Viernes, 22 Enero 2021 08:34

El sistema político de los EE.UU., frente a un desafío sin precedente - Por Sergio Berensztein

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Joe Biden ya enfrentaba un panorama extremadamente complejo antes de que una turba de fanáticos de Trump tomara por asalto el Capitolio el 6 de enero pasado: un hecho sin precedente que condensa la decadencia del sistema político norteamericano.

 

Las alarmas sonaban hacía mucho tiempo: las distorsiones generadas por el Colegio Electoral, las maniobras en el diseño de los distritos para asegurar la supremacía de determinados grupos de poder en los comicios para representantes, el obsceno gasto de las campañas y la opacidad en el financiamiento, las diferencias raciales, la violencia de grupos extremos de derecha, de izquierda y de muchas fuerzas policiales, el permiso de tenencia de armas de guerra, la dinámica autodestructiva de la cultura democrática que genera en la opinión pública las usinas que alimentan la "posverdad".

Esas alarmas fueron ignoradas por un elite que fue y sigue siendo parte del problema y que tiene ahora la trascendental oportunidad de revertir eso, luego de enfrentar una amenaza inédita por parte de un liderazgo depredador, abrasivo, caótico y transformacional como el de Donald Trump, que expresó y catalizó la frustración de decenas de millones de ciudadanos con un establishment económico, político y cultural que prefirió desconocer sus demandas y priorizar una agenda desconectada de su cada vez más decadente y estresante vida cotidiana.

Por eso, a pesar de las polémicas y los descalabros de sus últimas semanas de gestión, el presidente número 45 terminó con un piso de apoyo nada despreciable. Si la "vieja política" no saca a relucir ahora sus mejores armas para implementar con eficiencia y foco un programa ambicioso de reconstrucción política, económica y cultural, el "trumpismo" (con o sin su líder) puede volver a conmocionar los fundamentos institucionales y morales de un país en el que también se corre el riesgo de confundir los problemas con las personas (a menudo profundizados para capitalizar el descontento popular): se equivocaría mucho la clase dirigente, incluyendo a quienes en ambos partidos están consustanciados con los valores de la democracia y la república, si supone que Trump y sus acólitos "no vuelven más".

Las primeras decisiones de Biden expresan las prioridades de su gestión y están concebidas para diferenciarse de su predecesor. El Covid-19 puso al país en una situación sanitaria dramática, con más de 200.000 contagios y 3000 muertes diarias y un total de 400.000 víctimas. Y si bien la nueva administración prometió suministrar 100 millones de dosis en los primeros 100 días de gobierno, predomina el escepticismo respecto de su implementación, aunque el operativo de vacunación se coordine con los gobernadores de cada estado. La economía real se deterioró los últimos meses, lo que justifica el programa de estímulo que Janet Yellen, exmandamás de la Reserva Federal y próxima titular del Tesoro, defendió esta semana en las sesiones de confirmación en el Senado, por 1,9 billones de dólares (unas seis veces el PBI de la Argentina).

Los observadores miran con cautela: ponderan el impacto positivo para recomponer el consumo, pero temen una mayor presión impositiva y por el fantasma de la inflación en una economía que terminó 2020 con un agujero fiscal de 16% del PBI, similar al de 1945, luego del esfuerzo para ganar la Segunda Guerra Mundial. Habrá una ofensiva regulatoria sobre el sistema financiero y las energías convencionales para satisfacer a los sectores más radicalizados del heterogéneo Partido Demócrata. Y se esperan iniciativas antitrust para acotar la influencia de los gigantes TIC. La cuestión migratoria, una nueva ofensiva para paliar los conflictos raciales y una amplia iniciativa doméstica y de política exterior en torno al cambio climático completan este golpe de timón con que la nueva gestión busca limar el legado del mandatario saliente. ¿Se impulsará el nuevo impeachment en el Senado? Biden no quiere que eso demore la confirmación de su gabinete ni la aprobación de algunas de sus principales medidas, sobre todo el paquete fiscal, que debe ser apoyado por al menos 10 senadores republicanos para una implementación expeditiva.

¿Es este político de 78 años, cuya voluntad y vocación no disimulan evidencias de decaimiento cognitivo, la persona indicada para liderar a la principal potencia de Occidente en esta hora crítica de su país y del mundo? Con medio siglo de experiencia -incluyendo ocho años como vice de Obama-, tal vez nadie conozca los meandros de Washington como él. Para alcanzar al menos parte de sus objetivos, deberá poner en valor lo mejor de un ecosistema político del que suelen enfatizarse sus rasgos más negativos, pero que tiene matices prometedores. La buena política hace la diferencia. Y por más que en la cúspide del poder se tomen decisiones acertadas o erróneas, la democracia se construye de abajo hacia arriba.

Larry Hogan, gobernador de Maryland y una de las figuras más atractivas del GOP, encabeza la lucha contra el gerrymandering. Impulsó una Comisión de Redistribución de Distritos con la idea de preparar mapas legislativos equitativos y evitar que el sistema sea manipulado para favorecer a un partido en particular. La comisión estará conformada por tres demócratas, tres republicanos y tres independientes. "Queremos asegurarnos de que la gente de Maryland sea la que marque los límites (de los distritos electorales)", publicó en su cuenta de Twitter. "Este es un paso importante que debemos dar para restaurar la justicia, reducir la amarga división y la política tóxica, restaurar el sistema bipartidista y promover el debate honesto y la competencia de ideas".

Para que Estados Unidos sea capaz de reconstruir su sistema político, debe imperar el consenso sobre las reglas del juego fundamentales. Hogan marca el camino de una interacción civilizada y funcional más allá de las diferencias ideológicas.

El 5 de enero pasado, los demócratas lograron un triunfo crítico en Georgia, emparejando el balance de poder en el Senado. Un estado dominado por los republicanos durante las últimas décadas que contaba con un potencial en términos demográficos a favor de los demócratas, dada la creciente importancia de las minorías de latinos y afroamericanos. Stacey Abrams, excandidata demócrata a la gobernación y una figura de enorme proyección, se propuso convertir esa posibilidad en votos y organizó un operativo eficaz para poner en valor el peso de esas minorías, que hasta ahora habían participado de forma acotada en términos electorales. Su proyecto New Georgia involucró unos 100.000 votantes que hicieron la diferencia tanto en las elecciones presidenciales como en las de senadores y podrían catapultarla en el futuro a la gobernación. Los latinos también jugaron un papel clave. La organización Mijente golpeó para esta elección más de 280.000 puertas a lo largo y a lo ancho del estado. Repartió folletos explicativos en español y ayudó a registrarse y aprovechar el recurso del voto anticipado.

El trabajo de hormiga dio resultado: el 69% de los latinos sufragaron a favor de Ossoff y Warnock, los candidatos demócratas, un judío y un negro. El huracán latino se había iniciado el 3 de noviembre pasado, cuando Deborah González se convirtió en la primera fiscal de distrito de ese origen en la historia del estado.

La política importa. Como afirmara Guillermo O'Donnell, la democracia nunca está del todo consolidada. Siempre debemos preocuparnos por fortalecerla, hacerla más transparente y participativa. Estados Unidos puede volver a posicionarse como un ejemplo en ese sentido.

Sergio Berensztein

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