Viernes, 25 Febrero 2022 12:01

El nuevo entorno global y los verdaderos problemas de Putin - Por Sergio Berensztein

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Invasión: el ingreso de tropas rusas en Ucrania ratifica que ya no queda casi nada del “orden mundial” surgido tras el final de la Guerra Fría; hoy vivimos en un escenario volátil, incierto, complejo y ambiguo 

La invasión de las tropas rusas en Ucrania ratifica un diagnóstico del que teníamos suficiente evidencia: ya no queda casi nada de aquel “nuevo orden mundial” unipolar, dominado por EE.UU., que había emergido tras el abrupto final de la Guerra Fría. Si bien pareció consolidarse sin obstáculos durante la década de 1990, sufrió un primer y durísimo embate con el ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. A partir de ese momento, un conjunto de errores no forzados, a veces grotescos desatinos, obligó a un repliegue estratégico de EE.UU. y sus aliados que, como pudo observarse recientemente en Afganistán, desnudó que aquellas ínfulas cuasi imperiales que predominaban cuando la democracia y el mercado eran considerados por muchos los únicos modelos posibles de organización económica, política y social estaban basados en supuestos infantiles que implicaban un profundo desconocimiento de los diversos y complejos entornos en que esos paradigmas pretendían implantarse. 

¿Era lógico suponer que EE.UU. podría afianzar, junto con sus aliados, una suerte de “estabilidad hegemónica”? ¿Hubo una planificación y una ejecución apropiadas en términos estratégicos para alcanzar ese objetivo? Si se analizan fríamente las acciones de Rusia en las últimas dos décadas, tanto en su hinterland (Georgia en 2008, Crimea en 2014) como en especial en la terrible guerra en Siria, la conclusión es alarmante: más allá de los deseos imaginarios de algunos observadores y de la ingenuidad de buena parte de la opinión pública de Occidente, aquella hipótesis suponía imponer un orden imperial (militar) que ni EE.UU. ni los más fanáticos defensores de esa utopía estaban dispuestos a tolerar. Más bien lo contrario: se pretendía que estuviese basado en reglas y arreglos institucionales globales para resolver viejos y nuevos problemas de una agenda cada vez más compleja, en la que sobresalen el cambio climático, el impacto de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías de la información, los profundos desequilibrios económicos, los flujos migratorios y el terrorismo y las redes de crimen organizado.

En este contexto, y con la emergencia de China como una potencia de primera magnitud, pero con la presencia de múltiples actores de mediano o incluso limitado poder efectivo que han venido desafiando el liderazgo de EE.UU. (Corea del Norte, Irán, Turquía y hasta la arruinada Venezuela), se fue conformando un escenario apolar (y no multipolar, utopía a la que se aferran muchos exponentes del típico voluntarismo vernáculo, incluyendo Alberto Fernández), que se caracteriza por 4 atributos centrales: es altamente volátil, presenta horizontes de incertidumbre que afectan la toma de decisiones públicas y privadas, es sumamente complejo (a menudo aun caótico) y para los contemporáneos presenta grados de ambigüedad contradictorios con la necesidad de definir parámetros objetivos para analizar la realidad. Vivimos en un mundo VICA (iniciales de volátil, incierto, complejo y ambiguo), un concepto desarrollado en 1987 por Warren Bennis y Burt Nanus, expertos en liderazgo, que fue adoptado enseguida por muchas instituciones de formación militar de EE.UU. para pensar el nuevo ecosistema de la post Guerra Fría.

Vladimir Putin busca encajar sus piezas en este rompecabezas. Con formación y experiencia en los aparatos de inteligencia del régimen soviético, fue funcionario durante la caída de la URSS, maneja los hilos del gobierno desde 2000 y quiere ser protagonista exclusivo del retorno de Rusia a la mesa grande del concierto mundial como una potencia militar y económica dominante. Para eso apela al rencor ruso acumulado durante estas tres décadas en las que su país había perdido relevancia, disminuido e impactado por el shock de su propia desintegración territorial, además de ser (y sentirse) humillado repetidas veces en su zona de influencia por los líderes del “nuevo orden”, incluida la decisiva intervención de la OTAN en la guerra de Bosnia (1992-1995) y su corolario, la detención y el juzgamiento del dictador serbio Slobodan Milosevic por parte del Tribunal Penal Internacional de La Haya, acusado de genocidio y masivas violaciones de los derechos humanos. Serbia fue históricamente una aliada de Rusia, que consideraba a la ex-Yugoslavia su “patio trasero”.

La agresión rusa de Ucrania encuentra a Occidente abarrotado de problemas: preocupa la dinámica inflacionaria alimentada por los bancos centrales desde la gran crisis financiera de 2008 y acelerada por la disrupción de las cadenas de abastecimiento producida durante la pandemia; retirada Angela Merkel, y con Emmanuel Macron focalizado en su reelección, no aparecen liderazgos fuertes, puesto que tanto Joe Biden como Boris Johnson experimentan dificultades domésticas y los sistemas democráticos sufren cuestionamientos por parte de nuevos movimientos, fundamentalmente de extrema derecha, que el propio Putin se encargó de alimentar.

Es, sin embargo, un gran error suponer que Moscú y su líder carecen de problemas, al margen de los costos económicos y reputacionales de esta brutal agresión. Debilitado, sin el vigor ni la soberbia de hace 30 años, el paradigma de la democracia y el mercado sigue constituyendo una letal amenaza para los fundamentos autocráticos y estatistas de su poder interno (y de aliados como el dictador bielorruso Aleksandr Lukashenko), en especial si se consolidan en los países limítrofes, como ha ocurrido con los bálticos o, hace mucho más tiempo, en Finlandia. En 2024 habrá elecciones presidenciales (Putin hizo reformar la Constitución para reelegirse eternamente) y si bien se trata de un régimen autoritario, se ha dado a sí mismo cierta institucionalidad (como ocurrió en su momento con la Constitución chilena de 1980, que recién ahora está siendo reemplazada). La oposición interna es débil, pero Putin no ha podido ocultar obvios síntomas de agotamiento ni acallar figuras como Alekséi Navalny, perseguido por el aparato de inteligencia ruso, que incluso llegó a envenenarlo.

Asimismo, si se universalizan las reglas de la OCDE y se profundizan otros acuerdos internacionales para transparentar y controlar los flujos financieros provenientes de la corrupción y del crimen organizado, sería mucho más complejo canalizar la enorme riqueza acumulada por los jerarcas de su régimen cleptócrata y por sus oligarcas amigos. Por último, y no menos importante, la transición energética impulsada por Occidente para limitar el daño generado al medio ambiente representa una herida de muerte para la economía rusa, que depende de la exportación de hidrocarburos.

Cuando en estas horas nos escandalicemos con las horrorosas imágenes de esta guerra inútil e injusta vamos a extrañar aquellos tiempos no tan lejanos en los que parecíamos convencidos de que lo peor que nos podía ocurrir era la pandemia de Covid-19. En este entorno VICA, y como afirmó Carlos Marx, “todo lo sólido se desvanece en el aire”.

Sergio Berensztein

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