Domingo, 22 Agosto 2021 10:27

No llores por mí Argentina - Por Rogelio Alaniz

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La Argentina fue grande cuando sus clases medias fueron grandes; y la Argentina empezó a empobrecerse, en toda la dimensión material y espiritual de esa palabra, cuando sus clases medias comenzaron a fragmentarse y se precipitó la movilidad social descendente.

 

Se van empresarios, se van empresas, se van profesionales, se van jóvenes. No es "un gran escape", pero es un dato significativo de la realidad. Según encuestas del Banco Mundial, la Argentina es el país en América latina que "exporta" más profesionales al mundo en estos últimos años. Recursos humanos creados en nuestras universidades, en nuestros centros de estudios e investigación, se van del país en busca de otros horizontes y posibilidades. Es raro o paradójico. 

Los pobres de países vecinos vienen a la Argentina en busca de trabajo formal o informal y seducidos por sus políticas sociales y en particular por sus planes sociales, pero los hijos de lo que quedan de nuestras clases medias se van o, por lo menos, un porcentaje significativo de ellos manifiestan su deseo de abandonar el país. Lo que sucede, algo quiere decir. Ignorarlo sería necio y peligroso. Algo pasa o algo nos está pasando.

Puede que solo sea un fenómeno de coyuntura, la respuesta inmediata de sectores sensibles de la sociedad a nuestras recurrentes crisis económicas. Lo que parece estar fuera de discusión, es que esta suerte de "sangría" de recursos humanos nos empobrece en todos los términos. Se dirá que estos fenómenos son una consecuencia más o menos directa de la globalización. Algo hay de eso. Pero no recurramos al recurso de la "globalización" para eludir responsabilidades.

En el mundo globalizado es posible apreciar, por ejemplo, la dirección de las migraciones, de los desplazamientos de cientos de miles de personas. Y lo que nos dicen esos datos es que la gente se va de los lugares donde vivir le resulta insoportable para dirigirse hacia países donde están convencidos de que van a vivir mejor, que ellos y su familia podrán realizarse, con esfuerzos, con sacrificios, pero también con esperanzas reales. Los argentinos algo de esto sabemos. Hubo un tiempo en que, desde Europa, pero no solo desde Europa, millones de personas consideraban a la Argentina una tierra promisoria. Esa esperanza hace rato que no existe o no existe en los términos históricos que conocimos.

Si repasamos los datos sociales y económicos de la Argentina, lo que deberíamos preguntarnos no es por qué se van los que se van, sino por qué no son muchos más. A la indigencia y a la pobreza se suma el significativo retroceso que hemos tenido en materia de educación, retroceso que incluye la devaluación de los conceptos que en los buenos tiempos tuvimos acerca de educación y capacitación de recursos humanos.

¿Buenos tiempos? Por supuesto que los hubo. No se trata de ser anacrónico o nostálgico. O suponer que todo tiempo pasado fue mejor. Objetivamente hubo una Argentina con solo tres o cuatro puntos (hoy suman cuarenta y cinco) de pobreza, con empleo o casi pleno empleo, con movilidad social ascendente, con clases medias aguerridas, con intelectuales destacados y con un público decidido a compartir y disfrutar de creaciones culturales. Y esa Argentina no fue una realidad lejana y perdida en las brumas del pasado, sino bastante reciente. Yo en particular, que soy viejo, pero no tanto, la he conocido. Pero yendo más atrás, nunca me olvido de aquel profesor español arraigado en estos pagos que me decía que Ortega y Gasset, por ejemplo, estaba más interesado en Buenos Aires que en París, no porque le pagaran mejores honorarios, sino porque confrontaba con un público más exigente y tumultuoso. Esa Argentina no existe o por lo menos no existe en esa plenitud.

Hemos cambiado. Y me temo que hemos cambiado para mal. Históricamente hemos mantenido asignaturas pendientes con la pobreza, pero se suponía que esa pobreza estaba en aquello que se denominaba "el interior", en las provincias llamadas "pobres", en esos pueblos y aldeas perdidos en la nada. Hoy las provincias pobres siguen siendo pobres, pero algunos avances sociales han tenido.

