Viernes, 05 Marzo 2021 11:45

Año electoral: viento de cola, polarización y disgregación - Por Jorge Raventos

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Promediando el primer trimestre de 2021, la Argentina empieza a divisar una situación económica más prometedora que la que experimentó el año anterior. Para decirlo con palabras de Domingo Cavallo, una opinión autorizada en la materia, "la aparición del viento de cola para las exportaciones argentinas en los mercados del exterior, algún ajuste fiscal y una mayor dosis de profesionalismo en el manejo monetario y cambiario, han hecho que el escenario de fuerte devaluación y descontrol hiperinflacionario se aleje en el horizonte".

El "viento de cola" al que alude Cavallo es el alza de los precios internacionales de los productos agropecuarios (y, en general, de las materias primas). No se trata de un fenómeno pasajero. Como lo ha descrito Jorge Castro, el fenómeno del incremento de precios es una señal de mediano y largo plazo que implica una fuerte oportunidad para Argentina. "Se ha desatado un nuevo superciclo de los commodities en la economía global, que sería el segundo de la historia del capitalismo en el siglo XXI (el primero ocurrió entre 2001 y 2008, cuando el precio de todas las materias primas aumentó sistemáticamente sin excepción)".

La palanca que esa demanda externa supone para el crecimiento de un país como Argentina es extremadamente significativa. Se trata de usarla. Se trata de estar en condiciones de hacerlo. En cualquier caso, la oposición empieza a comprender que deberá buscar puntos vulnerables en el gobierno más allá de la economía.

Por su parte, el gobierno del Frente de Todos, una coalición heterogénea en la que prevalece el liderazgo de la señora de Kirchner, tiene dificultades para emplear a fondo esa herramienta. El kirchnerismo mantiene ideas anacrónicas sobre las fortalezas con que cuenta el país. Alcanza con recordar las que expuso la diputada Fernanda Vallejos cuando habló de la "maldición argentina" de ser gran productor y exportador de alimentos.

Como resultado de la constante presencia de esas ideas en el oficialismo, la política obstruye el aprovechamiento máximo de las oportunidades que se abren: desconfía de la integración en la economía mundial y desalienta las producciones competitivas que los mercados demandan.

OFENSIVAS E IMPOTENCIA

Por otra parte, el sector dominante de la coalición oficialista corre permanentemente el eje de prioridades del gobierno: los problemas judiciales que afectan a la expresidenta y muchos ex funcionarios trepan en la atención de la coalición y se vuelcan sobre el gobierno.

El ala K del oficialismo sufrió sucesivos traspiés judiciales en las últimas semanas, con la consiguiente irritación hacia la Casa Rosada, a la que adjudican tibieza o impotencia frente a esos hechos. Como frutilla del postre, el fallo que condenó a 12 años de cárcel a Lázaro Báez (y a penas de distinta intensidad a cuatro de sus hijos) terminó de encabritar a ese sector.

Estos reveses judiciales son observados como una señal ominosa de lo que puede ocurrir con los procesos que recaen sobre la señora de Kirchner y sus propios hijos, así como sobre la suerte de otros varios de sus ex funcionarios.

El Ejecutivo ha tenido que absorber y dar respuesta a esos apremios. El discurso de Alberto Fernández ante la Asamblea Legislativa el lunes 1, reflejó esa inclinación. Es cierto que varios de los puntos referidos a la Justicia ya los venía planteando -incluso a través de la ministra del ramo- pero la acumulación de iniciativas que incluyó en su intervención ante el Congreso incorporó nuevos puntos como la creación de una suerte de Corte federal de garantías o la solicitud al Congreso "con muchísimo respeto" -dijo- de que "asuma su rol de control cruzado sobre el Poder Judicial. Así lo prevé nuestra Constitución Nacional".

Más allá del análisis específico, esas y otras propuestas referidas al frente judicial lucieron como una nueva manifestación -esta vez mediada por la palabra presidencial- de la ofensiva K contra la Justicia. Y colorearon el conjunto del mensaje al Congreso.

De todos modos, se podría vaticinar que esta ofensiva que impulsa el kirchnerismo tendrá la misma suerte adversa que las anteriores (incluidas las que se desplegaron bajo la presidencia de la señora de Kirchner). A menudo, el tono apremiante y los términos ásperos de que se vale ese sector de la coalición de gobierno despistan a quienes, predispuestos a atribuirle a la señora un poder ilimitado, ven en esos escarceos el prólogo de un proceso que definen como "chavización". En rigor, lo que revelan es impaciencia e impotencia.

El predominio que el oficialismo conserva en el Senado no alcanza a controlar los dos tercios de la Cámara, mayoría especial que suelen requerir las cuestiones judiciales. Y en la Cámara de Diputados las mayorías que se necesitan para leyes importantes imponen trabajosas negociaciones con bloques independientes y a menudo también con la oposición de Juntos por el Cambio. Los números no ayudan para la ofensiva, por eso la obsesión se concentra en la elección de medio término y en el objetivo de alcanzar hegemonía en ambas Cámaras.

