Domingo, 13 Marzo 2022 07:26

Mañana será otro día - Por Rogelio Alaniz

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El FMI para el populismo expresa el Mal, aunque ello no le impidió ser la fuerza política que más acuerdos firmó con Mandinga. Si el FMI no existiera habría que inventarlo. Es la coartada justa que necesita el populismo para justificarse. 

"Se pateó la pelota para adelante", es la síntesis futbolera de la decisión acordada entre el oficialismo y la oposición. Problemas, lo que se dice problemas, estructurales o de fondo, no se resolvió ninguno, pero ahora se dispone de tiempo. Por lo menos eso es lo que se cree. Impedir el default fue la consigna que unió a la mayoría, no a todos, pero sí a una decisiva mayoría. Típicas mudanzas argentinas. 

Hace unos veinte años un presidente que no duró más de una semana declaró el default y la inmensa mayoría de los diputados no solo lo aprobó, sino que lo festejó ruidosamente, como si se tratara de una hazaña política superior a la del 25 de mayo y el 9 de julio. He escuchado otras expresiones para explicar lo que se hizo. "Se impidió que la bomba estallara, hoy, pero se dejó una bomba de tiempo para mañana". Muy argentino. Incluido el "Dios proveerá".

Lo cierto es que más de doscientos diputados de Juntos por el Cambio y del Frente de Todos levantaron la mano en la misma dirección. Habrá facilidades extendidas, habrá préstamo y no habrá default. Problemas para más adelante. Tarifas energéticas y jubilaciones incluidas.

Un rasgo notable: las mayores deserciones contra el proyecto propuesto por el gobierno provienen de las filas del propio gobierno. Esa añeja costumbre del peronismo de ser oficialismo y oposición al mismo tiempo. Costumbre o vicio. Vaya uno a saberlo. Lo seguro es que el FMI para el populismo expresa el Mal, aunque ello no le impidió ser la fuerza política que más acuerdos firmó con Mandinga.

Genialidades tácticas de la conducción, como les gusta decir. Como es bien sabido, todos los problemas que aquejan a los argentinos provienen de esa institución de tres letras mayúsculas asimilada a "banca usurera" y "extorsión imperialista". Los argentinos por supuesto estamos libres de culpa y cargo. Convengamos que en cierto punto ese "lavarse las manos" resulta una excusa formidable. Los gobiernos despilfarran recursos, roban recursos, gastan más de lo que disponen, pero ellos son inocentes porque el malo de la película siempre es el FMI.

¿Es tan así? Convengamos que el FMI no es una institución benéfica integrada por almas caritativas. Luego digamos a continuación que nunca nos puso un revólver en el pecho para obligarnos a que le pidamos plata prestada.

Fuimos nosotros los que peregrinamos desde 1956 a la fecha hasta sus despachos para pedir unos pesos. Y fuimos al FMI entre otras cosas porque la temible banca usurera es la que presta al interés más bajo. Y si no me creen, pregúntenle a los que fueron a pedir plata prestada a Venezuela. Ayer concluyó entonces la primera escena con final feliz. Todos contentos. Millones de dólares habilitados a través de diferentes mecanismos para gastar a gusto. Eso sí, habrá inspecciones trimestrales. Pero al respecto, ya se sabe que eso se arregla declamando acerca de la escandalosa y colonial pretensión de los agentes del imperialismo yanqui por pretender revisar nuestras cuentas.

En la segunda escena de este culebrón comienzan los episodios dramáticos. El FMI perpetra el sacrilegio de pretender cobrar. ¡Habrase visto semejante insolencia! Solo una institución imperialista dedicada a chuparle la sangre al pueblo puede cometer semejante canallada. Sobre este tema no hay vuelta que darle: si el FMI no existiera habría que inventarlo. Es la coartada justa que necesita el populismo para justificarse.

Impedir el default no fue el único acuerdo logrado en el Congreso. También se acordó modificar algunas consideraciones del proyecto oficial. La oposición en particular insistió en que cierta retórica contra el gobierno anterior desaparezca del texto. Exigencia a la que un Sergio Massa devenido en hábil negociador accedió sin demasiados rezongos.

Un poquito más complicado fue exigir por parte de Juntos por el Cambio que, atendiendo a que no vivimos en un régimen parlamentario, la tarea de la oposición empieza y concluye habilitando el acuerdo. Y punto. Las políticas económicas para tramitar este acuerdo corresponden al gobierno. Precaución necesaria. Precaución que de todos modos no alcanzó para convencer a un diputado como López Murphy que decididamente votó en contra junto con sus aliados libertarios y liberales estilo Milei y Espert.

