Lunes, 24 Enero 2022 12:17

¿Quiénes son los responsables? - Por Rogelio Alaniz

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El proyecto educativo de la generación del ochenta incluía entre otras virtudes dos condiciones decisivas. Gratuidad y obligatoriedad. Respecto de la gratuidad, ya habrá tiempo para hablar en detalle, pero en principio se la consideraba una condición decisiva porque el objetivo social y político estaba destinado en primer lugar a los sectores de menores recursos.

Dicho de una manera sencilla: para 1880 las clases pudientes sabían dónde educar a sus hijos. Sabían y podían. El problema no eran ellos, el problema era esa inmensa mayoría de la población, criolla e inmigrante, analfabeta y semianalfabeta, superior al ochenta por ciento, según el censo ordenado por Sarmiento en 1869. ¿Y por qué era necesario abrir escuelas? 

Porque, como dijera Sarmiento, si queremos una nación de ciudadanos y no de súbditos es indispensable educar al soberano. Aprender a leer y escribir es importante, pero también importa adquirir nociones de cultura cívica, conciencia ciudadana. Por último, una nación que se propone crecer y desarrollarse necesita de recursos humanos, es decir, de educación. Por supuesto que hubo resistencias. Desde los sectores religiosos más oscurantistas y desde los grupos opulentos de la sociedad se levantaron voces contra lo que luego sería calificado como uno de los proyectos más formidable de transformación educativa del mundo de entonces.

Irascible y fastidiado ante tanta necedad, Sarmiento en algún momento les dijo a los que se oponían:  "¿No queréis educar a los niños por caridad? Hacedlo por miedo, por preocupación, por egoísmo, movéos. El tiempo urge, mañana será tarde; vuestros palacios son demasiados suntuosos al lado de barrios demasiado humildes. El abismo que media entre el palacio y el rancho lo llenan las revoluciones con escombros y con sangre, pero os indicaré otro sistema de nivelarlo, la escuela".

La escuela abierta se entiende, La escuela con niños y maestros dando clases. Y con padres interesados en que este proceso se cumpla. La escuela como forjadora de ciudadanos. "Hombres, pueblo, nación, Estado, todo, todo está en los humildes bancos de la escuela". Una vez más Sarmiento mirando más lejos.

Con las diferencias históricas del caso, con los cambios decisivos habidos entre fines del siglo XIX y principios del siglo XXI, las palabras de Sarmiento mantienen rigurosa actualidad. Tanta actualidad mantiene, que de hecho hasta Baradel las aprobaría, por lo menos de la boca para afuera, si es que Baradel sabe algo acerca de lo que significó la educación pública en la Argentina.

Lo que significó, lo que logramos y lo que perdimos, esto último gracias entre otras cosas a los aportes que el populismo ha hecho a tan generoso objetivo. Hablamos de la gratuidad de la enseñanza. Le guste o no a Milei -no le gusta- la gratuidad fue una conquista de la humanidad, un paso importante y necesario para asegurar la igualdad de oportunidades. El Estado lo garantiza. ¿De dónde obtiene los recursos? De los impuestos de los ciudadanos por supuesto. No conozco otra posibilidad.

Capítulo aparte es el de la gestión de esos recursos, pero si estuvieran mal gestionados la solución no es cerrar las escuelas, sino tomar las decisiones acertadas para que el sistema funcione. ¿Quiénes la deben tomar? En una democracia representativa lo debe hacer una clase dirigente y una burocracia idónea y eficaz. ¿Estamos lejos de ese objetivo? Hoy sí, pero alguna vez estuvimos más cerca. Ese retroceso es una de las expresiones de la decadencia nacional que venimos soportando desde hace algunas décadas.

Pero hay otro aspecto en el campo educativo que importa tener presente: la obligatoriedad. Se la repite como cantinela, pero no siempre se ha reflexionado acerca de los alcances de esa condición. ¿Por qué el estado considera obligatoria la educación? No solo por los objetivos que están en juego, sino porque los legisladores de entonces conocían la condición humana, conocían sus alcances y sus límites y no ignoraban que si no se incluía esta exigencia esa sociedad atrasada, ignorante, dominada por los atavismos de la pobreza no iban a mandar voluntariamente a sus hijos a la escuela.

Por lo menos un porcentaje importante no lo iba a hacer. Es probable que a alguien se le haya ocurrido que "yo soy libre de no mandar a mi hijo a la escuela". Lo siento por él. Él es libre de ser ignorante, pero no es libre de promover la ignorancia de sus hijos. La educación como un derecho y un deber. Lo recuerdo porque soy hijo de directores de escuelas. O manda a su hijo al colegio o va preso. Por supuesto, la mayoría optaba por lo primero. Este principio hasta los anarquistas lo respetaron.

Pero al mismo tiempo este principio se fue constituyendo como cultura, como hábito, como sentido común. En esa Argentina donde se levantaron escuelas hasta en los lugares más remotos, los padres sin necesidad de presiones o amenazas mandaban a sus hijos a la escuela. Saber leer y escribir; saber sumar, restar y multiplicar, era necesario para vivir en sociedad. Nadie nunca puso en discusión estos principios elementales.

Pues bien, a partir de la pandemia este principio de la obligatoriedad de ir a clase empezó a ser puesto en tela de juicio. Nadie lo dijo de manera brutal, pero no fueron pocos los que se las ingeniaron para que de hecho las escuelas estuvieran cerradas a cal y canto durante un año y medio. La pandemia fue la excusa. Interesante actualización de la consigna fundacional: "Alpargatas sí, libros no".

Se militó con singular entusiasmo a favor de las escuelas cerradas cuando sobraban lo datos a favor de una apertura responsable. Un año y medio las escuelas cerradas. Por lo menos así ocurrió en las provincias o en los territorios controlados por el peronismo.

Según informes confiables, en provincia de Buenos Aires más de medio millón de chicos de familias de bajos recursos quedaron a la intemperie. Previsible. Como también fue previsible que el narcotráfico en sus diferentes escalas aprovecharan lo sucedido. ¿O acaso alguien puede asombrarse que sean los chicos de familias pobres e indigentes los más expuestos? ¿Acaso alguien puede creer que cerrar las escuelas no provoca consecuencias sobre los niños?

Algunas de estas consideraciones seguramente tuvo presente la ministra de Educación de la ciudad de Buenos Aires, Soledad Acuña, cuando dijo lo obvio, cuando dijo, por usar una imagen conocida, que el rey está desnudo. La señora Acuña dijo si se quiere una obviedad, pero lo novedoso no fueron sus palabras, lo novedoso fue que los responsables de cerrar las escuelas, los responsables de dejar a los chicos en la calle sin contención acusen a quien se lamenta por esta realidad de racista, discriminadora, elitista, neoliberal y otras bellezas por el estilo.

El mundo del revés. Acuña elabora un diagnóstico con un realismo descarnado y los responsables de haber promovido esa situación la imputan por supuesta enemiga de los pobres.

Con paciencia de sádicos día a día contribuyen a destruir la educación pública, pero resulta que los enemigos de los pobres son los que se afligen porque esto ocurra. ¿Qué decir? Nada que ya no se sepa.

A modo de consejo y atendiendo los rigores conocidos, a la ministra Soledad Acuña le recordaría aquel viejo proverbio: "En la Argentina peronista, si vas a decir la verdad, comprate un caballo veloz". 

Rogelio Alaniz

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