Jueves, 14 Enero 2021 10:43

La prepotencia de la importancia - Por Luis Tonelli

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La Argentina es un país donde proliferan los “ismos”. Tenemos una manía de que a cada fenómeno político emergente le adosamos ese sufijo. Así tenemos republicanismo y populismo. También peronismo y alfonsinismo (como antes hubo rosismo, mitrismo y roquismo). Y tuvimos “menemismo” y hasta “delaruismo” y “chachismo”. Y “kirchnerismo”, aun en su momento inicial, cuando todos sus integrantes entraban cómodos en una combi de esas que unen Ezpeleta con el Correo Central.

Es por eso que por su ausencia en un ambiente tan propenso a la emergencia de “ismos”, la no materialización del “albertismo” genera un absoluto desasosiego, especialmente en los que pensaron que Cristina Fernández, al elegirlo como su candidato a presidente había empezado los trámites jubilatorios ante el ANSES -y olvidándose que a los políticos de raza ni la muerte los retira de la política-.

También, la ausencia de “albertismo” funciona como un eficiente chivo expiatorio para que cierto progresismo se lamente que es en la ausencia de voluntad presidencial “por ser” que el “cristinismo” perdura y se impone, achacándole todos los problemas de este gobierno.

Lo más interesante es que en ambos lados de la grieta se da por sentado la dirección y madrinazgo de Cristina Fernández en una suerte de “vicepresidencialismo de coalición”, tan argentino como el dulce de leche. Aquí prima la noción aristotélica de ausencia de vacío, y que finalmente, es ante la reticencia del Presidente, que la Vicepresidenta ocupa ese lugar de poder.

Sin embargo, la parsimonia funciona cuando es esa explicación simple funciona. No cuando resulta en una simplificación que obscurece las cosas que siguen demandando aclaraciones. Y aquí la “ausencia de “albertismo” se ha tomado como sinónimo de “delegación del gobierno en la vicepresidenta” cada vez más total y completa. Advierto que los interrogantes de esta nota sobre el carácter de este gobierno van más allá (o más acá) de la conveniencia política tanto de la oposición y del oficialismo de sostener que CFK es la que manda realmente.

El razonamiento imperante es el siguiente: 1) No hay “albertismo”. 2) ergo, la dirección del gobierno la fija CFK. 3) por eso las cosas andan mal. Nótese que en el kirchnerismo solo cambia ligeramente la proposición número 3: “las cosas andan mal porque Alberto no sabe gestionar lo que le manda hacer Cristina”.

Sin embargo, hay un salto lógico entre la ausencia de “albertismo”, como fenómeno político propio, y que entonces sea CFK la que gobierna (ya que el Presidente tiene recursos burocráticos de poder, que aunque sean insuficientes para brindarle una autonomía hegemónica, le permiten no ceder algún poder de decisión. Por ejemplo, su capacidad de cajonear propuestas, en el típico y conocido “obedezco, pero no cumplo”). Y también, hay un presupuesto tan simplificador como interesado en el kirchnerismo cuando afirma que el Presidente no sabe gestionar lo que la vicepresidente manda porque sencillamente los seguidores de CFK no pueden admitir que no sea ella el foco de irradiación del poder en el FOV).

El Presidente conocedor de la fragilidad de su situación, encuentra en que la única manera de preservar su “podercito” es no cediendo ante los reclamos de CFK en los hechos, aunque en público se queje de la Corte Suprema, de los Medios de Comunicación, y del lawfare. Esto lleva al surrealismo que la jefa política y espiritual del movimiento recurra al género epistolar para quejarse amargamente y en público de lo que hace su supuesto Chirolita -perdón, su delegado-.

O sea, que al peronismo en el poder le está pasando lo peor, dada su idiosincrasia verticalista: la falta de un conductor/a” capaz de poner orden en semejante experimento variopíntico como lo es el Frente de Todos. De este modo, el gobierno, más que tener un rumbo definido hacia la venezualización, más bien pareciera no tener ningún rumbo -cosa, preferible en mi humilde opinión a una aceleración directa hacia el abismo. Así, da tantas marchas y contramarchas, que a veces, y quizás por casualidad, se aleja del precipicio.

Semejante embrollo político sumado a la pandemia nos da la dimensión de la pobreza franciscana del Gobierno ante los desafíos que enfrenta como cierta dispensa en el campo oficialista de sus carencias. Casi uno solo le ruega que más que sacar las pelotas que van adentro, que no meta las que van afuera. Sin embargo, con el ahondamiento de la Grieta, que hace de la política una cuestión de identidad por la contraria, y deja de lado toda evaluación de la gestión misma del gobierno, su desastre de gestión no se refleja en las encuestas como uno podría esperar.

Lo cierto es que el Presidente no ha sabido, no ha podido o no ha querido avanzar en la solución del principal objetivo de CFK en su vuelta al poder: la “impunidad del rebaño K”. No por nada, los funcionarios que no funcionan para la vicepresidenta son Marcela Losardo, Vilma Ibarra y Gustavo Beliz, quienes se oponen al blanqueo del “pozo K y no los que gestionan la lucha contra la pandemia ni la economía.

Ante la ausencia de presión política de Alberto Fernández sobre los jueces y el cajoneo de la reforma K de la Justicia el kirchnerismo demanda ahora una ley de impunidad o un indulto, iniciativas que le ocasionarían al Presidente un daño irrecuperable y al FDT, ya que podría ser la causa del éxodo de los votantes no kirchneristas, clave del éxito en las urnas del peronismo.

No es por nada que haya sido el presidente mismo quien no ha tenido empacho en afirmar que su objetivo fundamental es el de mantener la coalición unida, en un acto de sinceramiento no habitual. Y esto lo hace, a duras penas, con todas las ineficacias conocidas, y desarrollando su arte de burócrata consumado, de proctólogo del estado.

O sea, que lo que estamos atestiguando parece ser una suma de impotencias, más que una imposición de potencias. Una farsa más que una tragedia. No el Macbeth de Shakespeare sino un episodio de Alta Comedia, de Darío Víttori. Impotencia que, en el espacio supuestamente líder contra el patriarcado, y en donde imperaría el matriarcado de CFK, se esconde detrás de la actitud por excelencia machista frente a ella: la de la prepotencia.

Luis Tonelli

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