Martes, 22 Junio 2021 10:19

Dime con quién andas y te diré... - Por Loris Zanatta

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No se necesita un telescopio para ver cómo avanza el tsunami populista y se tambalean por todos lados las instituciones republicanas.

Dime con quién andás y te diré quién eres. ¿Cómo no recordarlo al comentar la posición del gobierno argentino sobre Nicaragua hoy y Venezuela ayer? El problema no es solo el apoyo implícito a la dictadura sandinista. Es que si Daniel Ortega deja caer el hacha sobre la oposición es porque se siente fuerte y huele el viento a su favor.

No se necesita un telescopio para ver cómo avanza el tsunami populista y se tambalean por todos lados las instituciones republicanas. El gobierno peronista se suma así al coro que le garantiza la impunidad. ¿Por qué sorprenderse? Así como Perón rindió homenaje a Anastasio Somoza desde el balcón de la Casa Rosada el 17 de octubre de 1953, así sus herederos protegen a quien ocupa hoy su lugar: colocado en la perspectiva histórica correcta, ambos encarnan la tradición del autoritarismo hispano y del panlatinismo católico, la misma que dio origen al peronismo.

Caudillo experimentado, criado en la exigente escuela de Fidel Castro, Daniel Ortega duerme en un colchón de plumas. Sabe que López Obrador no moverá un dedo para detenerlo, que La Habana y Caracas aplauden, que La Paz está de su lado y Lima pronto lo será también.

Sabe que los estudiantes tan combativos contra el “neoliberalismo” en Santiago y Bogotá se convierten en borregos balidos frente a los tótems nacional populares, que la mayoría de los militantes por los derechos humanos se encogerá de hombros y mirará hacia otro lado: nunca una causa tan noble fue tan prostituida, nunca un principio tan universalista tan inclinado a intereses mezquinos.

Tal es a estas alturas el equilibrio político regional, que ningún organismo hemisférico le tocará un pelo, los amigos rusos y chinos se cuadrarán en su defensa, las Naciones Unidas ladrarán a la Luna, Washington sufrirá otro revés: un tigre de papel, un ex Imperio.

El régimen sandinista puede así montarse al viejo caballo ideológico de la Patria Grande, invocar el fénix de la hermandad latinoamericana, exhibir la habitual retórica victimista y la rancia simbología soberanista para oprimir, censurar, aplastar la disidencia. Una historia ya vista mil veces.

Siendo así, la hoja de parra del respeto a la “soberanía nacional”, de la negativa a la “injerencia en los asuntos internos” invocada por el gobierno argentino, no es sólo un monumento al cinismo, un vulgar ejercicio de doble rasero.

Es complicidad, empatía, intimidad. Como perros oliéndose y festejándose, los gobiernos populistas saben que están hechos de la misma materia, que son hijos de la misma historia, que cultivan los mismos valores. Las circunstancias cambian de un país a otro, algunos pueden imponer con fuerza lo que otros deben disimular, tolerar un mínimo de pluralismo del que de poder se desharían, algunos son más pequeños y dependientes mientras que otros tienen la fuerza y l​​a arrogancia suficientes para aspirar a unir y mandar a todos los demás.

Fue lo que pasó con Perón, Castro y Chávez. A ver quién será ex próximo. ¡Cuántas interferencias realizaron! Cuántas veces se han burlado de la soberanía ajena financiando partidos, armando guerrillas, chantajeando con trigo o petróleo, imprimiendo propaganda por toneladas. Se reconocen, saben quién está de un lado y quién del otro de la gran grieta que ellos mismos cavan en la historia latinoamericana, la que en su visión maniquea del mundo separa pueblo y oligarquía, nosotros y ellos, nación y colonia, ricos y pobres; el bien y el mal, en definitiva, el fundamento de la eterna guerra de religión de la que creen ser cruzados, en nombre de un pueblo mítico que nunca existió y de una tierra prometida que tampoco existirá. Y si tal es el horizonte, si la historia es escatología, expiación, salvación, todo abuso es legítimo, todo medio justifica el fin.

Para entender de qué estamos hablando, de qué Edad Media reina en Managua y sus amigos avalan, escúchenlo a Daniel Ortega, o mejor aún a Rosario Murillo, reina y sacerdotisa, Virgen Sandinista, la inevitable figura femenina que acompaña la iconografía de los regímenes populistas y alimenta sus religiones políticas. Regímenes que a ley anteponen la Fe, a la Constitución la “cultura”, al ciudadano el “pueblo”: “Cristo Jesús (...) reina (...) vive en nuestra Nicaragua, por nuestras Prácticas Familiares, Hogares, Familias, Comunidades, donde veneramos, donde creemos, donde sabemos que Dios es Grande, y donde sabemos vivir la Sagrada Pasión”.

¡El reino de Dios en la tierra! La Iglesia protesta y los obispos se levantan: ¡basta con los milenaristas, con usurpar la palabra de Dios y la figura de Cristo! Tienen razón. Pero en el fondo saben que estos regímenes son hijos suyos, que ese es el invariable resultado de la utopía cristiana en la era de la soberanía popular, que el populismo es el fruto envenenado de su asidua batalla contra el “secularismo” en nombre del “buen pueblo fiel”. Luchan contra sus propios demonios.

La convergencia que por efecto de las guerras y del comercio se produjo en Europa hacia la democracia liberal y el Estado de derecho, la separación de poderes y el pluralismo político, el Estado neutral y las libertades individuales, no se vislumbra todavía en América Latina. A cada época de avance en esa dirección sigue un brusco retroceso, las utopías providencialistas vuelven a hipnotizar más que el canto de las sirenas de Ulises.

De repente, los mares se abren y los desiertos florecen ante los redentores in pectore al mando de su “pueblo elegido”. Será porque ninguna guerra mundial la ha ensangrentado, por lo que nunca ha derrotado al fascismo.

Porque ninguna guerra fría la ha partido en dos, por lo que nunca ha derrotado al comunismo. Será sobre todo porque la secularización es todavía una planta verde, por lo que nunca América Latina ha derrotado al mesianismo político. A menos que Ortega y sus cómplices no descubran de repente que tan verde no era...

Cada vez más protestas en todo el país: Alberto y Cristina saben que la sociedad está perdiendo la paciencia

Loris Zanatta

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