Viernes, 10 Septiembre 2021 11:20

El día que cambió la historia contemporánea - Por Sergio Berensztein

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Todos recordamos dónde estábamos en el momento en que nos enteramos de que el World Trade Center, de Nueva York, se desmoronaba luego de haber sido literalmente atravesado por un avión de línea. Esa memoria colectiva compuesta por el aporte individual de cada uno de nosotros es la primera señal del impacto de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y del cambio que produjeron en la historia contemporánea, fundamentalmente en la dinámica de la política internacional.

 

En especial, afectó el estatus de potencia de EE.UU., impregnó sus políticas exteriores y de defensa y alteró la política interna, incluyendo aspectos ideológicos e identitarios. Dos décadas después, la agenda internacional evidencia sus múltiples consecuencias y los costos de mediano y largo plazo que continúa generando este evento, en particular en Afganistán. 

EE.UU. lo vivió como un ataque a su soberanía: fue inmediatamente procesado y canalizado con un prisma militar. No se trata de un aspecto menor: se lo podría haber conceptualizado como un hecho policial y que cayera bajo la órbita de las fuerzas de seguridad. Pero al quedar encuadrado como una amenaza de seguridad nacional, se activaron los aparatos militares, de inteligencia interna y externa, y –en una media muy inferior– también los diplomáticos. Esto llevó a lo que se conoce como “securitización” de las relaciones internacionales norteamericanas: todas las cuestiones –desde las comerciales hasta las humanitarias, desde las financieras hasta las tecnológicas– comenzaron a quedar supeditadas al efecto que tuvieran sobre la “guerra” contra el terrorismo.

El principal logro: se evitaron todos los intentos de llevar a cabo otro ataque en EE.UU. de la escala del 11-S. Luego de 20 años de haber movilizado la estructura militar más poderosa de la historia de la humanidad contra Al-Qaeda, esta organización no se parece en nada a lo que era en el momento de la caída de las Torres Gemelas. Su fundador y líder, Osama ben Laden, fue asesinado en Pakistán hace diez años. Todos y cada uno de los dirigentes de alto nivel resultaron muertos o capturados. Según informes públicos del Pentágono, siete de sus principales comandantes fueron eliminados desde 2019. Casi nada de esto se refleja en las percepciones de la sociedad. De acuerdo con el Pew Research Center, unos meses después de los atentados, el 83% de los estadounidenses decían que “defender al país de futuros ataques terroristas” era “la más alta prioridad” del presidente y del Congreso. Para fines de 2020, ese porcentaje solamente había descendido nueve puntos.

Los frustrantes resultados de las campañas militares en Afganistán y en Irak, deslegitimadas desde un inicio por el bluff de las “armas de destrucción masiva”, aportan a la continuidad del trauma. La reciente caída de Kabul y el colapso del sistema de defensa basado en un ejército afgano entrenado durante largos años y que costó cientos de billones de dólares a una coalición liderada por EE.UU. y que cedió sin resistencia al rápido avance talibán expusieron el rotundo fracaso que atravesó cuatro presidencias. La distracción inútil por construir naciones (nation building) en esos territorios y avanzar en la utopía de extender la democracia a Medio Oriente dejó demandas internas desatendidas y un deterioro de su propia infraestructura, tanto física (carreteras en mal estado, puertos poco competitivos) como institucional: descendieron los niveles de transparencia, se incrementó la polarización política, se profundizaron las divisiones sociales, y la desigualdad económica alcanzó los niveles más altos de la historia del país.

El financiamiento de estos desastres militares está envuelto en polémicas. El organismo de control independiente del Congreso sobre Afganistán concluyó en su último informe que los costos directos de las guerras en ambos países treparon a dos trillones de dólares hasta 2020. Aunque el 18 de septiembre de 2001 el Congreso autorizó a las Fuerzas Armadas a perseguir a los culpables de los atentados, nunca se votó una declaración oficial de guerra. El Subcomité de Defensa del Senado discutió los costos de Vietnam 42 veces, contra apenas cinco –hasta mediados de 2021– de las campañas de Afganistán e Irak. El Comité de Finanzas del Senado mencionó esos costos apenas una vez desde el 11 de septiembre de 2001.

En el terreno militar, EE.UU. mantiene la superioridad con respecto a cualquiera de sus potenciales contrincantes, pero la brecha se redujo de manera significativa. En algunas áreas, como ciberseguridad, incluso estaría detrás de China, Rusia o hasta Corea del Norte. Washington identificó 16 sectores de infraestructuras críticas cuyos activos, sistemas y redes se consideran tan vitales que su inutilización o destrucción tendría un efecto debilitador sobre la seguridad, la actividad económica y la salud pública. La Agencia de Ciberseguridad y Seguridad de las Infraestructuras (CISA) fue creada para asesorar sobre amenazas digitales y físicas provocadas por el hombre o de origen tecnológico o natural. El panorama a veinte años del 11-S es mucho más complejo, con actores diversos que se relacionan de maneras cambiantes y constituyen amenazas alarmantes.

En el plano económico, el país perdió la posición privilegiada que ocupaba a comienzos del nuevo milenio. Su participación en el comercio mundial se redujo del 31% en 2001 a menos del 25% en 2021, mientras que su deuda casi se sextuplicó: de 5 a 28 trillones. A pesar de tener uno de los cinco mejores sistemas educativos universitarios a nivel mundial, obtiene sistemáticamente puntuaciones más bajas que muchos otros países en pruebas estandarizadas tanto en matemáticas como en ciencias. Su ubicación en los rankings globales en esta materia viene en baja, en consonancia con la disminución de la financiación en educación, que es de solo un 3% del PBI.

El efecto más devastador de los atentados de septiembre de 2001 no fue material, sino de pérdida en la dirección estratégica. Como esos autos chocadores en los que se veía a los talibanes mientras llegaban imágenes dantescas del aeropuerto de Kabul, Ben Laden logró que EE.UU. descuidara su bienestar interior, priorizando actores no estatales por sobre las grandes potencias competidoras por la supremacía geopolítica. Hoy paga los costos: una sociedad empobrecida material y moralmente, con una democracia disfuncional, menos aliados internacionales y cada vez más competidores y enemigos. También perdió el rumbo de su imagen internacional: el prestigio del que gozó fue sepultado bajo la revelación de la fabricación de información falsa para justificar la invasión de Irak, los escándalos de tortura ilegal en Abu Ghraib, los sitios de tortura clandestinos de la CIA durante la gestión Bush, los asesinatos selectivos y las campañas de bombardeo a través de drones con Obama al mando y las escuchas ilegales o los berrinches diplomáticos de la era Trump. El soft power del sueño americano se desmoronó con la postura nativista, xenófoba y racista de la última administración frente a la inmigración y los refugiados, provocados al menos en parte por los desatinos de su intervencionismo militar. La densidad moral que mantenía cohesionado el orden internacional liberal se volvió endeble y poco confiable. Eso aplica tanto para sus aliados, que ya no cuentan con el respaldo de EE.UU. en sus conflictos internacionales, como para sus propios ciudadanos, que no desean arriesgar tropas ni recursos para “expandir la libertad en el mundo”.

Sergio Berensztein

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