Jueves, 25 Febrero 2021 13:41

La Argentina a la deriva - Por Luis Tonelli

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«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, solo es aceptable la comparación en grado superlativo.»

Así como en Historia de dos ciudades, Charles Dickens describe magistralmente las realidades sociales diferentes de Londres y París en la época de la Revolución Francesa, en la Argentina cada vez más conviven las historias de dos países contrapuestos. La Argentina del “así son las cosas” y la Argentina del “así deben ser las cosas”.

En uno manda la resignación. Comprensible. Esa Argentina está compuesta en su mayoría por los que nacieron abajo y que están abajo. Los que creen que sus hijos estarán seguramente peor que lo que están ellos. Como ellos están peor que sus padres. Utopía inversa. Donde se impone el presente del sobrevivir y manda el mercader del pobrismo. El que asegura una changa, un subsidio, un puestito. Algo con el que pucherear, y no mucho más.

En otro, manda la indignación. Comprensible. Al menos, está mejor que los de abajo. Conservan una idea de futuro, chamuscada, amenazada, mechada con un “hay que irse”. Han podido darles cierta educación a sus hijos, han podido conocer algo del mundo. Se entienden como una muestra de esa Argentina que no fue y que se ha perdido. Ya no solo la República. Y creen que, si no hubiera privilegios, se acabaría esa Otra Argentina.

La Argentina “que es” vs la Argentina “que debe ser”. Concepciones nada nuevas en un país en donde en los albores de la organización nacional Mitre (fundador de la Unión Cívica), criticaba a Urquiza (pronto fundador del partido del Orden) por haber instaurado la Constitución de hecho, mientras él propugnaba la Constitución de derecho.

La pequeña diferencia es que esa disputa originaria se daba en un contexto de Progreso, y hoy se da en un contexto de Retroceso. La Grieta se vuelve cada vez más agria. Se ve en el mundo, y aquí también.

Indignación o resignación son sentimientos primarios. Son finalmente reacciones. No proposiciones. Que se sustentan en contra de lo otro. Y que se anulan mutuamente. Y los problemas de la Argentina parecen ser un tanto más complejos de los que podrían resolverse emocionalmente. Las redes nos proporcionan catarsis hasta el nuevo escándalo. Pero dejan todo intacto o peor. Son principalmente una gran campana de resonancia de puteadas. No difunden novedades, porque cualquier novedad se procesa en la antinomia. O sea, pasa a ser lo mismo.

Pan y circo. Pero, frente a esto, los dirigentes se han vuelto panaderos o payasos. Con la Grieta, el partido se juega en las tribunas con cánticos de las hinchadas, y los jugadores las festejan y aplauden. Pero no juegan.

Ellos se dedican a su “trabajito”. Lo que los políticos hacen en todo el mundo. Pero ante semejante crisis, el grado de tolerancia hacia sus “avivadas” (parte de su metier, el conseguir favores) resulta insoportable. Y pedimos políticos por vocación, no de profesión (en la célebre distinción de Max Weber).

El caso del vacunatorio VIP es paradigmático. La creciente indignación frente a las vacunas por el COVID 19 (presentadas por el mismo Gobierno como el elixir mágico que nos iba a permitir vivir y crecer) fue una señal de alarma que se volvió estridente cuando Beatriz Sarlo anunció que se la habían ofrecido por debajo de la mesa.

No sabemos quién se la ofreció y su grado de amistad con él, pero uno puede imaginar a todos los que se la ofrecieron y cuantos aceptaron en vez de rechazarla. Encima en un país federal, donde cada jurisdicción hace lo que quiere con las vacunas, intermediadas por La Cámpora. ¿Qué podía salir mal? Mejor dicho, ¿Qué podía salir bien?

Sin embargo, al Gobierno le explotó el escándalo delante de sus narices sin haberse percatado de la mufa acumulada en una cuestión de vida o muerte. En realidad, le explotó dentro de él, ya que Horacio Verbitsky es tropa propia. Y de allí en más, los hechos se han venido desarrollando como un final de Tarantino: todos disparándose entre ellos. Listas que van y viene y que solo pueden ser filtradas desde dentro.

Así estamos. La gente indignada. El gobierno esperando que pase. Y la oposición tratando de que no decaiga. ¿La Argentina? A la deriva.

Luis Tonelli

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