Lunes, 20 Septiembre 2021 10:16

¿De la voz del pueblo a la voz de Cristina? - Por Rogelio Alaniz

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Si para la democracia representativa la voz del pueblo es la que se expresa en las urnas, para Fernanda Vallejos la voz del pueblo es la de Cristina, es decir, la voz de la líder, la salvadora de la patria, la conductora o la jefa.

 

Un hecho se presenta en esta semana con la consistencia de la verdad: el pasado domingo 12 de septiembre el peronismo fue derrotado en toda la línea, una derrota que según los observadores es la más contundente de su historia desde 1946 a la fecha. Se sabe que a ningún partido político le gusta perder elecciones, pero convengamos que para la concepción política del peronismo (concepción que identifica al pueblo con su causa) la derrota electoral, sobre todo cuando es tan abrumadora, golpea en sus concepciones de poder, en sus mitos fundacionales y en su hábito de identificar la relación pueblo y peronismo como una sola causa. 

Porque esto es así, se explica que cuando se dice que el peronismo "no sabe perder", no se cuestiona un detalle psicológico o un estado emocional, sino una visión profunda acerca del poder y de su legitimidad. Son estos presupuestos los que explican la crisis desatada en el interior del peronismo a lo largo de esta semana. Son estas condiciones las que ponen en evidencia concepciones acerca de la legitimidad del poder reñidas con la democracia republicana.

Cuando la diputada Fernanda Vallejos concluye su arenga afirmando que la voz de la Cristina es la voz del pueblo, no está expresando una frase azarosa, sino una concepción profunda de la legitimidad política del populismo criollo. Si para la democracia representativa la voz del pueblo es la que se expresa en las urnas, para la diputada peronista la voz del pueblo es la de Cristina, es decir, la voz de la líder, la salvadora de la patria, la conductora o la jefa. Catalina de Rusia o la reina Victoria hubieran sido más discretas, más moderadas, más pudorosas.

El audio de Vallejos se complementa o se perfecciona con la carta pública de Cristina dirigida al presidente de la nación. Alberto Fernández, más allá de la opinión que nos merezca, fue el candidato votado por el pueblo. Pues bien, Cristina nos recuerda que el presidente está allí porque ella lo decidió. Y del mismo modo que ayer decidió que debe estar en la Casa Rosada, mañana muy bien puede decidir -para ser leal su propia lógica- que se "allane" a su voluntad o se vaya a la casa.

Como para que a nadie se le escape cuál es la fuente genuina de poder, la señora Florencia Kirchner en su exclusiva condición de hija, la misma que en 2011 entregó el bastón presidencial de mando a su madre, rompe meses de silencio para apoyar a su mamá. "Clarísimo", dijo la infanta con la objetividad y la lucidez que la distingue para establecer las diferencias entre claridad y oscuridad. Convengamos que en estos entreveros y tumultos todo es posible porque no son las normas las que reglamentan los actos sino la voluntad de poder despojada de todo principio de legalidad republicana.

Como Aldo Rico, Cristina supone que la duda es un escrúpulo indigno de los intelectuales. Convencida de su verdad o de la defensa de sus intereses políticos y personales (para ella son lo mismo) está absolutamente persuadida de que la culpa de la paliza electoral del domingo no solo no la tiene ella, sino que se produjo porque no hicieron caso a sus prudentes observaciones. Poncio Pilatos hubiera tenido más escrúpulos para lavarse las manos. Como los déspotas orientales que en momentos complicados no vacilaban en ajusticiar a sus ministros considerados chivos expiatorios o ejecutar al mensajero portador de malas noticias, Cristina condena a los fuegos eternos del infierno a la misma persona que según ella hace dos años le permitió, a través de un gesto regio, llegar a la presidencia de la Nación.

Una pregunta se desprende como consecuencia de esta suerte de "merienda de negros" o, en homenaje a Goya, de "Duelo a garrotazos", librado en el seno del poder peronista. ¿La paliza electoral que recibió el gobierno fue como consecuencia de haberse alejado de las enseñanzas de Cristina o, por el contrario, por haber sido demasiado sumiso a esta pedagogía populista? Debatir acerca de estas diferencias es un oficio tan vano y extenuante como discutir el sexo de los ángeles.

