Domingo, 14 Febrero 2021 06:38

Bellas palabras, causas dudosas - Por Loris Zanatta

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“Mirada etnocentrista”. El ministro de Gobierno de Formosa desestimó así las acusaciones de violación de los derechos humanos. Traducido: la gente de la Capital, blanca y próspera no puede entender la “cultura” de nuestro “pueblo”.

No muy lejos, un movimiento de mujeres indígenas protestó contra el “chineo”: adultos criollos violan y matan a niñas wichi, denuncian. Es “una práctica cultural”, explicó el Ministerio de Interior, no podemos hacer nada. ¿Cultural? Recuerdo un alumno mío que se mudó a una comunidad boliviana: regresó frustrado por los castigos corporales, la exclusión de los solteros de la asamblea comunitaria. Así era la “cultura” de ese “pueblo”. Bellas palabras, causas dudosas.

La historia tiene sus ciclos: a épocas dominadas por impulsos universalistas y cosmopolitas, comerciales y creativos, les siguen otras, mesiánicas y paternalistas, autárquicas y pauperistas. Detrás de toda Atenas hay una Esparta; de un renacimiento, un milenarismo; de una ilustración, un romanticismo; de una globalización, un nacionalismo. El desquite de la cruz y la espada acecha contra el orden civil; el organicismo totalitario, contra la democracia; las comunidades involuntarias fundadas en la cuna, la nación, el credo, contra las asociaciones voluntarias reguladas por las constituciones y el mercado.

En eso estamos hoy, en la idealización cíclica del “pueblo” y de su “cultura”; en el regreso del “buen salvaje”, arquetipo antiguo e inmortal. ¿No expresa pureza moral y sencillez material? ¿No late al ritmo de la madre tierra y el estado de naturaleza? ¿No es en su candor la imagen del Creador y el espejo de nuestros vicios? ¿Catarsis del egoísmo, tumba del individualismo, triunfo de la hermandad? ¡Cuántos filósofos y profetas lo han invocado! ¡Cuántos todavía lo invocan! Pero ¿existe tal “pueblo”? ¿Es su “cultura” tan virtuosa? ¿O son fabricaciones intelectuales, abstracciones conceptuales, proyecciones ideológicas? Por cierto, resurgen cada vez que una era de ideas liberales y libre comercio trastorna “pueblos” y desafía a “culturas”. Se levanta entonces la letanía contra el progreso contrario al plan de Dios, el bienestar que corrompe el espíritu, el liberalismo que homogeneiza el mundo.

Este clima “cultural” explica por qué la denuncia del brutal encierro de enfermos por Covid pueda pasar por “etnocentrismo”, por qué se tolera la violación de niñas indígenas, por qué la discriminación de algunos asciende a modelo de “buen vivir”, por qué evocar derechos universales suena a “colonialismo”. El Occidente secularizado y materialista, repite el estribillo, esclavo del dios dinero y huérfano de espiritualidad, amenaza a los “pueblos”, corrompe sus “culturas”, iguala las diferencias. Adelante entonces con melosas sinfonías sobre su espontánea solidaridad, su altruismo innato, su natural generosidad. Merecen respeto, ¡pero cuántos silencios sobre sus lados oscuros! Sobre niños maltratados, niñas infibuladas, madres relegadas, minorías perseguidas. ¿Qué harías si tu hija se enamorara de un chico local?, les preguntan a los inmigrantes islámicos en Europa? Ni hablar, responden nueve de cada diez. Algunos las matan. ¿Cultura?

¿Cuánta opresión, humillación, sufrimiento se justifica en nombre de la “cultura” del “pueblo”? ¿Cuántas dictaduras –fascistas y comunistas, islámicas y populistas– lo han invocado para legitimarse, para “protegerlo” del “imperialismo cultural”, del demoníaco “consumismo” que “desintegra”, “contamina”, “contagia”? La brillante pantalla del “pueblo” esconde a menudo jaulas de costumbres y hábitos que aplastan derechos y deseos de las personas; la cautivadora “cultura” impone con igual frecuencia conformismos grupales que inhiben la creatividad y la libertad de expresión. La solidaridad mecánica de la comunidad suele producir obediencia y complicidad dentro de ella, pero intolerancia y hostilidad hacia normas y leyes universales. Y la exaltación del “pueblo”, huelga decirlo, genera siempre nuevos “antipueblo” para combatir y excluir.

Este es el espíritu de nuestro tiempo: lo políticamente correcto hace estragos, cunde la política de identidad, la comunidad holística fascina y conforta. El “pueblo” y su “cultura” son tabúes intocables, verdades indiscutibles. Los que dudan se exponen a la lapidación “popular”. Sin embargo, hay que gritarlo: ni el “pueblo” en el que nacemos ni la “cultura” en la que crecemos, por buenos o malos que sean, son deberes históricos, destinos escritos, grilletes para la vida entera. ¡Somos libres! Los “pueblos” y las “culturas” cambian, a menudo mejoran, siempre se hibridan. Cuando era niño existía en mi país el “delito de honor”: matar a la esposa infiel era una “práctica cultural” aceptada; hoy es un crimen. La vida de los europeos giró durante siglos en torno a costumbres morales y normas sociales que hoy juzgaríamos en gran parte absurdas y erróneas. Es la libertad de cambiar lo que hace que las sociedades democráticas y liberales, con todas sus limitaciones y defectos, sean más solidarias e inclusivas, pluralistas y tolerantes que otras. Deberíamos estar más orgullosos de ello, en lugar de pedirles perdón a sus enemigos.

La moraleja es que si detrás de cada Atenas hay una Esparta, también es cierto que detrás de cada Esparta hay una Atenas; de todo medioevo identitario, un renacimiento universalista; de una restauración autárquica, un nuevo cosmopolitismo. Cuanto más sople el viento en contra, más hay que reivindicarlos. Libertad política, sociedades abiertas, comercio, migración, innovación: nada como ellos, nada como el progreso económico y tecnológico rompe las cadenas de las “culturas” asfixiantes, libera de la opresiva homogeneidad del “pueblo”: hoy como ayer, en Nigeria como en los Andes, en el Chaco como en Formosa.

Loris Zanatta

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