Martes, 08 Febrero 2022 11:42

China y nosotros - Por Mariano Caucino

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La relación entre la Argentina y China desde 1972 hasta hoy. De Lanusse a Alberto. De Deng a Xi Jinping. Cronología de un vínculo decisivo

El reciente viaje del Presidente de la Nación a Beijing coincidió con el 50 aniversario de las relaciones diplomáticas entre la Argentina y la República Popular China. Un punto de partida que se sitúa hace cinco décadas cuando la histórica apertura de los EEUU hacia China Popular, diseñada y ejecutada por la diplomacia Nixon-Kissinger a comienzos de los años 70 abrió paso para la normalización de relaciones de numerosas naciones con el gobierno de Beijing. Así fue como la República Argentina inició el vínculo diplomático con China Popular y el abandono del vínculo con Taiwán. Gobernaba entonces el general Alejandro Agustín Lanusse, quien buscaba dejar atrás la rígida mentalidad de la Guerra Fría a través del abandono de las “fronteras ideológicas”. 

En tanto, el propio Juan D. Perón enviaría a su esposa Isabel como enviada personal a Beijing en mayo del año siguiente, en medio de la transición entre Lanusse y Héctor Cámpora. Una peregrinación que llevó a Isabel al lejano Oriente e incluyó entrevistas con el premier Chou en Lai y hasta una breve escala en Pyongyang, donde fue recibida por Kim il Sung, el fundador de la dinastía norcoreana que se perpetúa hasta nuestros días a través de su nieto.

Pero una visita presidencial a China tendría que esperar algunos años. Recién en junio de 1980 el general Jorge Rafael Videla se transformó en el primer presidente argentino en viajar a Beijing, donde fue recibido por los máximos jerarcas del Politburó que sucedió a Mao y que integraban Deng Xiaoping y Hua Guofeng. Por entonces China recién daba los primeros pasos hacia su apertura económica de la mano de Deng. Considerado el arquitecto de la China moderna, aquel hombre físicamente diminuto, pero históricamente gigantesco había logrado imponerse en la dura lucha de poder que siguió a la muerte de Mao y Chou en 1976. Y había logrado desplazar a la llamada “Banda de los Cuatro” en la que tenía un rol decisivo la viuda de Mao, Jiang Qing. China atravesaba por entonces un período de gran enfrentamiento con la Unión Soviética y era cortejada por los EEUU en la búsqueda de un quiebre en el bloque socialista, una política que la Administración Carter había heredado de la era Nixon-Kissinger-Ford y que profundizó a través del influyente asesor de seguridad nacional Zbigniew Brzezinski. Desde Beijing, Videla y su canciller (y concuñado) Carlos Washington Pastor sostuvieron que pese a que la Argentina no había adherido al boicot cerealero contra Moscú, compartían con Washington y Beijing la condena a la invasión a Afganistán.

No obstante, el vínculo con Beijing no significó la asistencia a la Argentina cuando, dos años más tarde, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas votó la Resolución 502 (3 de abril de 1982). China mantuvo su tradicional postura de no inmiscuirse en asuntos en los que sus intereses vitales no estuvieran comprometidos -tal como era el extremo en la crisis por la soberanía de Malvinas que enfrentó a Buenos Aires con Londres- y se abstuvo en la votación.

Con la recuperación de la democracia, Raúl Alfonsín se convertiría en el primer mandatario electo en visitar en forma oficial la República Popular. Desplazamiento que tuvo lugar recién en mayo de 1988, cuando promediaba el quinto año de su período presidencial y cuando su administración ya atravesaba enormes dificultades en materia económica y cuando estaba sometida a recurrentes presiones militares. No obstante, el Presidente Alfonsín hizo su histórica visita a China donde se reunió con Yang Shangkun (Jefe de Estado), Li Peng (premier), Zhao Ziyang (secretario general del PCCH) y con el ya anciano Deng quien le anticipó que “los últimos cien años vivimos en guerra, ahora vienen cien años de paz”. Una anécdota contada por el entonces ministro de Economía Juan Sourrouille ilustra los tiempor que corrían. Sourrouille le contó al biógrafo de Alfonsin, Oscar Muiño, que “(los chinos) nos hablaban de un recorrido de doscientos años, mientras que nosotros teníamos un horizonte de quince días”.

