Viernes, 26 Noviembre 2021 13:03

Costos y límites de la política de la ambigüedad - Por Sergio Berensztein

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La Argentina irrelevante: el mundo no perderá su tiempo tratando de entender los jeroglíficos que aquí improvisan políticos de cabotaje

 

A pesar del contundente triunfo opositor, los mercados siguen castigando sin piedad a los activos argentinos. El riesgo país alcanza récords, mientras la creciente incertidumbre sobre lo que puede llegar a ocurrir dentro y fuera del FDT mantiene en vilo al conjunto de la sociedad. Sin embargo, no conmueve a una comunidad de inversores para la que la Argentina es mala palabra y lo seguirá siendo por mucho tiempo, al menos hasta que pueda demostrar un cambio drástico de comportamiento (superávits gemelos a lo largo de varios años) y un apego genuino y duradero a las reglas del juego del sistema financiero, incluido el FMI. Como consecuencia de la falta de precisión sobre los lineamientos económicos y los equipos de gestión de un eventual gobierno en el futuro, las dudas abarcan también a la oposición. Fundamentalmente, nadie sabe si Alberto Fernández estará en condiciones y tendrá la voluntad y el coraje de ejercer la presidencia sin la tutela, la influencia, la presión y el acoso de su compañera de fórmula. ¿Qué significa el silencio de Cristina? ¿Cuánto tiempo durará? ¿Pondrá otra vez en juego la estabilidad de su gobierno con otra de sus arteras misivas? 

Las tensiones internas entre los renacidos “albertistas” y los perennes “cristinistas” han venido escalando a tal punto que el propio Kulfas salió a desmentir al hasta ahora poderoso secretario de Comercio, Roberto Feletti, respecto de un tópico particularmente sensible para el universo K: las sacrosantas retenciones, en este caso a las exportaciones de carne. Sin embargo, la cuestión más polémica es el eventual acuerdo con el FMI: corren las agujas del reloj y, con la sangría permanente de reservas del Banco Central y un vencimiento imposible de pagar en marzo próximo, el gobierno argentino necesita de manera urgente poner fin a esta negociación innecesariamente dilatada. ¿Por qué Guzmán prefirió estirar tanto este proceso, cuando las condiciones para el país eran extremadamente favorables durante el pico de la pandemia, en el tercer trimestre del año pasado? “Típica maniobra kirchnerista: cuando Néstor veía que en una negociación la contraparte estaba dispuesta a un acuerdo, siempre pedía algo más”, afirma un exfuncionario. No siempre lo conseguía: es más, en alguna oportunidad pagó un precio muy caro por su inflexibilidad. Por ejemplo, antes de la brutal derrota de la 125 hubo varios intentos de acercar las partes que daban la sensación de que podían prosperar. Intermediarios hábiles como Julio De Vido o el propio Alberto Fernández fueron responsables de esos esfuerzos. Su fracaso no estuvo relacionado con la rigidez de los grupos de autoconvocados que a la vera de las rutas limitaban el margen de acción de los integrantes de la Mesa de Enlace, sino por la renuencia de Kirchner a ceder y ser consecuentemente percibido como débil.

