Lunes, 18 Enero 2021 23:08

El despotismo de la unanimidad obediente – Por Carlos Berro Madero

Las iniciativas contra quienes intentan someternos al sueño asesino de la “tierra prometida”, son menos espectaculares que sus promesas ficticias de construir un paraíso: de lo que se trata en realidad, es de cuidar a la sociedad para que no se hunda y logre mantenernos en equilibrio, a todos por igual, frente a los cambios producidos por un mundo cada vez más impredecible. 

Eso es todo. Lo demás, simples paparruchas. Haciendo caso omiso de esta línea de pensamiento racional, el actual gobierno intenta obstaculizar el desarrollo de una “voluntad responsable” en la ciudadanía, mientras nos adormece con la supuesta eficacia de su autoridad expeditiva.

Esto constituye el inicio de un camino hacia la pérdida de las libertades individuales, que afirma el despotismo de la “unanimidad obediente”. Es decir, la siniestra inmersión en un autoritarismo del poder político central, que dispone arbitrariamente lo que se le ocurre, para que la sociedad se someta al influjo de su paternalismo revolucionario.

Se nos va convirtiendo a todos, de tal modo, en simples piezas de un enorme rompecabezas cuyos “encastres” deben coincidir milimétricamente con la idea del ensamblaje final ideado por el Frente para “Todes”.

Quizá sea esta la batalla cultural a ser librada en el futuro inmediato por quienes creemos a rajatabla en las bondades del capitalismo y el sistema republicano de gobierno: una firme oposición a estos “trucos” disciplinantes que terminan convirtiendo en un juguete la iniciativa individual, mediante la disciplina impuesta por una oligarquía política trasnochada.

Cristina, Alberto, Máximo, Massa, La Cámpora y muchos miles de sus seguidores, pretenden cultivar los denominados “absolutos excluyentes”, sin entrenar su espíritu en la cordura de lo relativo y lo posible, desechando de plano la exploración de cualquier camino alternativo.

Padecemos así la avidez de un grupo sectario -funcionarios, legisladores y sus “amigos”-, a quienes se les ha despertado un apetito desenfrenado por el ejercicio del poder, que les trae, de paso, buenas oportunidades para hacer negocios con los fondos públicos (como ya ha ocurrido otrora), mediante reglas dictadas en su propio beneficio.

La compra de la mayoría accionaria de Edenor por parte de Daniel Vila, José Luis Manzano y Mauricio Filiberti, es un ejemplo paradigmático de lo que señalamos: controlar un servicio público regulado tradicionalmente por el kirchnerismo, celebrando “acuerdos” que permitan mantener el equilibrio financiero con nuevos dueños afines al proyecto político, licuando de paso en su favor las deudas provenientes de antiguas maniobras extorsivas.

Maniobras prototípicas del manual de la “economía de bolsillo” de Néstor Kirchner (recordemos sus famosos cuadernos de anotaciones cuasi escolares sobre la materia), desde 2002 en adelante, coronadas hoy por algunos monumentos al disparate voceados desde el oficialismo: ¡estamos “malditos” por producir en cantidad productos agrícolas exportables! (diputada Vallejos dixit).

En realidad, bien mirado, no hay nada nuevo bajo el sol kirchnerista. Porque a pesar del fracaso experimentado por estas políticas sin plan orgánico alguno (algunos las denominan con acierto “vamos viendo”), vuelve a imperar la ideología de reformadores que sueñan con la posibilidad de volver a “fundar” la humanidad y “reinventar” al hombre.

Lo que ya ha ocurrido –y volverá a ocurrir-, es que la pretensión de establecer parámetros alocados que rijan a la sociedad, devendrán, tarde o temprano, en “compensaciones” otorgadas por el Estado, desfondando las arcas públicas y arribar nuevamente a un gran desastre económico, en un escenario mundial muy complejo como el de hoy.

A eso nos estamos enfrentando desde ahora mismo. Y en apariencia, no hay obstáculo que se interponga para detener al gobierno, ya que Juntos por el Cambio parece arrastrar aún un complejo de culpa por algunos errores cometidos durante el período de Macri, mucho más allá de lo prudente, necesario y justificable.

La pandemia ha desnudado la fragilidad de TODA nuestra sociedad - gobierno y oposición-, para obrar con la madurez responsable que exige la actual pandemia; y en la confusión reinante, el gobierno, que tiene el poder de la “lapicera”, restringe o abre las actividades públicas “a piacere”.

Todo esto obliga a que nos concentremos más que nunca en la vigilancia de las libertades individuales, frente a los que en nombre de lo que sea (ideología, fanatismo o codicia), pretenden coartarlas por “nuestro bien”, como afirman con gran cinismo.

Las organizaciones rurales han hecho un valiosísimo aporte frente a la arbitrariedad del cierre de las exportaciones de maíz: paro de comercialización. Sin dejarse tentar con promesas engañosas para que depusieran su actitud: o se levantaba la medida, o el paro continuaba.

Y el gobierno tuvo que ceder, explicando la derrota sufrida mediante un lenguaje alambicado que no logró disimularla en absoluto, quedando agazapado para dar un nuevo zarpazo a los agricultores cuando menos se espere, tal cual es su costumbre.

Hace unos pocos días hablábamos, en sentido figurado, de construir una pared de ladrillos y concreto para detener las arbitrariedades actuales del gobierno…y las que seguirán lloviendo como piedras, como una manera de resistencia pacífica contra los desmanes de una horda de fanáticos soberbios e ineficientes, cortados a imagen y semejanza de su actual líder excluyente: la “multijubilada” Cristina Fernández de Kirchner.

Esa es la tarea del momento. Que se ponga cada uno el sayo que le quepa, como mejor le quepa.

A buen entendedor, pocas palabras.

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