Viernes, 29 Octubre 2021 12:15

¿La inevitable corrección la hará la política o el mercado? - Por Sergio Berensztein

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El Gobierno decidió poner el foco en mejorar el resultado de las elecciones con medidas de distinta índole que apuntan a recuperar a un importante grupo de votantes que, por diferentes motivos, abandonaron al Frente de Todos en las PASO.

 

No se trata de los sectores más moderados, vitales para alcanzar el 48% de octubre de 2019 y que ya se habían decepcionado de Alberto Fernández y su administración bastante antes de los comicios de septiembre pasado. El equipo de estrategas electorales del oficialismo había advertido que un umbral cercano al 40% de los sufragios constituía un escenario para nada desdeñable considerando las duras circunstancias en términos económicos, sociales, sanitarios y en materia de inseguridad. Eso suponía la capacidad para contener, y en algunos casos volver a atraer a, los segmentos más afines. Pero en la práctica ya se habían resignado a perder a los segmentos más alejados de las posturas radicalizadas. Las primarias pusieron de manifiesto un desgaste mucho mayor, y más grave, que el esperado. 

Luego de la crisis política y de los inevitables pases de factura de los días siguientes, la famosa misiva pública de Cristina Fernández de Kirchner doblegó la endeble resistencia del difunto albertismo, precipitó los cambios de gabinete y modificó, en especial desde la incorporación de Roberto Feletti, la estrategia respecto de la inflación: responsabilizar a los empresarios de los aumentos generalizados de precios.

A pesar de la evidencia teórica y empírica en sentido contrario, incluyendo la experiencia argentina reciente y remota, un sondeo de D’Alessio IROL-Berensztein sugiere que casi el 80% de los votantes de FDT de 2019 están de acuerdo con medidas de corte hiperintervencionista (como los controles de precios estrictos y unilaterales, los cepos al dólar libre o las restricciones en las exportaciones de maíz, entre otras similares). Esta circunstancia puede resultar beneficiosa en el muy corto plazo para una fuerza política determinada, pero con el tiempo se vuelve sumamente perjudicial para el conjunto de la sociedad argentina. En suma, lo que vivimos en las últimas semanas constituye una apretada síntesis de la dinámica que explica la larga decadencia en la que continúa encastrado el país.

¿Logrará su propósito la coalición gobernante? No existe al menos hasta ahora sondeo alguno que indique una reversión de las tendencias. Sin embargo, llegaron a las manos de los estrategas electorales de Juntos por el Cambio algunos estudios que anticipan una brecha más acotada en la provincia de Buenos Aires y una situación de virtual empate en La Pampa (una de las ocho provincias donde se eligen senadores y la única en la que parece registrarse un cambio significativo respecto de las PASO).

De confirmarse estos guarismos, se destacaría una situación inusual: todos los principales contendientes van a tener algo (o mucho) para festejar.

Tanto la izquierda como los liberales/libertarios se encaminan hacia una muy buena elección, que podría servir como plataforma de lanzamiento para consolidar su propuesta diferenciadora y crecer a escala nacional. Sin duda, para JxC implicaría un resultado por demás alentador ratificar su estatus como principal fuerza electoral con chances de forzar una alternancia: la derrota de Macri ocurrió hace apenas dos años. La oposición había tardado una década en pergeñar una estrategia presidencial exitosa luego de que la UCR perdió en 1989 y catorce años luego de la gran crisis de comienzos de siglo. Aunque el FDT acorte parcialmente las distancias, para la principal coalición opositora este turno electoral la posicionaría como una opción altamente competitiva, pero, además, y fundamentalmente, la dejaría con un conjunto variado de posibles candidatos presidenciables de cara a 2023.

La UCR tiene cuatro figuras con potencial (Alfredo Cornejo, Martín Lousteau, Facundo Manes y Gerardo Morales) y Pro, tres (Patricia Bullrich, Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta).

“Cuentan plata enfrente de los pobres”, comenta con ironía un histórico dirigente peronista, alarmado por la ausencia de referentes peronistas con credenciales serias y chances efectivas de retener el poder dentro de dos años. “Cristina no podía en 2019, imaginate ahora; Alberto, con suerte, termina su mandato; es obvio que Máximo y Axel están verdes, además de que tienen una imagen negativa altísima; Massa nunca volvió a ser el de 2014…”, enumera. Esto alienta las esperanzas del propio Juan Manzur y de algún otro gobernador que prefiere por ahora mantener un perfil más que bajo. “No te olvides de Daniel”, afirma esta misma fuente en relación con Scioli. “A veces el destino te ayuda: lo dejaron fuera de este turno y tal vez gracias a eso tenga alguna posibilidad en 2023″. Se observan cosas inusuales en la política argentina: un presidente peronista experimenta un vacío de poder más que preocupante y, tal vez lo más llamativo, es el principal responsable de su penosa situación. En simultáneo, su movimiento se quedó sin rostros potables para una eventual sucesión.

En este peculiar contexto, el “círculo rojo” avizora un futuro supercomplejo. La mayor parte del empresariado argentino parece coincidir en un punto: con un gobierno dividido, sin un líder claro y ante la ausencia de un equipo económico creíble y de un plan de contingencia frente a una crisis que se agrava minuto a minuto, el choque parece inevitable. La combinación entre un gobierno sumergido en sus peleas internas y una oposición que se siente con posibilidades de recuperar el poder de aquí a dos años, en el marco de un conjunto de desafíos cada vez más dramáticos entre los planos cambiarios, fiscales y monetarios genera un efecto de vacío por el cual nadie se estaría ocupando de lo verdaderamente importante.

“Tal vez cuando el Gobierno quiera hacerse cargo del problema sea demasiado tarde… ¡Si es que quiere hacerse cargo!”. Esta expresión se repite en los pasillos más encumbrados de un sector privado que se siente víctima de los prejuicios y de la improvisación de un FDT cada vez más carente de coordinación. Lo que se insinúa, sin duda, es una hipótesis temeraria: ¿serán capaces los principales protagonistas del sistema político, fundamentalmente los líderes oficialistas, de evitar que la eventual corrección macroeconómica la haga, a su manera y con las duras consecuencias habituales, el mercado?

Eso ocurrió en el país con el Rodrigazo (1975), con las hiperinflaciones de 1989 y 1990, con la caída de la convertibilidad y también con la crisis cambiaria desatada en 2018: ante la renuencia, la pereza o la incapacidad de los gobiernos de tomar las medidas necesarias para evitar la escalada de una crisis, los agentes económicos precipitan una corrección que afecta en especial a los segmentos más vulnerables.

¿Cuál fue la última vez que la política se anticipó y evitó costos innecesarios? ¿Por qué habría de ocurrir ahora algo diferente?

Sergio Berensztein

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