Lunes, 04 Enero 2021 11:59

¿Se puede quebrar el empate argentino? - Por Andrés Malamud

Escrito por Andrés Malamud

 

 

La dinámica de la grieta fortalece a los duros y centrifuga a los moderados.

 

El columnista político promedio tiene dos peculiaridades: vive obsesionado con Cristina y nunca la ve venir. En su descargo hay que decir que a la oposición le pasa lo mismo. Y sí, a los peronistas también. Quizás el problema de los columnistas no sea entonces la falta de anticipación sino la obsesión. ¿Pero es posible entender la política argentina sin Cristina? Evitemos las vueltas: no. Y sin embargo, solo con ella tampoco. Si Cristina no existiera, Argentina seguiría teniendo tres características estables: una sociedad movilizada, una política bloqueada y una economía rota.

La economía rota no necesita presentación. Argentina es el país del mundo con más defaults, más recesiones y más inflación en los últimos sesenta años. Pasemos a otro tema.

La sociedad movilizada es una evidencia que nadie niega pero pocos comprenden. Los cacerolazos de los 90 impulsaron la creación de la Alianza que derrotó al menemismo. A De la Rúa lo echó la calle antes que el peronismo. Y los Kirchner se recuperaron después de la 125, pero esa movilización terminó siendo el germen de Cambiemos. Ahora que Argentina se convirtió en la segunda democracia latinoamericana en legalizar el aborto, vale recordar que Macri y Cristina se oponían: ambos, sin embargo, aceptaron el debate –y ella incluso cambió de posición– tras el impulso del movimiento de mujeres.

Finalmente, el bloqueo político, péndulo o empate fue diagnosticado hace medio siglo por sociólogos como Juan Carlos Portantiero, politólogos como Guillermo O’Donnell y economistas como Marcelo Diamand. Ellos identificaron a dos sectores sociales que, defendiendo proyectos contradictorios, tienen el poder de bloquear al otro, pero no de imponer el propio. Y acá reside el problema, porque la política debería canalizar la movilización social hacia las soluciones económicas y, en cambio, el empate las obstruye.

Hoy la política argentina remeda un ajedrez tridimensional. Varios juegos se desarrollan en tres tableros, y los movimientos en uno impactan sobre los otros.

En el tablero superior se enfrentan el Gobierno, que juega con blancas, y la oposición. El torneo se define a dos partidas, 2021 y 2023, pero la que define es la última. En la primera, dentro de diez meses, todas las miradas se concentrarán en la Provincia de Buenos Aires, y la frase más reiterada será “la madre de todas las batallas”. Como cada cuatrienio, los diarios presentarán la disputa bonaerense como el preanuncio de la elección presidencial. Y probablemente, como casi todos los cuatrienios, errarán. En disidencia, el politólogo Javier Zelaznik denominó a la Provincia “la madre de todos los naufragios”, donde los sueños presidenciales se malogran. Antonio Cafiero, Graciela Fernández Meijide, Francisco de Narváez y Sergio Massa dan fe, y la victoria de Esteban Bullrich sobre Cristina en 2017 fue el golpe de gracia al mito de que Buenos Aires, o La Matanza, garantizan la Presidencia. Un botón de muestra: en 2015, Mauricio Macri perdió en esa Provincia las PASO, la primera y la segunda vuelta. Fue Córdoba la que le puso la banda.