Sin embargo, la pobreza real, la pobreza con su rostro más desencajado y devastado, más inhumano y cruel, se ha instalado en los cinturones de nuestras grandes ciudades. No hace falta ir a la Puna de Atacama o la Quebrada de Humahuaca o a las salinas santiagueñas, para contemplar ese paisaje; a quince minutos del obelisco porteño las peores expresiones de la indigencia y la pobreza están a la vista con sus secuelas de explotación, humillación, violencia y sometimientos.

En nuestra ciudad, en Santa Fe, a quince o veinte cuadras de los bulevares, el espectáculo se reproduce con su tonos más sórdidos, sombríos y espectrales. Alguien dijo alguna vez que la calidad moral de una nación se evalúa por el trato que les da a sus pobres. Pues bien, si esa sentencia es cierta, a nosotros en nuestra condición de argentinos nos coloca en un lugar bastante incómodo.

El otro rasgo de una nación que cumple con aquellas exigencias que reclamó Ernest Renán: un pasado común y un presente vivido como un plebiscito cotidiano, es la presencia vigorosa de sus clases medias. Se ha dicho, y con razón, que los países prósperos y justos se distinguen fácilmente por el tamaño y extensión de sus clases medias.

La Argentina fue grande cuando sus clases medias fueron grandes; y la Argentina empezó a empobrecerse, en toda la dimensión material y espiritual de esa palabra, cuando sus clases medias comenzaron a fragmentarse y en lugar de movilidad social ascendente lo que se precipitó fue la movilidad social descendente. No todo está perdido por supuesto. A pesar de todo, a pesar de gobernantes que pareciera que se solazan en promover nuestra decadencia, la Argentina sigue siendo un país notable.

Hace rato que venimos cuesta abajo, pero así y todo aún se sostienen aquellas virtudes, aquellos talentos, aquel genio creativo que nos hizo grandes o que nos constituyó como nación. De la actual decadencia manifiesta es posible que todos seamos algo culpables, pero convengamos que hay algunos que son más culpables que otros y algunos que además se benefician con el actual estado de cosas. No voy a dar nombres ni siglas partidarias, pero admitamos que en principio los que gobiernan, los que ejercen el poder, aquellos que por un motivo o por otro toman decisiones desde el Estado, son mucho más responsables que otros. Y si no me creen, prestan atención a quienes han gobernado por períodos más largos en este país.

Una última consideración en defensa de la libertad de expresión. La serie "El reino" escrita por Claudia Piñeiro y dirigida por Marcelo Piñeyro me puede gustar o no, pero lo que está fuera de discusión -por lo menos para mí lo está- es que ese gusto o ese disgusto no puede ser la coartada para la censura.

Las iglesias evangélicas están en su derecho en manifestar su desacuerdo con lo que consideran críticas injustas e intencionales contra el evangelismo. Ese derecho no pude extenderse a la exigencia de prohibición o censura. Si a los evangelistas la serie no les gusta, pues no la vean y además escriban todo lo que consideren necesario para criticarla. Pero el límite es la libertad.

Películas criticando personalidades o personajes de la iglesia católica o de otras creencias hubo a montones, pero lo que siempre distinguió a una sociedad libre de otra represiva, fue preservar la libertad de expresión. Los evangelistas le reprochan a Claudia Piñeiro su posición proabortista como causa para ensañarse contra ellos. Para discutirlo, porque los mismos argumentos podría esgrimir Piñeiro, diciendo que los evangelistas atacan su obra porque no comparten su posición respecto de la interrupción del embarazo. Insisto en el derecho a disentir con una película, un libro, una obra de teatro o una pintura.

Pero insisto en que en todos los casos el estado de derecho debe garantizar la plena libertad, porque si hoy prohibimos una película porque no le gusta a los evangelistas, mañana prohibimos otra porque no le gusta a los judíos o a los musulmanes; y pasado prohibimos otra porque no le gusta a los marxistas. El ejercicio de la libertad -y muy en particular en materia cultural- consiste en convivir con lo que estamos en desacuerdo. También para el cine y las series televisivas vale aquel añejo y siempre actualizado principio liberal, que no por antiguo mantiene rigurosa vigencia: "No estoy de acuerdo con lo que usted dice (o filma) pero voy a defender a muerte su derecho a decirlo".

Rogelio Alaniz

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