Viernes, 08 Enero 2021 15:50

Un año de coronavirus: de la cuarentena al toque de queda - Por Pablo Vaca

Escrito por Pablo Vaca

 

El 7 de enero de 2020 las autoridades chinas identificaron al nuevo virus. Hoy estalla la segunda ola y el Gobierno choca con sus propios límites para imponer restricciones.

 

Un año llevamos: el 7 de enero de 2020 las autoridades chinas identificaron como un nuevo coronavirus al responsable de varios casos de neumonía detectados poco antes en Wuhan y la Organización Mundial de la Salud lo llamó Covid-19. En pocos días el tema se volvió prácticamente un monotema para el mundo y se le dedicaron tanto tiempo, plata, palabras y energía como casi nunca a nada antes. Nunca nada antes había sido tan rápida y equitativamente global.

Hoy, 88 millones de contagiados y casi dos millones de muertos después, sigue habiendo muchas dudas y pocas certezas sobre la enfermedad. Pero entre lo poco que se sabe está que no hay grandes misterios sobre qué se debe hacer para disminuir el ritmo de los contagios, al menos mientras la vacunación no sea masiva: la clave pasa por restringir el movimiento de la gente y los encuentros sociales. Se hizo acá y en la China.

El problema es que acá se hizo mal. Y ante la necesidad concreta de actuar frente al crecimiento del ritmo de contagios como se da en este momento en Argentina, el fracaso de la primera eterna cuarentena impuesta por el Gobierno condiciona la toma de cualquier tipo de medida que implique un freno de verdad a la circulación.

El cierre total decretado por Alberto Fernández el 20 de marzo, bandera ondeada con orgullo durante varios meses por el oficialismo, probó ser una medida dispuesta a destiempo, demasiado rígida y al final ineficiente: se terminó de hecho, por hartazgo social, tras un descalabro económico generalizado, un año entero sin clases presenciales y un resultado sanitario lamentable, que hoy suma 44.000 muertos y 1.700.000 infectados.

En ese contexto, la propuesta de un toque de queda -aplicado en buena parte del mundo, en especial en Europa frente a su segunda ola- asoma tan inevitable como con poco margen de aceptación. Aunque se lo llame “freno a la circulación nocturna” para que suene más amable.

Por eso, la difusión este jueves de que saldría un decreto, supuestamente acordado con los gobernadores, que determinaría el cierre de las actividades nocturnas entre las 23 y las 6 generó un inmediato revuelo y variados cuestionamientos.

Enseguida se recordó que con cierre nocturno hubieran sucedido de todos modos el velorio de Maradona, las manifestaciones pro y contra el aborto, las compras navideñas en La Salada y la avenida Avellaneda, los encuentros multitudinarios en las playas de Pinamar y Mar del Plata y las cenas de fin de año en los hogares de todo el país. Todo lo que se dijo que eran causales de brotes y rebrotes.

Y que si bien esta medida podría ser efectiva, para ello debería estar bien implementada, cualidad que no abunda en las tareas realizadas hasta ahora por la actual administración. Una cosa es un cierre como en Francia, desde las 20 horas, que mantiene la actividad industrial y comercial más importante, pero a la noche no sale nadie de verdad, y otra es arrancar a las 23 o a la medianoche: es obvio que serán muchísimos menos los encuentros que se impedirán.

No es menor tampoco la cuestión del control. Supongamos que los bares, al estilo de los pubs ingleses, llaman a las 22.30 a consumir la última ronda y cierran, pero la gente sigue reunida en la puerta: es improbable que la policía actúe para dispersarla. Ni hablar del anuncio de reducir de 20 a 10 la cantidad de asistentes a un encuentro. No se sabía que había alguien contando.

Finalmente, está el aspecto económico. Ante el primer rumor, bares, restoranes, hoteles y rubros afines pusieron el grito en el cielo. Pasaron cerrados buena parte de 2020 y un golpe así podría liquidarlos. Se entiende la resistencia a plegarse de parte de la Ciudad, Mendoza, Córdoba y los municipios de la Costa. Al cierre de esta nota, la idea había perdido buena parte de su empuje inicial. Como con otras cuestiones, el Gobierno evaluaba una marcha atrás o una aplicación parcial dejada al libre albedrío de cada jurisdicción.

El Presidente había dicho que entre enero y febrero, diez millones de argentinos, casi un cuarto de la población estarían vacunados. No será así.

Tenemos, en cambio, una campaña oficial que aconseja no hacer caso “a la gilada”, presentada por el jefe de ministros, Santiago Cafiero, como “prevención con humor porque esto es algo serio”.

Hay una gran diferencia entre hacer algo y hacer como que se hace algo. 

Pablo Vaca

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