QUE PAREZCA UN ACCIDENTE

El kirchnerismo duro se lanzó como una tromba a impulsar una bicameral para ejercer el "control cruzado" al que invitó Fernández y hasta insinuó un tono amenazante hacia magistrados, y varios observadores y comentaristas próximos a la oposición dieron crédito a ese presunto peligro. En verdad, una comisión de esa naturaleza puede servir para algún show, pero en modo alguno para imponer sanciones o decidir cambios en la estructura judicial. Eso sería claramente inconstitucional; lo aclaró inclusive la ministra de Justicia.

El discurso de Fernández del último lunes incluyó fuertes cuestionamientos a la oposición y hasta anunció acciones criminales sobre funcionarios del gobierno de Mauricio Macri. Si bien se mira, ese tono exasperado tiene efectos paradójicos (o maquiavélicos, dirían los suspicaces) porque genera una especie de bloqueo a dos puntas: indispone a la Justicia para cumplir con las medidas con las que amenaza al macrismo y obstaculiza el logro de las mayorías legislativas que requieren sus propuestas sobre la Justicia.

Quizás una frase del propio Fernández en su discurso del lunes era una referencia oblicua a esa curiosa charada: "Vivimos tiempos de judicialización de la política y politización de la justicia, que terminan dañando a la democracia y a la confianza ciudadana porque todo se trastoca".

Aunque no comparta muchas de las posiciones que surgen del polo más duro del Frente de Todos, la debilidad política que sufre y la necesidad de conservar la unidad operativa de la coalición de gobierno (estamos en un año electoral), le impiden a Fernández resistir abiertamente las presiones K. Es posible, por eso, que prefiera que la resistencia "parezca un accidente", es decir, una imposición de la realidad.

Su debilidad y el paulatino fortalecimiento de la señora de Kirchner y sus seguidores tienen varios efectos. El más importante es que las políticas que estos propugnan o determinan, contradicen u obstruyen los vínculos de Argentina con el mundo y desalientan las producciones más competitivas, dos llaves ineludibles para la recuperación y el crecimiento del país.

POLARIZACION Y ANTIPOLITICA

Además, esa circunstancia complica otra de las condiciones que requiere la recuperación del país: la viabilidad de un sistema político predispuesto a los acuerdos políticas de Estado (un objetivo que el Presidente invocó ritualmente en algunos párrafos de su intervención pero pareció sabotear en muchos otros).

Con la vista concentrada en la elección del último trimestre del año, en ambas grandes coaliciones, se vigorizan las posturas polarizadoras (aunque Horacio Rodríguez Larreta resiste a pie firme en su posición moderada dentro de Juntos por el Cambio). En verdad, lo que parece ocurrir, en el contexto de la judicialización/politización, es que se debilita la política en conjunto y, por default, mejoran su posición relativa otros actores externos que pueden funcionar como árbitros interesados en un paisaje de choque y dispersión.

Observado con perspectiva, el espectáculo revela la centrifugación paulatina de un sistema político, que privilegia el conflicto sobre las convergencias nacionales y que no encuentra el eje clásico de ordenamiento que ofrece la autoridad de la figura presidencial.

La discusión sobre el llamado "vacunagate" ha acentuado el deterioro de la política. Por cierto, el principal afectado es el gobierno. Y no sólo porque debió ceder al ministro de Salud, que venía conduciendo la batalla contra la pandemia, sino porque el episodio tiene efectos deletéreos sobre amplios sectores que incluyen a su propio electorado. Varios estudios demoscópicos recientes revelan ese fenómeno.

Sin embargo, también la oposición sufre el deterioro. Los sectores más belicosos (y el coro mediático que les hace eco), después de imponer la etiqueta del "vacunatorio VIP" parece encandilados con el objetivo de extender sus secuelas y obtener una renta electoral en octubre. Corren el riesgo, también ellos, de intoxicarse en su propia burbuja. El sábado 27 de febrero, el "banderazo" que buscó acaudillar el sector más duro de Juntos por el Cambio fue el más escuálido de todos los eventos parecidos ocurridos el último año. Es probable que ese encogimiento se deba a que la algarada perdió el magnetismo de la espontaneidad y mostró sin maquillaje su índole política.

La reacción contra el affaire vacunas golpea al gobierno, pero no se transforma por ello en respaldo automático a las fuerzas opositoras. Más bien se detecta un rechazo a la política en general (explotado inclusive por algunos comunicadores que hablan con insistencia de "casta política"), un proceso que puede incubar reacciones imprevisibles.

Habrá que ver si es factible un esfuerzo eficaz para acceder a las vacunas necesarias y para vacunar masivamente a la población de riesgo antes del invierno. Y habrá que ver si eso -de lograrse- será suficiente para neutralizar la no tan sorda ola de rechazo a la política.

Entre la polarización estéril y la disgregación exasperada la Argentina puede desperdiciar otra oportunidad.

Jorge Raventos

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