En el tablero del medio hay dos partidas paralelas, las internas. En la del Gobierno se enfrentan los duros contra los moderados; en la de la oposición, también. La estrategia de los duros se alimenta de la grieta y busca abrir el juego por las puntas, mientras los moderados creen indispensable el diálogo y prefieren jugar por el centro. En el oficialismo, los moderados hacen silencio: sindicalistas, gobernadores e intendentes son rehenes fiscales del poder central. Así, con el 45% de la población nacional, Buenos Aires ciudad y Provincia integran el 90% del Gabinete (19 ministros en 21). En la oposición ocurre algo parecido, aunque con menos presupuesto: todos sus presidenciables son personas en situación de AMBA. En el siglo diecinueve, las élites del puerto se referían despectivamente a las provincias como “los trece ranchos”. En el siglo veintiuno, la subestimación es la misma: lo que ha desaparecido es la resistencia del interior. La grieta es un artefacto urdido en 50 kilómetros, los que unen al Obelisco con La Plata. En Santa Fe, Córdoba y la mayor parte del interior, la competencia partidaria no se ordena en función del eje kirchnerismo-antikirchnerismo, pero se le somete fiscal e intelectualmente. En el tablero inferior compiten entre sí, por un lado, los duros de ambos espacios, y por el otro, sus moderados. Los duros están entrelazados en un juego de suma positiva: cuanto mejor le va a Cristina, mejor para Macri – y viceversa. Sus respectivos apoyantes se ceban cuando el de enfrente se fortalece. Los moderados, en cambio, se desangran en un juego de suma cero: más allá de la tregua pandémica, Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta pescan en la misma pecera. Lo que uno suma se lo quita al otro. La dinámica de la grieta fortalece a los duros y centrifuga a los moderados. Conscientes de ello, los moderados apelan a la estrategia “si no puedes vencerlos…”: mientras Fernández impulsa a Máximo Kirchner para presidir el justicialismo provincial, Larreta postula a Lilita Carrió para encabezar su lista bonaerense. Corderos con piel de lobo, podrían terminar presos de su ropaje.

El debate sobre el aborto, más allá de la substancia, dejó lecciones poderosas que alimentan la ilusión del cambio. Primero, la transversalidad es posible. Aunque idealmente sean los partidos los que deben negociar acuerdos, el objetivo son los acuerdos y no los partidos. Esta afirmación es válida mientras los partidos no se rompan, porque la democracia funciona bien o mal con ellos, pero no funciona sin ellos. La segunda lección es que la política no es estática, evoluciona. La renovación generacional y el movimiento de mujeres edificaron una mayoría social y legislativa que parecía imposible. La tercera lección es que las identidades son múltiples y permiten coincidencias impensadas: por ejemplo, Máximo Kirchner y Fernando Iglesias se alinearon en la misma trinchera. Transversalidad en el espacio, evolución en el tiempo y confluencia de intereses son puentes sobre la grieta.

La paz durará poco. Este es un año electoral, y en elecciones prevalece la competencia sobre la cooperación. Pero después de octubre, gane o pierda la provincia de Buenos Aires, el Gobierno podrá aproximarse a la mayoría en la Cámara de Diputados, pero se habrá alejado de los dos tercios en el Senado, porque se renueva el tercio elegido en 2015 y la oposición puede mejorar ese resultado. La reforma de la Constitución permanecerá fuera de la agenda y la designación de jueces seguirá siendo vía rosca, como siempre ha sido. En síntesis, el empate será siempre más probable que la imposición, y los acuerdos más necesarios.

Y el empate político es el problema. Porque la consolidación fiscal que Martín Guzmán reclama requiere voluntad y poder, pero si el Gobierno gana no tendrá voluntad, y si pierde no tendrá poder.

La identificación del empate como problema merece un atenuante. A diferencia de tiempos pasados y de países vecinos, la política argentina no cura, pero tampoco mata. En otras democracias de la región, ser periodista o activista implica un riesgo para la vida o para la libertad, y en autocracias como Cuba o Venezuela, el riesgo se torna certeza. En Argentina, en cambio, la violencia política fue erradicada: solo sobrevive, de palabra, en las redes sociales y las sobremesas navideñas.

La democracia argentina saldó su deuda con la vida y con la libertad; las deudas pendientes son el desarrollo y la igualdad. Para pagarlas será necesario quebrar el empate sin quebrar al rival. Que sea ley.

Andrés Malamud

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