Miércoles, 20 Octubre 2021 07:30

Algunas precisiones sobre liberales y libertarios - Por Loris Zanatta

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Es más fácil disparar contra el Estado que proponer su reforma, llamar a cruzadas que tejer alianzas, negar el cambio climático que enfrentar sus desafíos.

 

El que gana siempre tiene razón, al menos hasta la primera derrota, así que felicitaciones a Javier Milei: un triunfo. Estaba anunciado, ha llegado. Si yo fuera un liberal argentino, sin embargo, o un argentino con vagas simpatías liberales, cansado de los delirios populistas, tendría algunos reparos. Los maximalistas me asustan, prefiero los escépticos a los aspirantes profetas. 

A primera vista, Milei resulta tan antipático que casi me gusta. No amo los políticos coquetos. Comparto algunas ideas: ¡Argentina necesita libertad económica como el oxígeno! Y entiendo su bronca: la ineficiencia del Estado, los privilegios corporativos, las burocracias parasitarias, la carga fiscal, los tabúes anticapitalistas son los lastres del país. Cualquiera que piense en desacreditarlo burlándose de la “escuela austríaca” de economía como si fuera una banda de terraplanistas, rezuma ignorancia.

Quien culpa a Hayek por apoyar a Pinochet tiene razón, pero si luego defiende a Cuba y Venezuela, la pierde. Si tuvieran un poco más de respeto por los “órdenes espontáneos” que él estudió y un poco menos de fe en los “proyectos nacionales” cultivados durante décadas, Argentina no sería un caso patológico de decadencia económica.

Y el ministro de Economía entendería que la “mano invisible” de la que se mofa existe y es la que abofetea a todos los ministros desde hace mucho tiempo: castiga la distorsión de precios, la manipulación de los tipos de cambio, la inflación crónica, los subsidios desconsiderados, los incentivos equivocados.

Pero aquí terminan mi comprensión y simpatía. A la planta liberal le cuesta crecer en América Latina y me temo que si estos son los jardineros, vivirá poco o crecerá malformada.

La palabra “liberal” evoca diferentes realidades según los contextos históricos. En los Estados Unidos, liberales desde su nacimiento, refractarios a la intromisión estatal y celosos de la libertad individual, significa “progresista”, partidario de una mayor intervención pública. En reacción, nació allí el pensamiento libertario, hostil a la expansión del Estado.

En mi opinión Murray Rothbard, el que mejor lo representa y en quien supongo se inspire Milei, cruza la línea de la ecuanimidad al equiparar al gobierno con una banda de delincuentes, a los impuestos con un robo, al Estado con un Moloch. Pero guste o no, es un producto del contexto histórico.

Muy diferente, si no opuesta, es la historia del liberalismo latinoamericano. Como peces de agua dulce en medio del océano, las ideas liberales lucharon por echar raíces en un mundo moldeado por la teocracia católica.

No solo eran minoritarias, sino también sospechosas. ¿No eran ideas “foráneas”? ¿Extrañas a la “cultura” del “pueblo”? ¿Caballos de Troya imperialistas? Se entiende así la parábola liberal en la región, similar a la de la Europa católica y a las antípodas de los Estados Unidos.

Al principio, el liberalismo se dedicó a construir el Estado. ¡Vaya paradoja! Para aclimatar el brote liberal en esa tierra árida, había que romper la jaula de la tradición: los fieles tenían que convertirse en individuos, los siervos en propietarios, el pueblo en ciudadanos. Obtenida la libertad, vendría el progreso.

Es la historia del liberalismo del siglo XIX. Sus logros y fracasos está aún en discusión, pero lo cierto es que fue arrasado por la resaca antiliberal, totalitaria pero popular, corporativa pero inclusiva. El pasado hispano regresó a través del populismo. Aplastados por la tiranía de la mayoría, algunos liberales apostaron entonces al atajo militar, sacrificaron el liberalismo político en el altar del económico.

Obtenido el progreso, vendría la libertad. Piadosa ilusión. Desde entonces, un manto plúmbeo se cierne sobre la palabra “liberal” en latinoamérica: el liberalismo es autoritario y elitista, piensan muchos. Es una mancha para limpiar, una deshonra para enmendar, un malentendido para aclarar.

Dadas tales circunstancias, proponer un programa anarcocapitalista en Argentina es como entregarle al Papa el mando de una empresa multinacional: un absurdo, un eructo en el teatro, una blasfemia en la iglesia, bueno para recolectar votos de protesta, inútil para gobernar un condominio, ni que decir de un país tan complejo.

Es más fácil disparar contra el Estado que proponer su reforma, llamar a cruzadas que tejer alianzas, negar el cambio climático que enfrentar sus desafíos. Etcétera. Por no hablar de la carta antipolítica, del asalto a la “casta”, el confortable juego de masacre practicado por los populismos de todos los lugares y épocas: siempre funciona, siempre termina mal.

De la agresión al mesianismo, de la demagogia al economicismo, del anticomunismo barato al caudillismo populachero, todo en Milei acredita el estereotipo antiliberal y oculta el noble humanismo liberal. Si yo fuera peronista, me gustaría un enemigo así.

¿La victoria de un liberal podría entonces dañar al liberalismo? Buena pregunta. Veremos. ¿Milei quiere ser un símbolo anti-sistema o formar coaliciones? ¿Construir o destruir? ¿Proponer reformas o jugar con el fuego de la demagogia? ¿Respetar las reglas o jugar sucio?

Sería lógico que los liberales argentinos se inspiraran en su pasado, tan descuidado, o en la experiencia del liberalismo europeo, tan parecido, más que en el estadounidense, tan diferente. Europa latina no es ningún paraíso liberal, pero en lugar de crear una secta el liberalismo se ha convertido en ella en sentido común, ethos colectivo, mínimo común denominador.

Es un liberalismo light, un liberalismo educado, más político que económico, pero capaz de influenciar y moderar a las más antiliberales de las tradiciones, neofascista y veterocomunista, confesional y soberanista. ¿Por qué no en Argentina?

Un socialismo liberal, un catolicismo liberal, un populismo menos antiliberal: eso es lo que le falta, lo que necesita. Un liberalismo populista, un Bolsonaro en miniatura, no sirve.

Loris Zanatta

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