En tanto, en noviembre de 1990 Carlos Menem hizo su primera visita oficial a China. Los medios destacaron que el suyo era uno de los primeros viajes de un mandatario de un país occidental después de los graves incidentes de Tiananmen, de junio del año anterior, cuando el régimen apagó una manifestación de estudiantes en medio de una feroz represión. Ante los que Menem adoptó un tono prudente y cauteloso, al igual que frente a la cuestión del Tibet y los cuestionamientos por los Derechos Humanos, expresando que la Argentina mantenía su adhesión al principio de no-intervención en los asuntos internos de otros Estados. Pero esa visita de Menem a China era en rigor un complemento del objetivo principal de su gira asiática que era asistir a la entronización del emperador Akihito en Tokio. Por entonces era Japón y no China la segunda economía del mundo. Una vez reelecto, Menem volvería al gigante asiático en octubre de 1995, oportunidad en que se abrió el consulado general en la estratégica Shanghai. China, en tanto, continuaba su espectacular ascenso y crecía a tasas cercanas al diez por ciento anual. Una realidad que llevó a que pocos meses después de dejar el poder, Menem se apresuró en su libro “Universos de Mi Tiempo” a asegurar que la china era ya la segunda economía a escala global.

En tanto, en septiembre de 2000, Fernando de la Rúa hizo una promocionada visita de Estado al gigante asiático, donde fue recibido por el presidente Jiang Zemin. El eficiente embajador Federico Barttfeld incluyó visitas a la pujante Shanghai y a la ciudad de Xian, célebre por su museo de guerreros de terracota. Al igual que Menem, De la Rúa viajó acompañado por una numerosa comitiva que integraban varios gobernadores, diputados y senadores y la plana mayor del empresariado argentino. Por entonces China estaba a punto de acceder a la Organización Mundial de Comercio. De la Rúa sostuvo la necesidad de sellar una “alianza estratégica” con China. En Beijing los dos gobiernos firmaron el Acuerdo Bilateral de Adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio. El presidente Jiang Zemin devolvió la visita y viajó a Buenos Aires en abril de 2001.

El ascenso de China a superpotencia económica continuó consolidándose y a mediados de la primera década del siglo superó a Alemania convirtiéndose en el tercer PBI más grande del mundo. Fue en ese contexto cuando Néstor Kirchner realizó su viaje de Estado a China a fines de junio de 2004, donde fue recibido por el líder Hu Jintao en el Palacio del Pueblo. El sinólogo argentino Jorge Malena -director del Centro de Estudios sobre China contemporánea de la Universidad del Salvador- recordó que “la relevancia de esta visita, en materia de funcionarios participantes, actividades desarrolladas, empresas e instituciones asistentes, sentó las bases para que, en noviembre de ese año, en ocasión de la visita que retribuyó el Pte. Hu Jintao a la Argentina, nuestro país fuera reconocido por China como “socio estratégico”. Al regresar al país Kirchner anunció millonarias inversiones chinas en el país y habló de “20 mil millones de dólares”, una promesa que se sumaría a la extensa lista de frustraciones argentinas. La oposición habló de “un cuento chino”.

Pero al aproximarse la llegada de la segunda mitad del siglo, China alcanzó el estatus de segunda superpotencia económica global, al superar al Japón, aunque todavía entonces la economía norteamericana era aproximadamente dos veces más grande que la china. Los hechos tuvieron lugar casi en simultáneo con la extendida crisis financiera global de 2008/2009 surgida en los EEUU a partir de la quiebra de Lehman Brothers.

Un año después del inicio de la crisis, en septiembre de 2009, un ranking global ofrecía la conclusión de que solamente tres de las primeras diez mayores empresas del mundo eran norteamericanas. Se trata de Exxon Mobil, Microsoft y Walmart. La lista estaba dominada por megaempresas controladas por los Estados como PetroChina, China Mobile e ICBC -un banco chino- obviamente controladas por el poder político. La lectura de esa realidad estimuló al gobierno de Cristina Kirchner a fortalecer su acercamiento a China y a alejarse de Washington. Fue en ese contexto en que, en julio de 2010, concretó su primer viaje como Jefa de Estado a China. En Beijing se entrevistó con Hu Jintao y en Shanghai recorrió la Feria Universal 2010. La acompañó una nutrida delegación empresaria, entre la que se destacó una figura casi legendaria: el presidente de la Cámara Empresarial Argentino-China Carlos Spadone.

