Lunes, 28 Febrero 2022 11:27

Ucrania divide aguas en Latinoamérica - Por Loris Zanatta

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Las reacciones ante la guerra iniciada por Vladimir Putin. Referentes regionales de la izquierda toman distancia de Nicolás Maduro.

Quién sabe si lo habían acordado antes o si fue un azar, el caso es que tres dirigentes de la izquierda latinoamericana le han dado un portazo al régimen chavista de Venezuela. 

No es nuestro modelo, han declarado cada uno a su manera Gabriel Boric, presidente electo de Chile; Pedro Castillo, presidente de Perú, y Gustavo Petro, candidato presidencial colombiano. Nicolás Maduro, que en la nueva marea rosa latinoamericana confía encontrar su salvavidas, no lo tomó bien: son la “izquierda cobarde”, tronó Superbigote con su lenguaje de cavernícola, “contrarrevolucionarios”, “servidores de la oligarquía”. ¿Qué pensar de eso?

La primera, instintiva reacción, es irónica. ¡Pero ve, el bolivarismo no funcionó! Vaya noticia fresca. No lo habíamos notado hasta ahora, bienvenidas a este mundo, Blancanieves. Pensábamos que la diáspora venezolana se debiera a un viaje de recompensa, la tasa de inflación de seis cifras a un error tipográfico, las violaciones de los derechos humanos a las calumnias del Imperio. Pero ¿por qué ensañarse? Más vale tarde que nunca, aunque sería preciso disculparse, después de habernos intoxicado durante años con la fábula de que aquel horrible engendro era el cielo en la tierra.

La segunda, inevitable reacción, es sospechosa. ¿Serán sinceros? ¿Y Maduro no estará jugando el papel? Es justo preguntárselo, ya que los tres estarán pensando en su provecho.

Es comprensible que Boric quiera disipar los temores políticos y tranquilizar a los mercados antes de su toma de posesión. Que Castillo busque un certificado de moderación y responsabilidad para aferrarse al sillón presidencial, hasta ahora similar a la grupa de un caballo desbocado. Que Petro corteje al electorado en vísperas de las elecciones, consciente de que nadie mejor que los colombianos conoce el alcance de la tragedia venezolana. ¿No será, muchos temen, que una vez superado el trance se quitarán las máscaras y volverán al redil que habían jurado dejar? La sospecha es legítima.

La tercera, más meditada reacción, es para mí la mejor, o al menos la más fundamentada. A costa de ser ingenuo, a riesgo de pifiarla, creo que se les debe tomar en serio, tanto si realmente creen en lo que dicen, como si lo creen sólo a medias, como es probable. Por dos buenas razones.

La primera es que algunos importantes rasgos comunes unen a sus países, entre ellos la pertenencia a la Alianza del Pacífico que ha institucionalizado su profunda integración al mercado global y su adhesión, no importa cuán deficitaria, al paradigma democrático liberal.

Esto sugiere que actuaron en concierto. La segunda es que lo relevante no es tanto su sinceridad, sino el simple hecho de que crean que deben darle la espalda al chavismo para conseguir consensos, ganar elecciones, ejercer el poder.

Estas dos razones se funden en una consideración: por más defectuosas que sean las democracias y distorsionados los efectos del crecimiento económico de las últimas décadas en Chile, Perú y Colombia, pocos en esos países piensan en cambiar de vía y subirse a un tren que va en la dirección opuesta. ¡Qué diferencia con Venezuela en 1998!

En resumen, la ironía y la sospecha no deberían poner en luz negativa una noticia positiva. Con debido respeto a la derecha más cerril, inmersa en un eterno clima de cacería de brujas. Todo distanciamiento entre reformistas y populistas, la izquierda racional y la izquierda mesiánica, sería un enorme avance para la cultura política latinoamericana.

Le convendría a todos, a la izquierda como a la derecha, que también necesita con urgencia más pragmatismo y menos dogmatismo, más secularismo y menos fanatismo.

Aquí mismo, sin embargo, comienzan los problemas, crecen las dudas. Entre las declaraciones de los tres líderes y la concreta huella de un cambio cultural, hay un largo trecho.

Dijeron cosas importantes, incluso valientes para su formación. Boric exigió una “izquierda democrática” y precisó: “Me gustaría establecer un principio irreductible que es la defensa irrestricta de los derechos humanos, independiente del gobierno de turno”. De ser kirchnerista, me sentiría aludido. Castillo también dijo que desea “un verdadero modelo democrático”. Al apuntar a Cuba junto con Venezuela, incluso rompió el más vetusto pero resistente tabú. Petro fue más fumoso, no se comprometió a nada, es el más dividido entre el corazón populista y la razón oportunista, pero culpó a Maduro de una “política de la muerte”: palabras fuertes. Mejor que nada, pero aún poco.

Para ser consecuentes y no caer en la nefasta costumbre de usar la palabra “democracia” como un abrigo para todas las temporadas, tarde o temprano tendrán que hacerse la fatídica pregunta: ¿por qué la experiencia chavista fue como fue? ¿Por qué todos los populismos latinoamericanos terminan de la misma manera? ¿Será una cuestión de buenas ideas mal aplicadas o el problema serán las ideas mismas? Sería abrir un camino doloroso, lo sé bien, muchos lo hemos recorrido. Pero necesario y liberador, para usar un término de su repertorio.

La agresión rusa contra Ucrania y la reacción a la que está obligando a todos y cada uno, confirma que una cosa es la ideología y otra la geopolítica, que ante una guerra no se pueden tener los pies en todos los zapatos.

Aquí están Cuba, Venezuela y Nicaragua subiéndose a los tanques rusos, y aquí Perú y Chile condenando la invasión, la ideología panlatina de los primeros elige la autocracia contra Occidente, la racionalidad geopolítica de los segundos les sugiere mantenerse en su cauce, más allá de las íntimas convicciones de sus presidentes. Petro piensa por ahora zafar con banalidades, pero tendrá que decir de qué lado está.

Una última, breve anotación: ¿y la izquierda argentina? No recibida, fuera del mundo, erige todavía altares al chavismo y al castrismo, calla avergonzada sobre las hazañas guerreras de su amigo Putin, siempre tentado por la cruzada antioccidental. Se siente a gusto en las cavernas.

Loris Zanatta

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