Jueves, 17 Diciembre 2020 14:19

Piña que suena no duele - Por Luis Tonelli

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La nueva epístola de Cristina Fernández a los Conurbanensis (y resto de la feligresía K) dirigiendo un feroz ataque a los miembros de la Corte Suprema de Justicia ha sido criticada correctamente por la oposición, que visualiza en ella un adelanto de la reforma judicial que el oficialismo está pergeñando. Reforma destinada a terminar con el sistema de división de poderes, tal como lo conocemos, y su reemplazo por una politización franca del sistema político en su conjunto, cuyo vértice de conducción lleva a la vicepresidencia.

 

Obviamente, con esta reforma -que implicaría un cambio de régimen político, acercándonos a los “autoritarismos populistas” (o sea, algo que rompe con todo vestigio democrático liberal de nuestro sistema) también equivale a hablar del fin de la experiencia de integración horizontal en el peronismo que se ha dado con la incorporación de sectores provenientes del Frente Renovador de Sergio Massa, de los Gobernadores anti K como Jorge Schiaretti, e incluso de los neutrales, celosos de su autonomía, de muchos intendentes, y también de políticos peronistas no alineados con el cristinismo rampante.

Muchos analistas y políticos opositores dan por hecho esta sumisión peronista a la vicepresidenta y su guardia pretoriana, La Cámpora. Ven al Presidente Alberto Fernández como una simple máscara que permite a los moderados peronistas todavía creer en que es coalición pan peronista en sus contradicciones puede gobernar un país diezmado por la pandemia, que se enseñoreó de la salud y de la economía argentina como en pocos países, debido a las comorbilidades previas.

La estrategia política opositora es clara: dado que la situación va a seguir empeorando, tenemos que seguir tensando la cuerda para que el cristinismo espante a los moderados que votaron a un Alberto Fernández que prometía paz y amor y que terminó cediendo toda autonomía a la vicepresidencia en ejercicio del poder real.

En pocas palabras, la Grieta generaría una situación similar a la del 2009 y a las del 2013, en las que una tercera fuerza horadó el caudal del peronismo oficialista, especialmente en la Provincia de Buenos Aires, siendo los protagonistas de esa escisión Francisco de Narváez y Sergio Massa respectivamente. La polarización ahondaría las contradicciones internas en la muy heterogénea coalición pan peronista, llevando a su desintegración.

Muchas de las expectativas de la oposición se centran en el núcleo de dirigentes peronistas que el PRO siempre ha exhibido, reforzada por la llegada de políticos de renombre, como Miguel Ángel Pichetto -quien fue el elegido por Mauricio Macri para acompañarlo en la fórmula presidencial que buscó, infructuosamente a la Presidencia.

El razonamiento opositor es que el electorado ingenuo que votó a Alberto Fernández sin darse cuenta de que era un caballo de Troya transparente, porque llevaba en su interior, visiblemente, a la dueña de los votos y del poder, Cristina Fernández, ahora sabe que, en realidad, ella es la verdadera directora técnica y dueña de la coalición.

Sin embargo, hay datos de la realidad que podrían estar señalando que esa estrategia dirigida a vencer en las elecciones legislativas puede no resultar tan exitosa como piensan los dirigentes opositores alineados con un Mauricio Macri con cada vez más predicamento sobre ese sector más polarizado opositor.

En primer lugar, ninguno de los dirigentes peronistas ha hecho siquiera un amague de abandonar al Frente de Todos. Las tensiones internas, existentes y muy fuertes, solo adquieren el carácter de “sordos ruidos”, promesas vagas, y puñaladas por la espalda que, por ahora no lastiman mucho. La oposición cree que esa situación va a empeorarse con el curso de la crisis inevitable. Pero esta es solo una hipótesis. Recordemos que el gobierno dispone de la Caja, que aunque sean papelitos de colores de una maquinita a todo lo que da, es lo único con lo que cuentan gobernadores e intendentes para sobrevivir.

A lo que hay que sumarle la amenaza a los intendentes conurbanos de no derogar la ley Vidal Massa, que les impide la reelección a muchos de ellos. Pero esto será dentro de tres años, lo que los obliga a colaborar electoralmente, y mantener la paz social a fin de año. La rebelión policial fue la luz amarilla que los intendentes consiguieron prender en el tablero de control de la Casa Rosada, y que finalizó en la esquilmación de la coparticipación de la CABA, avalada por todo el peronismo.

Este tozudo alineamiento podría, sin embargo, no estar ligado solo al poder de la billetera oficialista sino en una conveniencia electoral. La Grieta estaría produciendo una suerte de congelamiento de las preferencias políticas del electorado, más basadas en la pasión que en el interés. El oficialismo sufre una natural erosión de votos potenciales, pero no en la medida que semejante situación económica y social podría indicar. Para no entrar en detalles numéricos irrelevantes cuando falta tanto tiempo para el acto electoral, uno podría decir que el antiperonismo rampante de la oposición -incluso de alguno dirigentes peronistas- ha tenido como contra efecto la consolidación de un polo peronista, que fue precisamente lo que la estrategia alfonsinista quiso terminar en la década del 80.

Si esto es así, es la oposición la que puede tener problemas, especialmente en la provincia de Buenos Aires, donde el peronismo unido es imbatible, y hoy no aparece el candidato opositor que pueda encabezar una recuperación electoral en ese distrito, que se sabe, es la Madre de todas las Batallas.

Un camino diferente, sería explotar las contradicciones internas en la oposición, siguiendo la estrategia de enfrentar la polarización oficialista con una estrategia de moderación: una grieta a la grieta (que fue la clave de la victoria de Macri en 2015, de Alberto Fernández en el 2019, y de Joe Biden recientemente en los Estados Unidos. Esto aflojaría la postura defensiva de los moderados que hoy están con el oficialismo, permitiendo que salten, no hacia la oposición quizás, pero si hacia fuerzas independientes que fragmenten el voto peronista.

Finalmente, que Cristina Fernández recurriendo al género epistolar para presionar a la Corte es un acto de debilidad y desesperación porque no puede doblegar siquiera a los miembros peronistas (y aquí el operador sobre ellos es Alberto Fernández y no otro).

Como decía mi Tío Norberto, asiduo concurrente a la platea del Luna Park cuando se escuchaba un cachetazo estridente de un púgil sobre el rostro del otro “Piña que suena, no duele”.

Luis Tonelli

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