Viernes, 25 Febrero 2022 11:42

Cuando el mundo empuja - Por Jorge Raventos

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La decisión de Vladimir Putin de extender la intervención rusa en Ucrania más allá de las zonas de ese país en las que Moscú ya ejercía dominio en la práctica impulsó al gobierno argentino a avanzar en su posicionamiento en el conflicto.

El prudente paso a paso de la Cancillería argentina se balanceaba al filo de varios riesgos. Uno, crucial en estos momentos, reside en desafiar irresponsablemente la posición de Estados Unidos, cuyo peso decisivo en el Fondo Monetario Internacional resulta un factor indispensable para que termine de cerrarse el acuerdo entre el país y el organismo de crédito. 

Por cierto, la necesidad de una buena sintonía con Washington no equivale a cerrar los ojos a una compleja y cambiante realidad global que incluye otros actores no menos importantes para el país. China, por ejemplo.

Putin, la Casa Rosada y las Malvinas

Otro peligro que acechaba a la cautela original del Gobierno al momento del reconocimiento por parte de Moscú de las regiones separatistas residía en legitimar (o consentir) un acto que contradice la posición argentina sobre las Islas Malvinas, generando así un antecedente jurídico negativo para los intereses permanentes del país. Como en Malvinas, en Ucrania una potencia dominante alega la defensa de derechos de una población implantada por ella en territorio ajeno para justificar su dominio.

Al extender la invasión, Putin empujó al gobierno argentino al rechazo que había economizado hasta ese momento y que la oposición le reclamaba. "La República Argentina, fiel a los principios más esenciales de la convivencia internacional, hace su más firme rechazo al uso de la fuerza armada y lamenta profundamente la escalada de la situación generada en Ucrania- estableció la Cancillería; y agregó: "Por ello llama a la Federación de Rusia a cesar las acciones militares en Ucrania".

El impulso externo

Más allá del tiempo que los actores políticos dedican a disputas entre coaliciones o internas a ellas, todo parece indicar que la situación del país está muy principalmente influida por lo que llega del mundo. El acuerdo con el Fondo -llave para evitar un default que empujaría al país a la condición de paria- ha empezado a establecer un nuevo eje de reagrupamiento del sistema político, que está en pleno desarrollo y que tendrá consecuencias en la configuración de opciones para 2023.

El reordenamiento del escenario mundial, cuya expresión más dramática es hoy la situación ucraniana, es otro factor que incide decisivamente en ese paisaje: quienes aspiren a gobernar el país (empezando por la actual administración) tendrán que encarar con seriedad sus posicionamientos internacionales y no determinarlos por simpatías ideológicas o simplemente por jugar a las visitas.

En fin, el mundo envía también señales sobre la potencialidad de crecimiento que tiene la Argentina si acierta con su camino. El precio de la soja -ese yuyo, joya del comercio exterior del país- ha trepado a 630 dólares la tonelada: más dólares por exportaciones.

Escepticismo y esperanza

El Gobierno se ve empujado y tensionado por estas influencias externas: reacciona morosamente, sin suficiente convicción y erosionado por conflictos de la coalición oficialista que no puede ni conducir ni, en la práctica, contener. Estos conflictos, incrementados por la evanescente autoridad presidencial, extienden en la coalición oficialista el escepticismo sobre sus chances electorales el año próximo. Los gobernadores (sin excluir a Axel Kicillof) maquinan ya la separación de los comicios locales de los nacionales, de modo de salvar la ropa en sus territorios y no ser arrastrados por un viento hostil. El cristinismo mismo parece ganado por ese espíritu y sus candidatos potenciales gambetean las postulaciones para la fórmula presidencial y prefieren guardarse para el distrito bonaerense, donde creen tener más posibilidades por el peso que el cristinismo aún mantiene en el conurbano.

A ese paisaje hay que sumar actitudes como la de Sergio Berni que, olfateando el mar de fondo que bulle en el seno del peronismo, acaba de anunciar que toma distancia del kirchnerismo para seguir un camino propio. Sus cuestionamientos al gobierno de Alberto Fernández, su explotación del tema seguridad y su constante protagonismo en situaciones de tensión pública, tienden a dibujar un liderazgo activo y enérgico, como contrafigura del desviamiento de la figura de Fernández.

Como Berni, no todo el peronismo es escéptico sobre las próximas chances electorales, y hay quienes se preparan para lanzarse al ruedo. Lo que es evidente es que para competir con claridad en las elecciones internas (PASO) que legitimarán un candidato partidario dentro de 17 meses, quienes lo intenten deberán mostrar sin ambigüedades sus posturas sobre los temas que hoy dividen al oficialismo: participación en el mundo, acuerdo con el Fondo, actitud frente a los sectores de la producción y el trabajo. Y sobre una cuestión que hasta ahora la mayoría prefiere eludir, pero que constituye la condición central de confianza/desconfianza que afronta el peronismo: su posicionamiento frente a la tendencia que se encarna en la vicepresidenta Cristina Kirchner.

LIDERAZGOS

Así como las PASO le darán al peronismo la posibilidad de legitimar un liderazgo para una nueva etapa, la oposición tendrá una chance similar. Por el momento sus tendencias internas se esfuerzan por evitar cismas o choques graves, pero las mesas y mesitas de coordinación no consiguen apaciguar divergencias (la última: una postura de la Coalición Cívica de Elisa Carrió sobre la discusión parlamentaria del acuerdo con el Fondo que evadió acuerdos previos de las distintas fuerzas) y tampoco pueden refrenar las ambiciones de una cantidad de protocandidatos, convencidos de que no pueden dejar pasar el 2023, año en el que imaginan volverán al gobierno e iniciarán un ciclo prolongado. El choque de ambiciones bien podría frustrar esa ilusión. Pero están las PASO, que pueden darle sustento a un liderazgo, un programa y una determinada política de alianzas internas e internacionales.

El paisaje que hoy todavía está determinado por la dispersión y la confusión se irá aclarando a medida que el mundo reclame decisiones y a medida que los conflictos se expresen y se canalicen a través de las internas obligatorias. Existe la posibilidad de que se legitimen en las fuerzas principales liderazgos fuertes y definidos. Eso ayuda a ordenar el escenario.

Jorge Raventos

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