Lo que sorprende y alerta a quienes asistimos asombrados a una pasividad social endémica, es el desinterés que manifiesta mucha gente frente a la falta de libertades impulsada por “los Fernández” -EN NOMBRE DE LO QUE SEA-, que es “vendida” por su gobierno con el pretexto de estructurar políticas públicas que tengan en consideración “nuestro propio bien” (sic).
Con esa consigna falsa luchan hoy –entre otras cosas-, contra la pandemia que azota a todo el mundo, organizando desastrosamente la distribución del bien más preciado, la vacuna, y criticando cínicamente a Juntos por el Cambio como si fuera responsable de la propagación de la peste, sin guardar respeto por la más mínima decencia conceptual.
¿No hemos contribuido a ello con nuestra proverbial conducta indiferente, para convertirnos finalmente en cómplices de sus desafueros?
Porque lo que se ve es que el poder político del kirchnerismo se ha afirmado “desde el vamos” sobre la concesión de quienes sienten que nada puede hacerse ante una voracidad desenfrenada que solo ha servido para confirmar una miseria sin horizonte alguno.
Los opositores al gobierno andan mientras tanto a la búsqueda de una suerte de “pureza doctrinal” para apoyar sus quejas, contribuyendo –quizá sin advertirlo-, a expandir insustanciales “tertulias de café” que se replican en los medios de información y alimentan el statu quo.
Juntos por el Cambio no consiguió extirpar nuestros males en su hora, porque se instaló frente a la opinión pública cometiendo dos errores “excesivos”: a) el inicial, pletórico de cánticos, globos y un optimismo desmesurado y b) el segundo, creer que se podía arribar a consensos mínimos con el kirchnerismo.
Pero no fue un gobierno desastroso ni mucho menos, como intenta “pintarlo” el ventrílocuo que preside el poder Ejecutivo.
Al contrario: en minoría en el Congreso, sufrió obstrucciones de todo tipo para sus propuestas por parte de los “destronados” K y las corporaciones de tercer grado, que se quedaron “con la sangre en el ojo” después de haber perdido sus nichos de contubernio luego de las elecciones de 2015.
La pregunta que cuadra es entonces: ¿estamos NOSOTROS dispuestos a hacer de ahora en más los sacrificios necesarios para que todo cambie radicalmente dejando de lado nuestro tradicional espíritu “gattopardista”?
El primer paso consistiría en renunciar a la búsqueda de chivos expiatorios, desterrando simultáneamente nuestra indulgencia suicida respecto de quienes nos gobiernan llevándonos por las narices, para poder alejarnos, de una vez y para siempre, del mito kirchnerista.
Para contribuir a ello, reproducimos nuevamente una frase del filólogo y ensayista inglés Samuel Butler que siempre nos ha parecido digna de una profunda reflexión “introspectiva”: “hay dos grandes reglas en esta vida”, dice Butler, “una general y otra particular. La primera, es que cada uno de nosotros puede lograr lo que desea SI HACE LO QUE DEBE HACER. Esa es la regla general. La particular es que se ha comprobado que casi todo el mundo cree que es una excepción, y no se siente obligado a cumplir con dicha regla general”.
A buen entendedor, pocas palabras.



