Viernes, 19 Marzo 2021 13:25

Peleas fantasmales y la aparición de lo invisible - Por Jorge Raventos

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El inquietante episodio de la desaparición de una niña consiguió varios milagros simultáneos. Uno, que la niña y su madre, y su contexto se volvieran repentinamente visible para una sociedad que, en buena medida, fuera de situaciones excepcionales, suele mirar para otro lado cuando se tropieza con el cuadro de la pobreza extrema y sus consecuencias potenciales o reales. “La paradoja es que esta chiquita apareció el día que desapareció”, reflexionó amargamente un cuadro político.

El otro milagro fue la capacidad exhibida por los gobiernos de la Ciudad Autónoma y de la provincia de Buenos Aires para desplegar sus fuerzas conjuntas y eficazmente en la investigación para encontrar a Maia, la niña perdida. Estos comportamientos, que bien podrían ser normales se vuelven destacables curiosamente por su carácter anómalo.

Acelerador y freno

Ya se ha observado en esta columna que el oficialismo, además de lidiar con la carga de la gestión en tiempos de pandemia (trabajoso abastecimiento de vacunas, lento proceso de vacunación, expansión del gasto público y producción golpeada por las cuarentenas, para citar sólo algunos de los componentes de esa carga), tiene que soportar las tensiones de una coalición desbalanceada en la que el núcleo de mayor peso electoral impone una agenda socialmente resistida y objetivos de muy improbable concreción.

Para complicar más las cosas, el calendario electoral coloca en el último trimestre una prueba que la mayoría de los actores políticos consideran decisiva.

En el ámbito opositor pintan la elección de medio término como una situación de alto riesgo: anuncian que si en ella el oficialismo consiguiera incrementar su representación en la Cámara de diputados hasta alcanzar (con miembros propios o con aliados seguros) la mayoría absoluta las instituciones estarían en peligro: “Se agota el tiempo para evitar consecuencias imprevisibles”.

Del lado oficialista, entretanto, ganar se ha convertido en una meta existencial. Mientras una muy buena elección puede incluso volver factibles los fines ambiciosos (y hoy inalcanzables) que se suele adjudicar a la señora de Kirchner, una derrota -calculan en esos círculos- no sólo sepulta ese programa, sino que consolida un escenario de ingobernabilidad.

Esta última convicción está impulsando fórmulas de manejo poco aconsejables, como emplear simultáneamente el acelerador y el freno. El primero se usa para encarar la “cuestión judicial”, donde desde la elección del nuevo ministro de Justicia hasta las verbalizaciones sobre magistrados y miembros de la Corte incrementan aventuradamente las chances de un choque. El freno se aplica hacia adentro, y procura evitar que las fuerzas centrífugas deshagan el principal argumento de la victoria electoral de 2019: la unidad interna. La ofensiva para convertir a Máximo Kirchner en presidente del Justicialismo bonaerense no se tradujo -como muchos predecían- en un copamiento del poder partidario por parte de La Cámpora: el hijo de la Señora se mostró como un dúctil negociador y confeccionó listas que dejaron contentos a todos los sectores de peso (particularmente a los gremios y a los intendentes, con excepción del rebelde caudillo de Esteban Echeverría, Fernando Rey, que rechaza la asunción adelantada del joven Kirchner). Resulta indispensable, si el objetivo es ganar o ganar, que la fuerza propia se disperse. Lo que ya hay afuera (Florencio Randazzo, el grupo “Hacemos”, una red de organizaciones municipales con anclaje en la tercera sección electoral, sectores del duhaldismo, el peronismo republicano de Miguel Pichetto y Joaquín De la Torre) implica un desafío potencial, que puede hacer daño en el principal distrito del país a una fuerza que necesita desesperadamente un triunfo.

Perfil de la oposición

La coalición opositora tiene su propio proceso interno (que son varios procesos paralelos, ya que hay tironeos en dos de sus principales fuerzas integrantes, el Pro y el radicalismo; la pata peronista de Pichetto por ahora no presenta turbulencias, y la Coalición Cívica tiene en Carrió una conducción informal tolerante pero inapelable).

