Lunes, 27 Septiembre 2021 10:35

La “sed de futuro” que manifiesta la sociedad - Por Rogelio Alaniz

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Suponer que lo sucedido en las PASO carece de significado político o se reduce a un rapto de mal humor, es un error.

 

Conjeturar que el domingo 12 de septiembre una mayoría de argentinos expresó con su voto un cambio cultural trascendente, algo así como un antes y un después en la cultura política argentina, sería una afirmación arriesgada. 

Pero suponer que lo sucedido carece de significado político o se reduce a un inesperado rapto de mal humor de la gente por los estragos de la pandemia, sería un error que pondría en evidencia los límites del oficialismo para entender las tensiones y dilemas que desgarran a la sociedad.

Conocidos los resultados de las urnas, oficialistas y opositores admitieron por razones inversas su sorpresa. Ni el oficialismo tenía previsto perder, ni la oposición ganar. El interrogante acerca de si los ciudadanos votaron en contra del Gobierno o a favor de la oposición, sigue sin respuesta porque tal vez no haya por el momento respuesta posible.

La diversidad de interpretaciones se refutan entre ellas, pero más allá de la sutileza de los argumentos lo que persiste con la consistencia de los números es que una mayoría significativa de la sociedad recurrió al voto para manifestar su malestar con el gobierno.

Los hechos en su devenir nos dirán en dos meses la consistencia de ese malestar, e incluso la capacidad del gobierno para corregir, en un período breve de tiempo, errores de casi dos años.

Si el gobierno de Alberto y Cristina fue sancionado con el voto, y al mismo tiempo se admite que la oposición fue la beneficiaria del voto más que por sus posibles virtudes por el hecho de ser la referencia material de los ciudadanos para expresar su malestar, podemos postular, con un margen razonable de certeza, que esos millones de votantes expresaron más que una convicción acerca del futuro, un rechazo al pasado. Como más de una vez se ha dicho en circunstancias similares: no saben con precisión lo que quieren, pero están absolutamente persuadidos acerca de lo que no quieren.

Si esto fuera así, correspondería darle un lugar a un protagonista que adquiere singular relieve en esta coyuntura. Me refiero al rol de una ciudadanía cuyo comportamiento ha escapado a las previsiones de los estrategas.

Importa destacar, por lo pronto, que el paradigma democrático abierto en 1983 debe ser de una notable consistencia para que a pesar de tantas desdichas, contrariedades y desencantos la mayoría de los argentinos persista en definir a través del voto sus rechazos.

Convengamos, de todos modos, que los posicionamientos del oficialismo y de la oposición no son equivalentes. Si postulamos que el voto del 12 de septiembre expresó una “sed de futuro”, no es arriesgado afirmar que la oposición está mejor situada para satisfacer esa exigencia que un oficialismo con visibles señales de desgaste político y serias fisuras internas, pero sobre todo más inclinado a la tentación de aferrarse al pasado que de proyectarse hacia el futuro.

¿Un gobierno aferrado al pasado y una oposición proyectada hacia el futuro? Nunca este tipo de contradicciones pueden responderse de modo concluyente.

Alcanza con saber que la relación entre pasado y futuro es un campo de batalla política, batalla que será ganada por quienes están más decididos, como escribiera Hannah Arendt, “a amar al mundo lo bastante como para asumir responsabilidades por él y así salvarlo de la ruina”.

Traducido al campo real de la política, daría la impresión que las primeras decisiones políticas tomadas por el Frente de Todos después de la derrota parecerían confirmar la hipótesis de una cultura política que no logra liberarse de las ataduras míticas con un pasado situado indistintamente en los años cuarenta o en los años setenta.

Los datos que autorizan esta observación se manifiestan a través de los actos de un gobierno incapaz de mirar más allá del horizonte de los próximos sesenta días. Su consigna de “meter plata en el bolsillo de la gente”, no es una estrategia, ni siquiera una táctica, sino una confesión de impotencia para comprender las claves del quehacer político. La impotencia para advertir las señales del futuro y esa alienación con las brumas mitológicas del pasado, se refuerzan en términos prácticos con la designación de ministros cuyas biografías políticas encarnan las zonas más oscuras de un pasado constituido más como ilusión óptica que como revelación política.

¿Podrá la oposición representar esa “sed de futuro” que manifiesta la sociedad? Sería arriesgado dar una respuesta concluyente, pero convengamos que dispone de mejores condiciones para hacerlo que el oficialismo.

De todos modos, y más allá de especulaciones que el viento suele dispersar en el aire, lo que los dirigentes políticos deberían advertir es que el futuro si bien es por definición incierto y en algún punto inasible, desde la perspectiva de la política se constituye como un desafío a conjugar en tiempo presente. De la sabiduría, perspicacia y talento de la dirigencia política depende la posibilidad de percibir su orientación y sus señales, para persuadir a la sociedad acerca de las bondades de ese rumbo.

Es que, como muy bien postulara en su momento el sociólogo Daniel Bell: “El futuro es de las masas…o de quien sepa explicárselo”.

Rogelio Alaniz

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