Lunes, 18 Enero 2021 12:48

Un cambio cultural, frente a la retórica populista - Por Loris Zanatta

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Nada es más arrogante que el nacionalismo, nada más presumido que la autarquía. Ojalá que el triste final de Trump anuncie también el final de estos tiempos oscuros.

¿Soy el único que no soporta este revival nativista? ¿Esta melaza retórica sobre las virtudes del “pueblo” y su “cultura”? ¿La verborrea sobre la “identidad” y las “raíces”? ¿Soy el único que está harto de las moralinas contra la tecnología y el consumo, el comercio y los migrantes, las finanzas y las redes sociales? ¿Que no se excita con las devociones populares y las tradiciones locales? ¿Qué encuentra paternalista idealizar a los “últimos”, cínico llamarlos “humildes”, ofensivo tildarlos de “simples”? “Usted no tiene Dios ni patria”, me gritó un lector furioso. ¿Y? ¡Cuánta violencia, cuánto odio, cuánta miseria en su nombre! Cuántos abusos en el nombre del pueblo, del popolo, del volk, ¡del narod!

Exagero, simplifico, provoco. A propósito. ¡Alguien tendrá que nadar contra la corriente, que escupir contra el viento! Me prestaron el espacio de Alejandro Borensztein, un templo: tengo que aprovecharlo, ¡necesito desahogarme! Entonces: viva el cosmopolitismo y la globalización, el mestizaje y las migraciones, la innovación tecnológica, la libertad económica, la movilidad social. Tendrán tantos defectos, causarán tantos problemas, pero nada comparado con la reculada populista en curso, con la sopa nacionalista recalentada que nos toca tragar en estos días.

Así ha sido ya, así volverá a ser, no desde ayer sino desde los albores de los tiempos. A cada época cosmopolita y universalista, a cada edad de curiosidad y espíritu empresarial suelen suceder, puntuales como trenes suizos, súbitos retrocesos: el comercio corrompe –resuena el eco- la finanza mata, la modernidad fragmenta, ¡la prosperidad cierra el ingreso al Reino de los Cielos! ¿Resultado? La despiadada venganza del “nosotros”, el rebrote de la autarquía, el retorno de la “santa pobreza”. Ay de desertar del “pueblo”, ay de convertirse en clase media, ay de evocar el espíritu burgués. Y ¡ay de notar que el crecimiento libera de la pobreza a muchas más personas que tantos lloriqueos pauperistas! Los llaman tiempos “progresistas”: son los más reaccionarios.

¿Ejemplos? ¡Todos los que quieren! Cuando Néstor Kirchner visitó Roma en 2005, se entusiasmó: en quince años Argentina estará al nivel de los países europeos, confió. No era el primero. Medio siglo antes, Nikita Khrushchev había marcado faroles: ¡en diez años los soviéticos vivirán mejor que los estadounidenses! Nada comparado con Fidel Castro: ¡unos años y Cuba será el país más rico del mundo! ¿Pensaban aprender? ¿Emular los éxitos de los demás? ¡Qué va! No seamos ingenuos. Nada es más arrogante que el nacionalismo, más presumido que la autarquía: querían superarlos haciendo lo opuesto de ellos. ¿Comercio y negocios, innovación y competitividad? ¡No pertenecían a la “cultura” de su “pueblo”! Les fue cómo les fue.

Hablando de Castro: ¡qué gran campeón de la “cultura” del “pueblo”! ¡Quien la retaba moría! Sin metáfora. ¿Los rockeros tocaban la música del imperio? A reeducarse en los campos de trabajo: ¡en Cuba solo música cubana! Muchos pensaban igual. ¿Uno al azar? El almirante Massera. El rock, dijo en la Universidad de El Salvador que le otorgó un título prestigioso, ¡es imperialista, subversivo, antinacional! ¡Descaracteriza el pueblo! Extraña pareja la del “revolucionario” y el “genocida”: tan diferentes, tan parecidos. ¡Defendían la “identidad” de la “patria”! Entre las cenizas del arte “degenerado”, Hitler habría aplaudido.

