Viernes, 07 Mayo 2021 09:52

Esa curiosa fascinación peronista por los políticos de Estados Unidos - Por Sergio Berensztein

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“Juan Domingo Biden”. Las iniciativas del presidente demócrata tienen como referencia el estado de bienestar europeo más que el partido de Perón o la ideología de los Fernández

Robin G. Collingswood, gran filósofo e historiador inglés, denominaba “método de la tijera y el engrudo” a la selección de conceptos, ideas y datos de otros autores para elaborar un argumento propio. Muchos líderes políticos replican esa rutina sin la rigurosidad que proclamaba aquel famoso profesor de Oxford para buscar precedentes que justifiquen las opiniones más diversas (y a menudo contradictorias) o fortalecer propuestas escasamente fundamentadas y bastante antojadizas.

En este marco, y aunque muchos han buscado antecedentes en otras experiencias, como el fascismo italiano, la tradición peronista parece tener una singular fascinación por los políticos norteamericanos. Esta semana, Alberto Fernández se refirió a su colega de Washington como “Juan Domingo Biden”, maravillado por los ambiciosos programas de política pública en materia de infraestructura y política social que en poco más de cien días de gobierno anunció el mandatario de EE.UU. Tal vez ignore la larga y excelente relación que el exsenador por Delaware desarrolló con el movimiento obrero desde incluso antes de dedicarse a la política, y que explica el apoyo que obtuvo en la campaña por parte de la AFL-CIO, la principal organización sindical, en detrimento de otros candidatos más de izquierda como Sanders. No debería sorprender, sin embargo, su silencio respecto del fabuloso y efectivo programa de vacunación contra el Covid-19 implementado por el presidente número 46: en la narrativa oficialista predomina una indefinición sobre fechas, cantidades y ritmo de vacunación. Luego de tantos anuncios megalómanos nunca concretados, en este aspecto (aunque no solo) la palabra presidencial quedó desacreditada.

No se trata del único caso reciente de identificación y búsqueda de legitimidad por parte de un dirigente peronista. Cuando presentó Sinceramente, Cristina Fernández reivindicó las políticas proteccionistas y el espíritu nacionalista nada menos que de Trump. “Miren Estados Unidos: la economía vuela, tiene el índice de desempleo más bajo desde hace cincuenta años, teóricamente debería la Reserva Federal subir la tasa de interés para que precisamente la economía baje (pero) no, algunos se dieron cuenta de que tenían que volver a generar trabajo industrial dentro del país para volver a generar riqueza”. Cabe aclarar que, en todo caso, la FED incrementará el costo del dinero no para que “la economía baje”, sino para prevenir la inflación, evento que en los últimos días muchos analistas del mercado consideran inevitable. Conmueve, de todas formas, que Cristina considere que las políticas del banco central de los EE.UU. puedan servir de ejemplo, o aun de justificación, para las que intente implementar nuestro frágil BCRA.

Imposible soslayar el deslumbramiento de Menem por la entonces única potencia global, incluyendo su relación personal con George W. Bush o Bill Clinton. Ese peronismo había “salido del closet”, blanqueando sin tapujos su fascinación por EE.UU. Menos conocida es la referencia que hizo Perón al discurso de asunción del segundo mandato de Franklin D. Roosevelt, el 20 de enero de 1937: en el acto de proclamación de su candidatura presidencial, el 12 de febrero de 1946, citó al fallecido ícono del Partido Demócrata para negar cualquier identificación con formatos autoritarios. “La historia de los trabajadores argentinos corre la misma trayectoria que la libertad”, afirmó, para luego agregar: “Sepan quienes voten (…) por la fórmula del contubernio oligárquico-comunista, que con ese acto entregan, sencillamente, su voto al señor Braden (embajador de EE.UU. en la Argentina). La disyuntiva, en esta hora trascendental, es esta: o Braden o Perón”. El párrafo seleccionado por el entonces candidato por el Partido Laborista pretendía subrayar que también en EE.UU. hubo polémicas muy serias por las políticas keynesianas implementadas por FDR (además del famoso y duro enfrentamiento con la Corte Suprema): “En el curso de estos cuatro años, hemos democratizado más el poder del gobierno, porque hemos empezado a colocar las potencias autocráticas privadas en su lugar y las hemos subordinado al gobierno del pueblo. La leyenda que hacía invencibles a los oligarcas ha sido destruida. Ellos nos lanzaron un desafío y han sido vencidos”.

¿Cuánto de “peronismo explícito” tienen en rigor las medidas de Biden? A diferencia de lo que sugiere el profesor Fernández, su intención no es otra que extrapolar algunos de los componentes de lo que hace más de medio siglo constituyó en Europa el modelo de “estado de bienestar”: un conjunto de derechos y programas, como la licencia con goce de sueldo en caso de enfermedad, o jardín de infantes gratuito para niños de 3 y 4 años, que en nuestros días en muchísimos países del mundo son considerados esenciales. En todo caso, el presidente norteamericano busca parecerse menos al peronismo de Perón (o al de sus variopintos sucesores), que a su vecino del norte, Canadá.

Si el Congreso lo aprueba, el plan Biden podría convertirse en la segunda expansión de derechos más grande de la historia de su país en términos de costo anual, solo superada por el Obamacare. Pretende una reactivación aún mayor del mercado interno, pero su principal objetivo apunta a reintegrar a las clases medias y bajas al tejido social, acotar desigualdades históricas con minorías como la afroamericana, la hispana o la asiática, y disminuir la pobreza infantil. El debate será acalorado. No queda claro si la generosa ayuda a las familias de menores ingresos se limitará a la duración de la pandemia o continuará como mecanismo de distribución del ingreso a mediano y largo plazo. Algunos analistas sospechan que las transferencias previstas a gobiernos estatales y locales, muchos de los cuales solo sufrieron caídas menores en sus ingresos fiscales, fueron diseñadas ad hoc para beneficiar a estados menos responsables como Nueva York, California, Illinois y Nueva Jersey, todos en manos de gobernadores demócratas.

Es interesante subrayar el caso de Montana, gobernado por el republicano Greg Gianforte, cuya Legislatura votó por rechazar un programa federal de beneficios para el desempleo porque, aseguran, constituye un desincentivo para que la gente busque trabajo. Podría ser la primera de muchas iniciativas formales para frenar esta reforma, que en este momento cuenta con un consenso coyuntural que tal vez no pueda sostenerse en el largo plazo. Algo parecido le pasó en su momento al New Deal de FDR: generó una reacción primero a nivel local y más tarde en un creciente activismo tanto en el Congreso como en el Poder Judicial para limitar y revertir el poder del presidente y del gobierno federal. Fue Reagan quien en la década de 1980 cementó el momentum neoconservador e implementó profundas reformas que desmontaron precisamente el andamiaje implantado por FDR y sus sucesores, incluidos John F. Kennedy y Lyndon Johnson.

La diferencia fundamental reside en los valores: la convicción democrática y el férreo rechazo a las autocracias. Biden condenó el régimen de Maduro, a quien definió como un dictador. Se enfrentó agriamente con Putin y profundizó sus diferencias con Xi Jinping. La reconversión ideológica que deberían hacer los Fernández para ajustarse a esos parámetros es casi imposible. Aunque la realidad, y el peso que EE.UU. tiene en el FMI, tal vez los obliguen a mitigar sus preferencias por esos líderes autoritarios.

Sergio Berensztein

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