Una derrota electoral no obedece a una causa exclusiva, pero hay algunos símbolos, algunas imágenes internalizadas en la conciencia de los votantes que suelen ser muy fuertes a la hora de tomar una decisión. Y, les guste o no a los cristinistas, la Señora expresa en un nivel significativamente mayoritario todo aquello que la sociedad rechaza, le repugna o le resulta absolutamente detestable. Si esto fuera así, correspondería preguntarse si con su voto la sociedad en realidad más que sancionar a una gestión albertista lo que decidió fue castigar a Cristina.

¿Castigar a Cristina y reivindicar a Alberto? Una lógica lineal podría arribar a esta conclusión, pero una lógica decidida a hacerse cargo de la complejidad de lo real postularía en principio que la relación de Cristina con Alberto más que percibirla como una relación de víctima y victimario habría que pensarla como una relación de complicidad, ese tipo de relaciones entre socios tramposos que al primer inconveniente no vacilan en traicionarse.  

Quienes sumamos muchos años y disponemos de una buena memoria, este escenario de declaraciones, desmentidas, impugnaciones nos resulta familiar; este trajín acalorado con reuniones febriles en la Casa Rosada, citas en la residencia de Olivos, movimientos conspirativos en pisos ubicados en las inmediaciones de las manzanas del poder; este espectáculo de autos que llegan y salen con pasajeros furtivos, de helicópteros que trasladan a dirigentes de un lado a otro, de operativos furtivos en diarios, canales de televisión, radios y redes digitales, de declaraciones seguidas de desmentidas, de comunicados anónimos o no tan anónimos, de amenazas veladas o de agresiones verbales manifiestas, nos recuerdan a los clásicos "planteos militares" que asolaron al país y a las instituciones durante décadas, es decir, en tiempos en que los generales y los coroneles decidían acerca de los principios reales de legitimidad.

Es verdad, en este caso las amenazas no son los tanques o los cuarteles o los desfiles de tropas, los que afectan a las instituciones, pero aquellos dispositivos castrenses golpistas hoy son sustituidos por otros dispositivos, dispositivos que amenazan con movilizaciones, exigencias de renuncias, aprietes, las amenazas veladas y no tan veladas. Como los militares aficionados a los célebres "planteos", Cristina y el kirchnerismo realizan sus propios planteos cuyo rasgo distintivo consiste en ser efectivizados al margen de las instituciones y en todos los casos en contra del orden legal constituido.

Conclusión: Cristina se siente habilitada a decidir, como lo hacían los militares, expertos en el arte del fragote, lo que está permitido y lo que no está permitido.

Las peripecias que sacuden los pasillos, las cúpulas y los recintos del poder; la disputa en algunos casos miserable y canalla, en todos los casos mezquina e irresponsable, por espacios de poder en el oficialismo, no puede hacernos perder de vista un escenario más amplio con protagonistas y acontecimientos visibles.

Me refiero en primer lugar a ese pueblo soberano que el domingo 12 de septiembre se pronunció por un cambio al actual estado de cosas, un pueblo que decidió condenar en las urnas a los responsables de la tragedia de una Argentina con más de cien mil muertos, con la mitad de la población desplazada hacia la pobreza y la indigencia, con niños empujados a la deserción escolar, con empresas quebradas y agobiadas con impuestos y con una casta en el poder dedicada a robar vacunas o a disfrutar de banquetes y libaciones en Olivos mientras a los ciudadanos se la sometía al encierro en la cuarentena más larga del mundo.

Aunque a la señora Cristina o a la diputada Vallejos le repugne, y aunque al presidente Fernández no le agrade o a los otros beneficiarios del poder como Máximo o Massa los contraríe, lo cierto es que la reserva moral de la nación no la representa Cristina, mucho menos un gobierno desvergonzado, sino esos ciudadanos que ejercieron a través del voto, es decir a través del acto fundacional de la democracia, qué es lo que ya no están dispuestos a consentir.

Rogelio Alaniz

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