseria generalizada, una perspectiva que podría complacer a quienes han hecho suyo “el pobrismo” de ciertas corrientes eclesiásticas pero que a buen seguro horrorizaría a la mayoría de los pobres de carne y hueso, para no hablar de quienes tienen motivos de sobra para temer verse privados en los meses venideros de sus bienes, sus ingresos y sus sueños de una vida mejor.

Mientras el panorama tanto nacional como mundial siga ensombrecido por la pandemia, los voceros oficiales y oficiosos del gobierno de Alberto podrán continuar tratando a los preocupados por el futuro de la economía como si no les importara la vida de sus compatriotas. Hablan de tal modo no porque realmente creen que los angustiados por el derrumbe económico estén solidarizándose con la muerte sino porque quieren distraer la atención de la ciudadanía de su propia incapacidad para formular aquel plan racional que, de acuerdo común, ayudaría a restaurar la fe en el futuro del país no sólo de los esquivos inversores extranjeros sino también de millones de argentinos, entre ellos los que poseen los talentos y aptitudes que a su entender les permitirían prosperar o al menos sobrevivir en Uruguay, Australia, América del Norte o Europa.

Sucede que, ya antes de llegar al país el coronavirus, era penosamente evidente que el nuevo gobierno peronista no tenía la más mínima idea de lo que le sería preciso hacer para superar una debacle económica pavorosa que, huelga decirlo, es el resultado de muchísimo más que las deficiencias del ingeniero Macri. Atribuirle al entonces presidente la responsabilidad de todos los males resultó ser una táctica electoralista eficaz, pero Alberto y quienes lo rodeaban debieron haber entendido que, por ser la crisis socioeconómica que devoraba el país “estructural”, era infantil tomarla por la obra de una sola persona, por inepta que a su juicio fuera. Una vez en el poder, Alberto se resistió a reconocer que la tarea que enfrentaba sería mucho más ardua y dolorosa de lo que había previsto, mientras que la pandemia le suministró un pretexto para demorar todavía más el encontronazo con la realidad que, como dictaminó el general, es la única verdad.

James Neilson

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