Ayer el presidente anunció nuevas restricciones, especialmente centradas en el AMBA. Y, entre otras cuestiones, decidió suspender por 15 días la presencialidad en las escuelas a partir de la semana que viene. Esta vez, el diálogo y el consejo brillaron por su ausencia, al igual que los datos que respalden la gravedad de la decisión tomada.
Ni siquiera el compromiso público de ese mismo día por parte de los ministros nacionales Trotta y Vizzotti, reunidos en el Consejo Federal de Educación con los ministros de las 24 jurisdicciones, impidió una decisión intempestiva y poco fundada.
La administración nacional no tiene ningún modelo predictivo para la evolución de la pandemia. Los que circularon al principio fueron sólo el resultado de copiar y pegar (mal) los números chinos. Tampoco tiene cifras aproximadas sobre la evolución de los contagios en distintas actividades. Y si los tiene, como en la educación, no los quiso usar. La ministra Vizzotti sostuvo ayer que “es muy importante aclarar que todavía no estamos viendo el impacto de las medidas que se tomaron el viernes”, y agregó, apenas horas antes de la decisión del Presidente: “Le pedimos a la gente que postergue toda actividad que no sea prioritaria, como reuniones, festejos de cumpleaños y bautismos. Sí ir a trabajar o ir a la escuela”.
En la Ciudad de Buenos Aires, de más de 700.000 asistentes a las escuelas (alumnos y personal) se detectaron menos del 1% de casos de COVID (60% docentes, 40% alumnos). Y una vez aislada la burbuja, esos contagiaron a apenas un 0,012% dentro del propio ámbito educativo. Esto está en línea con lo que sostienen organismos internacionales como la OMS, Unicef o UNESCO.
Además, con los datos podemos saber en qué edades el problema se concentra, reforzar medidas y calibrar mejor las eventuales restricciones teniendo en cuanta las necesidades y posibilidades específicas de los distintos años de cada ciclo. Así podríamos preservar mejor ambas prioridades: la salud y la educación.
Cruel paradoja: un ámbito protocolizado, regulado y controlable con poca transmisión termina siendo cerrado. Otros, con más circulación, menos información y menos capacidad de control se permiten. ¿Y qué dijo el presidente Fernández acerca de los criterios en los que basó su decisión? Recomendó “ir a las puertas de los colegios” para “ver como los chicos juegan a cambiarse los barbijos”. También alegó que los padres se juntan ahí (sin importar que lo hagan con barbijo, distancia y al aire libre) o que se usa el transporte público (cuando el boleto estudiantil muestra que su uso cayó 75%, revelando que se eligen otras alternativas para llegar y poder asistir).
Se puede celebrar públicamente el 17 de octubre, organizar el velatorio público de Maradona, permitir manifestaciones masivas de las organizaciones sociales, e incentivar que 4,5 millones de argentinos circulen por todo el país haciendo turismo de Semana Santa en plena expansión de las nuevas variantes del virus. Todo sin control ni protocolos. Pero las clases presenciales, con ambos, son para Alberto Fernández un gran problema.
Todo esto ocurre, además, en un momento de hartazgo generalizado. Por la pésima campaña vacunatoria, tanto en promesas incumplidas, adquisición efectiva, administración y transparencia. Y por el impacto de una cuarentena previa inexplicable en su extensión. La primera fue un intento de suprimir el virus en un contexto de incertidumbre y las necesidades de preparar el sistema de salud. Sus sucesivas prolongaciones fueron cada vez más difíciles de explicar. Y más costosas, psicológica, social y económicamente. El año pasado hubo sostén de algunos sectores impedidos de trabajar. Pero en el presupuesto de este año eso se omitió porque la ola se iba a amesetar y ya íbamos a tener vacunas (así respondieron a nuestros cuestionamientos sobre el punto en el Congreso).
A lo largo de todo este tiempo lo que queda en evidencia es la imprevisión y la mediocridad del proceso de toma de decisiones. ¿Si hoy la presencialidad en las escuelas es tan peligrosa, por qué esperar hasta el lunes para implementarla? ¿Estamos seguros de que los chicos, sin clases, tendrán en ese horario actividades más controladas, protocolizadas y seguras que las que habrían de tener dentro de la escuela?
Hay más: los contagios generales que se detectan se produjeron casi una semana antes. El agravamiento de la enfermedad y la derivación a terapia intensiva ocurren bastante después. Eso quiere decir que en 15 días es altamente probable que los datos públicos muestren un empeoramiento de la situación. ¿Cómo piensa el Presidente revertir la medida en ese contexto? Otra vez extensiones sin límite claro. Y en lo que más debemos preservar: la educación, que viene mal desde hace mucho y en 2020 padeció una verdadera catástrofe.
Hace exactamente un año, el 15 de abril de 2020, hubo 128 casos nuevos de Covid acumulando 2.571 en total. Había nueve provincias que tenían acumulados menos de diez casos y dos totalmente libres del virus. Pero ya se había extendido la cuarentena original. Estábamos todos encerrados. Y sin clases. Así estuvimos casi todo el año.
La tragedia educativa fue monumental. No hace falta recordar que un millón y medio de chicos perdieron vinculación con la escuela, que prácticamente nadie pudo alcanzar los objetivos pedagógicos correspondientes, y que la desigualdad dentro del sistema se agravó. Al día de hoy, docentes, alumnos y familias estaban embarcados en un enorme esfuerzo para tratar de acercarse al menos un poco a los objetivos de aprendizaje ¡del año anterior! Y ahora ocurre una nueva marcha atrás.
Nuestro país supo en un tiempo poner a la educación como real prioridad. Esa fue nuestra marca distintiva en la región, y generó una sociedad igualitaria, plena de movilidad social. Eso se evaporó, lo cual es una tragedia. Pero casi más grave es que en las medidas y discursos públicos ya ni se reivindica en serio esa prioridad.
El año pasado se naturalizó la pérdida de un ciclo lectivo completo. Fueron los padres y madres los que pusieron el tema sobre la mesa. Y más allá de arrestos individuales, el Estado no supo cómo compensar parcialmente la pérdida ocurrida. Ahora, sin diálogo, sin criterio, sin números, sin perspectiva de futuro, el Presidente decide cerrar las escuelas al mismo tiempo que los shopping, los casinos o los viajes de egresados.
Nadie niega la gravedad de la pandemia (y la necesidad de tomar algunas medidas legítimas). Otros países han debido cerrar en algún momento las escuelas. Subrayo: debido cerrar. Pero siempre mostrando la prioridad que la educación tiene. Cuando decimos que las escuelas son lo primero que se abre y lo último que se cierra estamos marcando eso. Hoy, una vez más el Gobierno nacional, muestra cuán lejana le resulta esa sentencia.
Martín Lousteau