En los años que siguieron el kirchnerismo pareció fascinarse con una supuesta declinación inevitable de los EEUU. Llevando a su gobierno a profundizar una tendencia crecientemente anti-occidental, un extremo que se perfeccionó cuando firmó un memorando de entendimiento con la República Islámica de Irán. Un punto que marcó un creciente aislamiento del gobierno con respecto a Washington y que el kirchnerismo pretendió compensar con un acercamiento a China y a Rusia. En ese marco, Cristina recibió alborozada las visitas de los presidentes ruso Vladimir Putin y chino Ji Ximping, en el invierno de 2014 y fue invitada a la reunión del grupo BRIC en Fortaleza (Brasil).

En tanto, en el tramo final de la Presidencia de la doctora Kirchner tuvo lugar el punto más controvertido en la relación bilateral cuando el gobierno nacional autorizó la construcción de una base china en el sur de la Argentina. Beijing declaró que la base era una “estación de estudio del espacio lejano de exploración a la Luna” y reafirmó el carácter “científico” de la misma. La premura de la Casa Rosada por avalar esa iniciativa y los ocho artículos que contempla despertaron muchas dudas en la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado. Algunos legisladores denunciaron que habría una cesión de soberanía. La aprobación parlamentaria del acuerdo motivó alarma en algunas capitales occidentales. The Guardian advertía que la operación conjunta con China podría conducir a la Argentina a una “eventual involuntaria confrontación con terceros países como los Estados Unidos”. Los acuerdos supusieron un “swap” de diez mil millones de dólares que aliviaría las alicaídas finanzas argentinas, afectadas por la aceleración de la salida de capitales que tuvo lugar en la etapa final del gobierno kirchnerista.

Cristina Kirchner viajó a Beijing el último día de enero de 2015, donde firmó varios acuerdos de cooperación en sectores como energía nuclear, transportes y telecomunicaciones. El gobierno acordó con las autoridades de la República Popular que ésta financiaría la construcción de dos nuevos reactores nucleares.

La llegada de Mauricio Macri al poder en 2015 hizo suponer a muchos críticos que la Administración de Cambiemos abandonaría los lazos con la República Popular y se volcaría a un acercamiento a los EEUU. Sin embargo, el nuevo gobierno buscó equilibrar las relaciones con las grandes potencias, un desafío que acompaña prácticamente a todas las naciones de la región, que enfrentan una realidad que combina la necesidad de profundizar las relaciones económicas con el gigante asiático sin descuidar los tradicionales vínculos con la potencia hegemónica en el hemisferio.

Con ese objetivo, el presidente Macri designó al frente de la representación en Beijing al experimentado Diego Guelar, quien había sido anteriormente embajador ante la UE, en Brasil y dos veces ante la Casa Blanca. Y contrariamente a lo que suponían sus opositores, Macri profundizó las relaciones con China al punto que durante sus cuatro años de mandato no solamente realizó una visita de Estado a Beijing -la que fue retribuida por Xi Jinping- sino que se reunió con el líder chino en reiteradas oportunidades. El propio embajador Guelar así lo explicó recientemente en esta misma sección: “en el 2017 fue el Presidente Macri el que visitó Beijing en la primera convocatoria de China a sus socios en el mundo para ofrecerles integrarse a la “Iniciativa de la franja y la ruta” -ruta de la seda- como expresión de la irrupción de China en el escenario internacional como importante inversor y mayor mercado comprador del mundo”. Guelar enfatizó que como consecuencia de una continuidad en las políticas frente a China se llegó al resultado del crecimiento del comercio bilateral hasta la cifra del 2021 (U$S 19.000 millones), la radicación de importantes empresas y bancos chinos y un horizonte de crecimiento exponencial hacia el futuro.

Es en este marco histórico en que se produjo el reciente viaje del Presidente de la Nación a China hace pocos días, más allá de las exageraciones retóricas y los gestos imprudentes a los que hemos asistido.

Una lectura desapasionada de este devenir puede iluminar el camino que en el futuro debe recorrer una relación central para nuestra inserción global como es el vínculo con China. Aquella que debe ser abordada con una mirada objetiva, basada en el interés nacional y no planteada como sustituto a nuestra pertenencia a la cultura occidental.

Mariano Caucino
Especialista en relaciones internacionales
Ex embajador en Israel y Costa Rica

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