Viernes, 10 Septiembre 2021 11:04

Cada quien atiende su juego - Por Jorge Raventos

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Es probable que, durante el último trimestre de este año, a partir de los datos que dejen las primarias del próximo domingo y de los presagios sobre la elección de noviembre, empiecen a tomar forma las combinaciones acuerdistas que se tejen y destejen desde hace algunas semanas.

LA MIRADA DE LOS MERCADOS

 

Pese a que las empresas que monitorean la opinión pública confiesan su perplejidad ante el comicio próximo, se cuidan de dar pronósticos apodícticos y se quejan por el comportamiento de los ciudadanos, que se niegan crecientemente a ser encuestados, los mercados parecen conocer algún secreto, porque a mitad de semana las acciones argentinas que cotizan en Wall Street experimentaron alzas significativas.

Hay quienes interpretan que la demanda en alza de papeles argentinos se debe a la fuerte convicción de que pasado mañana el kirchnerismo sufrirá una derrota. Quizás se trate de una lectura voluntarista, eso que en inglés llaman wishful thinking. Es que, aunque un retroceso del oficialismo está ampliamente dentro del campo de lo posible, es difícil suponer que la magnitud esperada de ese repliegue sea tanta como para determinar semejante optimismo de los inversores.

Desde el gobierno admiten implícitamente que las diferencias a favor que los harían felices son pequeñas: "Se gana por un voto'', advierten como para ilustrar que sus expectativas son modestas.

En 2019 Alberto Fernández obtuvo ocho puntos más que Mauricio Macri, y ese año, en la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof estuvo 14 puntos por encima de María Eugenia Vidal. El gobierno brindaría con champagne si logra una ventaja de 4 a 5 puntos en la general del país y de 3 o 4 en la provincia de Buenos Aires, pese a que, con esas diferencias, el empate político-legislativo se mantendría, con leves variantes, por el resto del período de Alberto Fernández. Es que en la Casa Rosada se ha temido (y aún se teme) un traspié difícil de disimular (por ejemplo: una caída sorpresiva en municipios emblemáticos del conurbano).

Lo que quizás alimentó la módica euforia de los mercados no fue tanto la posibilidad que el gobierno sufra una derrota, sino la impresión consistente de que: (a) es improbable que alcance una victoria que consolide cualquier proyecto hegemónico; y (b) que son altas las chances de que, en torno a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, se sienten antes de fin de año las bases de un acuerdo que sostenga reformas de fondo y un rumbo económico racional.

Por cierto, así como las encuestas pueden equivocarse (algo que suele suceder) los mercados tampoco son infalibles sólo que estos errores tienen costos monetarios.

VIENTOS DE PRIMAVERA

Las versiones sobre cambios empiezan a perfilarse y, a veces, hasta a corporizarse en ciertos identikits: se imagina un nuevo jefe de gabinete, capaz de otorgarle activismo y conducción al equipo de gobierno. Una especie de muleta para apuntalar a una presidencia que se ha debilitado.

Hay que diferenciar los vientos que amenazaron semanas atrás la posición que ocupa Santiago Cafiero de los que soplan ahora.

Aquellos respondían a una ofensiva K, y tenían una orientación, si se quiere, restauradora: tendiente a capitalizar la evaporación de la autoridad presidencial en beneficio del sistema de poder que se referencia en la vicepresidenta. El cambio que ahora se imagina tiene un sentido inverso: promover una ampliación de la base de sustentación en lo político, lo productivo y lo social y dinamizar reformas y vinculación con el mundo. No se trata de un cuestionamiento personal a Cafiero, sino de ofrecerle al gobierno soporte, energía y vínculos.

Ligado a esa lógica, se imagina otra posición fuerte en el territorio de la economía, con un ministro que maneje la totalidad de las palancas, en lugar de un dispositivo fragmentado o loteado entre sectores.

La posición de Martín Guzmán también parecería, en alguna medida, jaqueada. Sin embargo, Guzmán no ocupa hoy el comando pleno de la economía, sino más bien la posición de ministro de la deuda, como interlocutor del FMI y los acreedores privados, función en la cual, con atribuciones más restringidas, claro está, podría eventualmente subsistir inclusive en el esquema que se rumorea.

La lógica del acuerdo, las reformas y la ampliación de la base del sistema de poder tiene sentido ante la evidencia de que la inmovilidad suscitada por la combinación confrontación-grieta-empate paraliza el país, daña al conjunto de la sociedad y perjudica inclusive a quienes aspiran a gobernar cuando cambie el turno.

LOS PLAZOS CORTOS

En el corto plazo, sin embargo, hay juegos particulares que obstruyen ese proyecto y que constituyen apuestas a la grieta como mecanismo de acumulación.  Mauricio Macri, por ejemplo, ha puesto un poco de pimienta a una campaña electoral que en los hechos lo ha desplazado del protagonismo. Ayer, en el cierre de la campaña porteña de su coalición, apenas fue invitado por unos segundos a subir al (y bajar del) escenario por Horacio Rodríguez Larreta, su sucesor en la Ciudad Autónoma y su ascendente challenger en la jefatura del Pro.

En Córdoba, que ha pasado a ser su provincia preferida, Macri había pintado unos días antes su utopía poselectoral: "Si una mayoría de los argentinos decimos basta, eso va a generar una recuperación de la esperanza. Va a haber como un respirar, un aire nuevo el lunes diciendo bueno, cambien o se van a ir, ¿no?''

¿Se van? ¿Quién estaría obligado a irse el lunes?

El expresidente hablaba en un distrito donde el antikirchnerismo es muy mayoritario    Autónoma de Buenos Aires ha sido relativizado. Su bravata fue calculada, porque contaba con acreditarse una buena recepción inclusive más allá de su propia coalición. Y porque descontaba también que el oficialismo iba a morder el anzuelo y expandiría el efecto de esos dichos con previsibles reacciones. En esto acertó: medio elenco kirchnerista, incluyendo al jefe de gabinete Santiago Cafiero, cañoneó a Macri, lo acusó de golpista y hasta amenazó con llevarlo a la Justicia por esas declaraciones. Cafiero se adhirió a Macri como frontón porque también está buscando un ancla. 

Sergio Massa, el presidente de la Cámara de Diputados, eligió otro tono: "Nosotros estamos acostumbrados a poner la otra mejilla, por eso llamamos a que después de la elección haya cinco políticas de Estado, se sienten en la mesa como una oposición seria y responsable para darles a nuestras pymes, al estudio de nuestros jóvenes y a los argentinos que necesitan un proceso de desarrollo, políticas de mediano y largo plazo''.

Jorge Raventos

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