Capítulo aparte es el voto de la izquierda. Capítulo aparte en un guion previsible. La estrategia de la izquierda trotskista argentina es la que siempre enuncia: aprovechar todos los resquicios legales de la democracia burguesa para denunciarla sin abandonar la estrategia de fondo: la derrota del capitalismo a través de una revolución social y su reemplazo por un régimen fundado en la propiedad colectiva de los medios de producción, régimen garantizado políticamente por una saludable y lozana dictadura del proletariado.

Táctica y estrategia muy claras. Más parecido a un dogma de fe que a una elaboración política. Desde ese lugar el trotskismo ha tenido asegurada históricamente una ruidosa pero estéril minoría, situación que no los acongoja demasiado porque suponen que las revoluciones no se hacen con las mayorías establecidas por las reblandecidas democracias burguesas, sino por esas minorías que en los momentos de crisis se transforman en mayorías callejeras. A los burgueses les pido que no se alarmen: jamás de los jamases los trotskistas hicieron una revolución. Es más, cada vez que hubo una revolución una de las primeras decisiones de los jefes revolucionarios fue sacárselos de encima. Y no con buenos modales. Cualquier duda, preguntar qué pasó en Coyoacán. Ironías de la historia: las detestables democracias burguesas les garantizan a los camaradas trotskistas muchas más libertades que las añoradas revoluciones comunistas que llegan al poder chorreando sangre y se mantienen en el poder chorreando sangre. 

Las escenas en la Cámara de Diputados con sus torneos oratorios circularon dentro de lo previsible. El espectáculo parlamentario se complementó con las escenas callejeras. Como el peronismo es gobierno esta vez no se arrojaron catorce toneladas de piedras, pero los manifestantes algunos gustos se dieron.

Por ejemplo, casi queman vivo a un policía, accidente que a ninguno de los manifestantes le hizo perder el sueño porque ya sabemos que los agentes de la represión no son ni derechos ni humanos. Un dato notable de la jornada: algunas piedras cayeron en el despacho de la señora Cristina. Quienes siempre hemos condenado estas agresiones no necesitamos recurrir a adjetivos novedosos para decir lo mismo.

Sin embargo, el episodio habilitó a la señora vicepresidente para romper la barrera de silencio que se impuso en los últimos días. Por supuesto que le asiste toda la razón del mundo para elevar sus quejas, lo que en todo caso un observador podría preguntarse es por qué el mismo énfasis no empleó cuando el Congreso fue sacudido con las toneladas de piedras que conocemos. Agregaría otro detalle que alude a la personalidad de la señora Kirchner.

No condenó la apedreada en general, la condenó porque fue contra su despacho, es decir contra ella. Así cualquiera condena. A nadie le gusta que le tiren piedras, pero un demócrata no protesta solamente contra la violencia que se ejerce contra él, sino por la violencia que se ejerce contra los otros y en particular contra las instituciones. Pero ya sabemos que a la Señora le resulta muy difícil pensar más allá de su exclusiva humanidad.

Decía que el miércoles se pateó la pelota para adelante. Sospecho con razonables fundamentos que acerca de lo que nos aguarda en el futuro el peronismo no tiene mucho más que decir. Se sabe que un populismo sin plata es inviable. Inviable, pero a través de una agonía que puede extenderse a lo largo de los años. Al populismo se le ha agotado el libreto, pero me temo que la oposición aún no ha terminado de redactar el suyo. No es un tema menor.

Tal como se presentan las cosas, hay muchas probabilidades de que Juntos por el Cambio sea gobierno a partir de 2023. Al respecto, se sabe que ganar las elecciones es una tarea ardua, pero a nadie se le escapa que gobernar es mucho más complicado. Y sobre todo lo es cuando ese gobierno debe hacerlo con el peronismo en la oposición. Por ahora Juntos por el Cambio sabe que ganar elecciones criticando al populismo alcanza para llegar a la Casa Rosada, pero no alcanza para lograr que como por arte de magia lluevan las inversiones, los empleos y los buenos salarios.

También se sabe que el gradualismo no conduce a buen puerto y que, al mismo tiempo, esta Argentina no resiste ajustes sin anestesia. Entre esos límites objetivos de la política y la economía debe haber alguna respuesta "lateral". Debe haberla, pero yo por ahora no la conozco y presumo que quienes deberían conocerla tampoco la tienen del todo clara. Lo que sí se sabe es que en política y, mucho más en economía, los milagros no existen. Y que la salida de un cerco recesivo reclama de acuerdos y voluntades políticas. Y tiempo. Mucho tiempo. Demasiado para una Argentina cuyos habitantes en estos temas han demostrado más de una vez no ser muy amigos de la paciencia.

Rogelio Alaniz

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