Hablando de Hitler. “Adolf Hitler uniformó el pensamiento y creó un totalitarismo desde la democracia”, tronó un día el cardenal Bergoglio en una de sus temidas homilías. ¡Correcto! Pero extraño. ¿Por qué evocar a Alemania? Era suficiente registrar la casa. ¿No fue el peronismo el que impuso la “doctrina nacional”? ¿No fueron personas como Raúl Apold, Goebbels casero, quienes inculcaron el “pensamiento único”? ¿No creó un totalitarismo “desde la democracia”? En nombre de la “cultura” del “pueblo”, claro, de la “identidad” de la “patria”, ¡anticuerpos contra las “clases coloniales”! Amén.

Hablando de Bergoglio. En la encíclica Fratelli Tutti el Papa Franciso corona al “pueblo”, lo exalta en cada página. Luego nos baquetea, nos enseña a distinguir entre “popularismo” y “populismo”: bueno uno, malo el otro. “Pereza intelectual”, nos escarnece un escudero: “populismo” es una “palabra desgastada” que “ha perdido todo sentido”. Pero son trucos lexicales. ¡Que lo expliquen a la Universidad de Oxford! Su Handbook of Populism tiene 704 páginas, 34 ensayos, miles de referencias bibliográficas. ¡Vaya pereza! ¡Cuánto provincialismo popular nacional! En realidad, la elegía del “pueblo mítico”, su elevación a custodio de la “nacionalidad”, el desprecio por “los que no logran penetrar hasta el fondo de su patria”, son puro populismo. Y la “cultura” del “pueblo” es a menudo una camisa de fuerza que lo ata al pasado, una jaula de costumbres que lo condena a la infancia eterna, a la perenne tutela de sus “profetas”.

Por suerte lo tenemos a Donald Trump. ¿No quería él también salvar su “pueblo” y su “nación”? ¿Reafirmar su “cultura” y su “identidad”, blanca y devota, moral y moralista? Basta de globalismos, de universalismos, de cosmopolitismos: ¡America first! Hasta que apareció su “pueblo”, poseído y cornudo, en la escalinata del Capitolio. Detrás de la épica populista siempre hay una realidad más prosaica. Y del ridículo no hay vuelta atrás. Ojalá su triste ocaso anuncie el fin de estos tiempos oscuros.

Moraleja. La verdad es que los pueblos cambian, sus culturas también. Pretender que un evento primigenio - la evangelización, la aparición de la Virgen Morena, la inculturación de los guaraníes - los moldee de forma unívoca, agote su “identidad”, determine su “destino colectivo” es ilusorio y nocivo. Es ilusorio porque la historia transforma y fragmenta, desarma y desordena. Los populismos no la detendrán combatiendo a los “cipayos antipueblo” que “corrompen” al “pueblo”, ni cultivando a los “pobres” en quienes creen que albergue la pureza de la “cultura” amenazada. Pero es aún más nocivo. Esa idea inhibe el desarrollo, sofoca la innovación, bloquea el progreso. “La clave del progreso”, según Joel Mokyr, el secreto de la “cultura del crecimiento” que explica el despegue europeo hace unos siglos, fue la “irreverencia”.

Irreverencia hacia la costumbre, hacia la “cultura” elevada a dogma y el “pueblo” a fetiche. Donde en cambio la transformación cultural evoca miedo y culpa, donde despierta la furia del “pueblo” contra “el irreverente” acusado de socavar la “patria” y la “identidad”, sobre la “cultura del crecimiento” prevalecerá el culto a la pobreza. Como en América Latina. Para erradicarla no bastarán los sermones, ni repartir panes y peces: será necesario un profundo cambio cultural.

Loris Zanatta

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