Martes, 22 Diciembre 2020 10:08

"Pero salud es ministerio" - Por Daniel Santa Cruz

 

A los malos resultados obtenidos por la estrategia argentina contra la pandemia, cerca de 42.000 muertes y un número incomprobable de casos, ya que el testeo no fue uno de los fuertes de la táctica adoptada, hay que sumar el desmanejo en la adquisición de vacunas. Dos escándalos en una semana. Uno con la vacuna de Laboratorios Pfizer y otro con la vacuna Sputnik V, de producción rusa, a la que el gobierno se aferró ciegamente.

 

Tan fuerte es la "carta rusa" que se juega el gobierno que llegó anunciar sucesos para Argentina, como la vacunación a mayores de 60 años y a personas con enfermedades prevalentes, que no estaban ocurriendo, por no estar autorizados, en el momento de los anuncios, en la misma Federación Rusa. Existe un manto de sospecha sobre una posible razón política, más que sanitaria, que influyó al tomar la decisión de privilegiar una vacuna no autorizada aun por autoridades de aplicación europeas o americanas. Lo cierto es que la Sputnik V solo es adoptada en esta parte del mundo por Venezuela y Argentina. "Estamos trabajando en materia de salud con las dictaduras. Es como manejarse en tiempos de guerra con dictaduras", sentenció Elisa Carrió al respecto.

Los problemas con Pfizer, que llevaron a unos de los referentes de la oposición, el presidente de la UCR, Alfredo Cornejo, y a otros opositores, a sospechar sobre posibles coimas en la contratación, partieron cuando el Ministro de Salud manifestó enojo con la firma americana productora de la vacuna, pero sin explicar la razón. "Nos cambiaron las condiciones", dijo Ginés González García, como si la pandemia ocurriese solo en nuestro país y Pfizer nos propusiera un contrato adaptado para la ocasión.

La vacuna de Pfizer no solo ya se aplica en Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel, sino que también pronto desembarcará en el resto de Europa, donde acaba de ser autorizada por la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) y en varios países de la región como Chile, que adquirió 10 millones de dosis y comienza esta semana a vacunar. También en Colombia, México, Perú, Ecuador, Brasil, Costa Rica y Panamá, entre otros. ¿Allí no hubo pedidos especiales? Parece que no, y que elegimos tener problemas con la vacuna más desarrollada hasta ahora.

El mayor costo de estos desatinos de gestión es lesionar el mejor capital que reúnen las vacunas: la confianza. Desde que están en práctica las aceptamos confiados, sabiendo que con ellas prevenimos enfermarnos. El gobierno, con todo el desmanejo en medio de apuros, errores y anuncios fallidos alrededor de la vacuna contra el Covid-19, especialmente la Sputnik V, está logrando todo lo contrario: construir suspicacia en gran parte de la población.

Cómo ocultar un fracaso

En el acto del viernes pasado en La Plata, donde habló la única autoridad determinante del gobierno, Cristina Fernández de Kirchner, quedaron en claro varios escenarios. Primero, marcarle la agenda de gestión 2021 al Presidente. Luego aconsejar de modo imperativo a los funcionarios que no estaban a la altura que vayan buscándose otro trabajo, pero también, Cristina, aprovechó para disfrazar el fracaso de la gestión sanitaria con retos más trascendentales.

"Creo que los dos desafíos más grandes que vamos a tener en este año que empieza, además de un formidable plan de vacunación, es repensar todo el sistema de salud en la República Argentina", dijo Cristina, luego de culpar a Mauricio Macri por no terminar obras hospitalarias.

De algún modo, la vicepresidenta, que tiene apuntado al ministro Ginés por los escasos logros de gestión y sus permanentes tropiezos de comunicación durante la pandemia, como cuando dijo no poder confirmar si la vacunación contra el coronavirus comenzará antes de fin de año, camufló esa insolvencia empotrándola en una pared que lleva años de retrocesos en cuanto a logros. Así, la culpa sería de todo del sistema de salud, no de esta gestión. Buena fórmula para diluir responsabilidades.

En cambio, el presidente Fernández, volvió a caer en comparaciones y a citar datos incomprobables para defender su gobierno. Pero esta vez rozó lo insensible. Recordó que, en marzo pasado, junto al ministro Wado de Pedro, recibieron a "alguien que vino a vernos", cuando comenzaba la pandemia, que les trajo "proyecciones realizadas por universidades inglesas que señalaban: si le va muy bien a la Argentina se van a morir 60.000 personas y si le va muy mal se van a morir 250.000, gracias a Dios no alcanzamos la mínima", dijo.

No pasó inadvertido el recuerdo del pasado 26 de junio, cuando en unas de las presentaciones de las evaluaciones de la marcha de la pandemia, Fernández decía: "Si la Argentina hubiera seguido el ritmo de Brasil, hoy, tendría 10.000 muertos". El número de muertes alcanzadas hoy hacen que aquella comparación con Brasil quede desactualizada, entonces había que desenfundar un relato nuevo, esta vez de la mano de "alguien con proyecciones inglesas realizadas en marzo". Suena descarnado, pero pareció tratarse de una forma de ir acomodando un número de muertos hipotéticos de acuerdo con los resultados obtenidos: 10.000 muertes proyectadas parecían muchas hace seis meses, pero las 42.000 reales de hoy pueden sonar a pocas si planteamos que pudieron ser 250.000. Tristemente cruel por donde se lo mire.

Esta semana corrió el rumor que ponía a Ginés González García presentando la renuncia tres semanas atrás. El ministro desmintió: "Jamás me iría del ministerio en la situación que estamos viviendo", dijo. Está claro que no habrá ningún cambio en Salud hasta que comience la campaña de vacunación. Quizás la secretaria de Acceso a la Salud, Carla Vizzotti, no reciba los dardos duros de los habitués del Instituto Patria por su cercanía con la jefa y por su buena disposición a adoptar la vacuna rusa, protagonismo que le sirvió hasta para oficiar desde Moscú como si fuese vocera del Instituto Gamaleya, creador de la Sputnik. De todos modos, no debería escapar al fracaso.

Es posible que en 2021 estemos pugnando alrededor de un nuevo sistema de salud, que encontrará en algunos opositores predisposición para el debate, porque es cierto que la sanidad argentina ya no es lo que fue y muchas de sus áreas están caducas. En ese sentido, el exministro de Salud Adolfo Rubinstein señaló horas atrás: "No sé qué habrá querido decir Cristina, pero estoy absolutamente de acuerdo con la definición macro. Yo creo que hace falta una reforma sanitaria profunda en nuestro país".

El kirchnerismo sabe de estas estrategias, entiende bien eso de magnificar el problema y asumir el desafío del cambio para ocultar una intención de fondo. Lo hicieron con la estatización de las AFJP, que tanto defendieron en Santa Cruz en los 90, pero que crucificaron cuando necesitaron esa caja para revertir la derrota en las elecciones de 2009. Por eso el viernes la pregunta quedó flotando en el aire del Estadio Único de La Plata ¿Irán por las prepagas de salud? No sabemos qué sistema de salud tiene la vicepresidenta en mente, lo que sí está claro es que al gobierno le servirá mucho abrir un debate alrededor de un nuevo modelo para licuar el fracaso en el área de salud durante la pandemia.

La consigna "salud es ministerio", celebrada por la militancia cuando el kirchnerismo volvió al poder, quedó agotada por la gestión, porque hasta aquí, ese ministerio, no supo estar a la altura que demandó la hora.

Daniel Santa Cruz

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