Viernes, 23 Abril 2021 14:13

¿Nos encaminamos hacia una nueva tormenta perfecta? - Por Sergio Berensztein

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Las condiciones de una crisis económica se están acumulando y es casi imposible adivinar cuál puede ser el disparador

“Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo, estoy aquí, resucitando”, cantaba “La cigarra” de la gran María Elena Walsh. La Argentina tuvo tantas crisis macroeconómicas en su corta historia que es casi inevitable, en virtud de una preocupante combinación de desequilibrios políticos y económicos, preguntarnos no si ocurrirá una nueva, sino cuándo. ¿Antes o después de las elecciones legislativas de este año? ¿Antes o después de las presidenciales de 2023? “Que la próxima les estalle a ellos”, afirmaron casi con las mismas palabras dos reconocidos economistas, uno oficialista y otro de JxC. Sin embargo, Tique (la diosa griega de la fortuna) sigue ayudando al FDT: el precio de la soja no deja de subir y los principales bancos centrales del mundo se inclinan por mantener los tipos de interés bajos, a pesar de que se disparan las expectativas inflacionarias. ¿Alcanzará para evitar otro episodio traumático? “Al menos lo posterga un tiempo”, afirma un viejo lobo de la City porteña.

En teoría, ningún evento político es inevitable: la suerte casi nunca está echada. Depende de las decisiones de los actores y de los comportamientos de las sociedades. Observando desapasionadamente lo que viene ocurriendo en el país, no aparecen muchos motivos para el optimismo. Por acción u omisión, los actores políticos escalan los conflictos antes que solucionarlos. Apabullada por una pobreza que no para de crecer, por una incertidumbre cada vez más abarcadora y enfrentando esta segunda ola que produce angustia y temor, la sociedad calla y grita, protesta y se encierra, tiene sueños y pesadillas. Es imposible generalizar en un contexto de tamaña desigualdad y fragmentación, pero el conflicto de Neuquén y la rebelión de padres y alumnos ponen de manifiesto que áreas y sectores combativos (la Patagonia y los empleados públicos neuquinos) y otros que jamás se habían hasta ahora organizado pueden protagonizar acontecimientos de relevancia. ¿Suficientes para disparar otro episodio traumático? Tal vez no, aunque acrecientan la sensación de inestabilidad y amenazan con debilitar los liderazgos.

Más allá de sus características estructurales, la inflación en los últimos meses parece haberse instalado en el piso de los 4 puntos, lo que daría un anualizado de casi el doble de lo que había calculado Guzmán. En este contexto, es esperable que los sindicatos pidan volver a discutir las paritarias y que se activen otros mecanismos de indexación. Uno de los pocos alivios a los sectores más vulnerables es la denominada “inversión social”, financiada con emisión monetaria, cuya consecuencia es más inflación. Para combatir este problema, el Gobierno promueve medidas que siempre han fracasado, como el control de precios, la exigencia a empresarios para que produzcan a la máxima capacidad y los absurdos registros para exportar alimentos. Insistir y persistir con instrumentos regulatorios inútiles y distorsivos es una de las características centrales del kirchnerismo, que, en esta cuarta edición, demuestra que no ha aprendido nada de sus fiascos anteriores.

Para peor, no habrá acuerdo con el FMI por lo menos hasta después de los comicios de octubre. Es decir, que la improvisación, la tozudez y los desequilibrios seguirán incrementándose al menos por otro medio año. En ese contexto, las tarifas de servicios públicos, que no se actualizan desde 2019, seguirán atrasándose respecto de la inflación, generando mayor déficit fiscal como resultado de los subsidios. Por supuesto que esto desalienta la inversión, lo cual afectará aún más la calidad de los servicios. Tal vez la situación más absurda sea la política energética: pese a la enorme cantidad de reservas que disponemos, incluido el extraordinario potencial de Vaca Muerta, nuevamente necesitamos importar gas. Pese a la recuperación del precio internacional (y de los permanentes ajustes de los combustibles en el mercado interno), el clima de negocios es inadecuado también por los controles cambiarios y la creciente conflictividad local. ¿Estamos incubando otra crisis energética como la que engendraron los K entre 2003 y 2015? “Todo el sistema está desquiciado, incluyendo el papel de Cammesa”, afirma un exsecretario de Energía.

¿Cuál es el costo y la sustentabilidad de la pax cambiaria? El enorme esfuerzo del Gobierno por controlar el mercado paralelo tiene costos significativos, y se le agrega el creciente atraso instrumentado con objetivos electoralistas. Tal vez se pueda confundir por un tiempo a segmentos puntuales de una sociedad ensordecida por las crecientes dificultades que implica (sobre)vivir en la Argentina. Pero jamás a un agente económico experimentado, mucho menos al mercado financiero. Si las expectativas de una nueva devaluación se consolidan, este lábil castillo de naipes demostrará su inconsistencia. Y una devaluación sin credibilidad (sobre todo sin un plan de estabilización sensato e implementado por un equipo idóneo) impulsaría aún más la inflación y, como consecuencia, la pobreza y la marginalidad.

Si solo se trata de acumulación de desequilibrios macro y micro económicos, la situación argentina sería preocupante pero no dramática. Sin embargo, otras variables de naturaleza política complican aún más las cosas. La autoridad presidencial ha sufrido en el último año un notable debilitamiento: la imagen positiva de Fernández cayó un 30% en ese período, de 61% a 40% en el transcurso de los últimos 12 meses. Para algunos integrantes del FDT, es una cifra para nada despreciable. “Ese es nuestro voto duro. Por algo los constituyentes del 94 definieron ese umbral para elegir presidente”, afirma un peronista porteño que ya perdió las esperanzas de que se constituya el “albertismo”. Pero esta segunda ola puede implicar un desgaste adicional no solo para Kicillof, sino también para el Presidente. “Alberto comprendió que si la situación sanitaria se desbordaba en el conurbano, como insistía Axel, no podrá desacoplarse de ese infierno”, agregó. Esa interpretación tal vez ayude a entender la decisión de avanzar con las nuevas restricciones (los qué), pero de ningún modo explica el método elegido (el cómo). ¿Una oportunidad para ratificar el liderazgo presidencial? ¿Reinstalarse en el centro de la escena, luego de los desplantes de los sectores más duros de su propia coalición? Cualesquiera que hayan sido los motivos, una vez más le salió el tiro por la culata.

¿Está en juego la paz social? Por las dudas, el Gobierno apuntala a los sectores más vulnerables, como quienes reciben la AUH y las categorías más bajas del monotributo, que recibirán una suma extra de $15.000 por estas dos semanas en las que regirá en principio el DNU. Curioso que el Presidente se haya querido congraciar con el personal de la salud, al que tal vez sin querer había agredido, con apenas tres pagos de $6500: esa cifra implica que valen menos que la mitad que un pobre estructural. Dos comentarios al respecto: por algo la inflación (es decir, la falta de restricción presupuestaria) es tan popular entre los políticos argentinos, sobre todo (pero no solo) los peronistas; esto me recuerda una enseñanza de William Keech: “Dime tus prioridades de gasto público, y te diré cuál es tu base electoral”. Desde que comenzó la pandemia, hemos visto en el mundo muchas tensiones, conflictos, marchas, contramarchas; pero ninguna crisis de gobernabilidad. Los incumbentes han sufrido un serio desgaste, pero han logrado sobrevivir a pesar de todas las dificultades. ¿Será la Argentina una excepción? Imposible determinarlo. Pero las condiciones contextuales de una crisis económica se están acumulando. Y es casi imposible adivinar ex ante cuál puede ser el disparador.

Sergio Berensztein

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