Tal vez ahora Alberto Fernández se lamente de tanta procrastinación: negocia desde la debilidad, si no desde la desesperación. ¿Fue Cristina la que vetó aquellos supuestos avances logrados con el Fondo? Si no directa, fue al menos la responsable indirecta: el “affaire Basualdo” puso de manifiesto su negativa a corregir el déficit fiscal mediante una recomposición tarifaria (esa curiosa costumbre K de subsidiar a quienes no los votan). Y la carta del 15 de septiembre ratificó su peculiar concepción de la economía política: capitalismo es sinónimo de consumo y debe estimularse con un déficit mayor financiado con emisión monetaria. ¿Quiere la vicepresidenta un acuerdo ahora, aunque implique una corrección más severa de las tarifas y una nueva política cambiaria? El Presidente dice que apoya el paquete que prometió enviar al Congreso a comienzos de diciembre para que los nuevos representantes lo discutan. Probablemente rechace esas condicionalidades, pero tema aún más las consecuencias de un eventual default con un organismo financiero internacional perteneciente al sistema de las Naciones Unidas. Vale la pena recordar que ella vincula los casos de corrupción de su gobierno a la acción de lobbies extranjeros vinculados a los holdouts, meros especuladores privados. Aunque eso sea solo una fantasía, su miedo debería escalar, pues al incumplir con el Fondo estaría afectando el interés de los contribuyentes de los principales países del mundo. Lección para ella y para el resto de “la casta”: gobernar implica a menudo optar entre dos alternativas consideradas malas, eligiendo el mal menor.

¿Quiere un acuerdo serio y sustentable o solamente salir del paso para evitar un descalabro mayor y dejarle al próximo gobierno la responsabilidad de presentar un programa integral y consistente? Muchos consideran esa opción subóptima la más probable. Pues el Fondo, cansado de lidiar con un gobierno que perdió credibilidad y abusó de su paciencia, que cuestionó reglas establecidas desde siempre y pidió lo imposible, puede facilitar un acuerdo que no le cree riesgos a futuro en el sentido de que pueda generar antecedentes que otros países puedan solicitar. “¿Quién querría ser visto como un paria?”, afirma un avezado inversor de Wall Street. “Ser comparado con la Argentina es algo que ningún país serio va a querer”.

A finales de los años 80, Peter Evans analizó con brillantez la cuestión de los “Estados depredadores” que, en contextos poscoloniales, sobre todo en África y América Latina, solían obstaculizar la implantación de modelos desarrollistas. Más recientemente, Daron Acemoglu y James A. Robinson dedicaron un capítulo completo del libro Por qué fracasan los países (Why Nations Fail) a la Argentina. Allí estudian cómo ciertas elites se especializan en extraer los recursos a los sectores más productivos de la economía en vez de generar incentivos para que se multiplique la riqueza. Lo que expresó el voto popular reciente es que más allá de las disidencias y de su amplio espectro ideológico, y sin importar si tiende a radicalizarse o a optar por el pragmatismo, el FDT continúa siendo la expresión más acabada del concepto de coalición depredadora y explica, en buena medida, por qué nuestro país lleva un estancamiento de una década durante la cual no ha logrado crecer y, peor aún, por qué perdió el tren del desarrollo desde, al menos, aquel lejano 1975 en que se produjo el Rodrigazo.

Los debates respecto de si el Gobierno encararía hacia la radicalización o hacia el pragmatismo en caso de un resultado negativo en las elecciones parecen haber omitido que históricamente el peronismo optó por la vía ambigua, tal vez con algunas pocas excepciones, como durante el menemismo a partir de 1991. Esto tomó particular fuerza en el período que Perón debió estar en el exilio, cuando el propio general incitaba a la “juventud maravillosa” a inclinarse hacia la violencia al tiempo que promovía entre el sindicalismo y entre algunos sectores más políticos aplicar estrategias menos confrontativas e incluso negociar con los militares. Así, inició una cultura que continúa hasta nuestros días: en el marco de un movimiento extremadamente heterogéneo, la mejor opción es producir múltiples mensajes que puedan satisfacer a sus diferentes segmentos. Esta política de la ambigüedad en casi todas las esferas, incluida la política exterior, con una coexistencia de actores y elementos ideológicos tan opuestos y hasta contradictorios en un mismo espacio, se tolera a nivel doméstico, pero resulta imposible de explicar fronteras afuera de la Argentina. Eso, sin contar que somos un país demasiado irrelevante para que el mundo pierda su tiempo tratando de comprender los jeroglíficos que improvisan políticos de cabotaje demasiado acostumbrados a mirarse al espejo.

Sergio Berensztein

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