En el Pro, Mauricio Macri ejerce una especie de bonapartismo de mentirita entre el ala moderada y pragmática (expresada principalmente por Horacio Rodríguez Larreta, que atiende el único gobierno distrital del partido) y el ala ideológica, dura y expresión de la clientela electoral más exaltada cuya figura emblemática (a falta de Macri) es Patricia Bullrich. Entre ambos fragmentos hay una disputa que, en última instancia, remite a un tema central de la política (vieja o nueva): las candidaturas, el ordenamiento de las listas, las cuotas de poder.

En el Pro empieza a detectarse embrionariamente otro frente de tormenta: el que atañe a las futuras candidaturas en la provincia de Buenos Aires. La perspectiva de que un porteño (y socio principal de Rodríguez Larreta) como Diego Santilli quiera aspirar a la candidatura a gobernador y ya empiece a desplegar actividad en el distrito, solivianta a intendentes fuertes con aspiraciones análogas (como Jorge Macri o Néstor Grindetti), que empiezan a enarbolar ya el patriotismo provinciano y a reclamar que Buenos Aires sea para los bonaerenses. Por cierto, el distrito ha sido muy hospitalario con los porteños: de sus últimos siete gobernadores, seis han sido porteños (Antonio Cafiero, Carlos Ruckauf, Felipe Solá, Daniel Scioli, María Eugenia Vidal, Daniel Scioli, Axel Kicillof): la única excepción ha sido Eduardo Duhalde.

El otro socio importante de la coalición, el radicalismo, también tiene una cinchada intestina. Y es interesante que una causa central de la disputa sea el tipo de vínculo que el partido tiene y debe tener con el Pro. Para un sector interno la UCR ha sido extremadamente permisiva con el Pro y no disputó con vigor la participación en el poder durante el gobierno de la coalición. Ahora se trataría de corregir rotundamente ese error. Y disponerse a competir por las candidaturas principales.

Los que formulan esa política con más energía son algunos porteños y bonaerenses, Enrique Nosiglia, el intendente de San Isidro Gustavo Posse, Federico Storani, Juan Manuel Casella, Martín Lousteau. Ellos enfrentan a la conducción nacional actual, que tiene como voceros más destacados al gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, el jefe de la bancada de diputados, el cordobés Mario Negri y el impulsor de la la alianza con el Pro, el mendocino Ernesto Sanz.

El último domingo las dos líneas se cruzaron en Córdoba, donde el oficialismo construyó una alianza entre Negri y su último rival interno, Ramón Mestre. El oficialismo ganó, pero no por escándalo, como esa unión permitía suponer, sino por un margen de alrededor del 5 por ciento (las cifras han sido disputadas: el oficialismo lleva la diferencia a más del 10 por ciento, la oposición (cuyo candidato fue el concejal Rodrigo de Loredo) la reduce a menos de 3 puntos. 

El próximo domingo oficialistas y opositores se verán las caras en la provincia de Buenos Aires, “la madre de todas las batallas”. Hay 320.000 votantes potenciales y 342 escuelas que albergarán las urnas. El presentismo electoral también será u n dato a tomar en cuenta.

 El intendente Posse, con el respaldo del ala opositora y particularmente de Martín Lousteau, enfrenta al preferido de la conducción, el diputado provincial Maximiliano (Maxi) Abad, de Ranchos. 

Posse no habla con eufemismos: “Se terminaron los años de un radicalismo que no emitía voz ni voto, que fue servil y sumiso al PRO”, proclama en sus presentaciones. El planteo evoca posicionamientos parecidos de hombres importantes del radicalismo del interior, como el mendocino Alfredo Cornejo. Como presidente de la UCR Cornejo (y como mendocino, respetuoso de la norma de que los de afuera son de palo) no ha exhibido preferencias en la interna bonaerense.

Al intendente de San Isidro tampoco le responden con demasiada cortesía: “Posse dejó la UCR en reiteradas oportunidades para sumarse al kirchnerismo (por el cual fue elegido intendente), el massismo y otras fuerzas políticas. Él es uno de los grandes responsables de la crisis del radicalismo. Por suerte, desde el 2015 esto cambió”, le telegrafió el actual jefe partidario bonaerense, Daniel Salvador, ex vicegobernador junto a María Eugenia Vidal.

El resultado del comicio bonaerense de la UCR permitirá adivinar el perfil que podría adquirir la oposición en un año decisivo.

Jorge Raventos

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