Martes, 22 Marzo 2022 09:50

El poder sigue fragmentándose - Por James Neilson

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El poder se ha hecho vidrioso, inasible. Si la Argentina fuera un país parlamentarista, buena parte ya estaría en manos opositoras, pero, por desgracia, sigue siendo presidencialista. 

Cuando estaba a cargo de la política exterior norteamericana, Henry Kissinger solía preguntarse: ¿qué número de teléfono disco si quiero hablar con Europa? Tienen el mismo problema los aún interesados en comunicarse con quién lleva las riendas del poder en la Argentina. Hasta hace algunas semanas, los presuntamente bien informados les hubieran aconsejado probar suerte con Cristina Kirchner, pero entonces la señora se desacopló del gobierno que había armado; los hay que creen que ya no es más que una influencer marginal que sólo cuenta con la adhesión de los militantes menos lúcidos de La Cámpora. ¿Alberto Fernández? Tiene el peso político de un holograma parlante. ¿Sergio Massa? Dicen que sus acciones han subido últimamente pero no lo suficiente como para permitirle hacer más que tejer y destejer alianzas fugaces con los ojos puestos en 2023 o, tal vez, 2027. 

Es que aquí el poder se ha hecho vidrioso, inasible. Si la Argentina fuera un país parlamentarista, buena parte ya estaría en manos opositoras, pero, por desgracia, sigue siendo presidencialista, de suerte que hasta nuevo aviso no tendrá un gobierno que sea capaz de hacer mucho más que hablar pestes de Mauricio Macri.

Que Cristina no soporte a Alberto, el mequetrefe que le sirvió de cebo para atraer los votos de los decepcionados por la gestión del ingeniero sin por eso sentir entusiasmo alguno por su propia candidatura eventual, nunca ha sido un secreto. Lo desprecia no sólo por haberla vilipendiado en público mil veces cuando era presidenta, sino también porque aceptó cumplir el papel indigno de socio menor en el esquema que ideó. Aunque es de suponer que Alberto siempre ha sido más “moderado”, más “centrista” que Cristina, a la que le gustan las mezclas picantes, nunca fue cuestión de diferencias ideológicas entre los dos. En su caso, como en muchos otros, el desamor es de origen casi exclusivamente personal.

Con todo, el debate confuso en torno a la relación del país con el Fondo Monetario Internacional le brindó a Cristina un pretexto para protestar contra el rumbo emprendido por el gobierno del cual, en teoría por lo menos, no ha dejado de ser una integrante clave. Mientras que Alberto, varias facciones peronistas y casi todos los miembros de Juntos por el Cambio entendían que romper con el Fondo, o sea, con el mundo financiero, tendría consecuencias cataclísmicas para la Argentina y, lo que sería peor, podría poner fin a sus propias carreras políticas, Cristina, su hijo y sus seguidores más fieles temían que negarse a hacerlo les costaría muchos de los votos que necesitan para mantener a raya a la Justicia.

Para alivio de quienes no viven en el emocionante universo kirchnerista, ganaron los primeros, pero pocos creen que sea posible cerrar las brechas que se han abierto entre las facciones que conforman el oficialismo. Continuará siendo un rejunte de agrupaciones diversas sin nada en común salvo cierta nostalgia por el peronismo de otros tiempos o, por lo menos, la conciencia de que, para quienes aspiran a encontrar un nicho cómodo en la clase política permanente, conviene fingir respetar el legado del general. Puesto que la ideología del movimiento es demasiado difusa como para servir de guía a sus adherentes, lo que más importa es la lealtad de cada uno hacia sus respectivos jefes políticos.

Así las cosas, es en cierto modo lógico que durante más de dos años el escenario político nacional se haya visto dominado por las dificultades planteadas por la relación del presidente con la señora que lo puso donde está. Para entender lo que está ocurriendo, hay que prestar atención a detalles que en otras circunstancias carecerían de significado, razón por la que algo tan insustancial como un mohín de Cristina será sometido a un análisis exhaustivo por si brinda indicios de lo que podría suceder en las semanas siguientes

Aunque muchos daban por descontado que, si no tuviera que preocuparse por la proximidad admonitoria de su jefa, Alberto sería otra persona, quizás un presidente de verdad, parecía que prefería cumplir el rol servil que le había tocado hasta que las negociaciones con el FMI lo forzaron a elegir entre ella y un más que probable colapso económico. Como es natural, las diferencias evidentes entre los dos alentaron a quienes rezaban para que Alberto lograra liberarse del íncubo que, un pacto faustiano mediante, había tomado posesión de él. Otros, más escépticos, se resignaron a que continuara subordinando absolutamente todo, comenzando con su propia autoestima, a un intento vano por aplacarlo.

Según los voceros oficiales, el acuerdo con el FMI no cambiará nada significante, ya que, impresionados por la firmeza de Alberto, los odiosos guardianes de la ortodoxia mundial decidieron que sería inútil tratar de obligar al gobierno a adoptar una estrategia que podría ocasionarle perjuicios. Tienen razón los que dicen que el acuerdo es innocuo. Para los que llevan la voz cantante en el Fondo, es decir, funcionarios procedentes de Estados Unidos, Japón y China, la prioridad absoluta era asegurar que la Argentina no cayera en default con el organismo justo cuando la economía mundial entrara en una fase que amenaza con volverse extremadamente agitada, de ahí la voluntad de permitir que se refinanciara la deuda sin exigir que tomara un conjunto de medidas determinadas.

En el corto plazo, Alberto e incluso Martín Guzmán podrán festejar tanta laxitud por parte de personajes que según la mitología progre son despiadadamente duros, pero significa que en adelante no podrán compartir con nadie la responsabilidad por lo que tendrán que hacer para impedir que la economía se hunda por completo. Lo entienden o no, la realidad es mucho más cruel que los técnicos que rodean a Kristalina Georgieva.

Por razones similares, la oposición se las arregló para asegurar que el gobierno no pueda acusarla de estar detrás de las medidas “neoliberales” que se vea constreñido a tomar. Por motivos comprensibles, Guzmán quiso que, además de cohonestar la refinanciación de la deuda con el FMI, Juntos por el Cambio se comprometiera a apoyar el programa que tiene en mente; no tuvo éxito. Es de prever, pues, que la oposición vete aquellas iniciativas que a su entender debilitarían todavía más el maltrecho “aparato productivo” nacional, de ahí su aversión a más aumentos impositivos, y que mire hacia otro lado cuando se reduzcan los subsidios a la clientela electoral del kirchnerismo.

Hasta ahora, el Gobierno se ha resistido a hacer frente a la realidad económica; da a entender que no le corresponde tratar de modificarla porque es un problema creado por Macri. Por lo demás, desde hace más de dos años los funcionarios que no funcionan se han ufanado de no tener nada parecido a un plan económico; decían a quienes les pedían uno que tendrían que esperar hasta que se haya resuelto el asunto de la deuda que heredaron del gobierno anterior. Bien, ya están libres para actuar pero, como no pudo ser de otra manera, los problemas se han agravado mucho en el intervalo que desperdiciaron. La inflación está acelerándose, los costos de la energía importada están aumentando a un ritmo tan alocado que tarifas “realistas” pulverizarían millones de presupuestos familiares precarios y en cualquier momento podría estallar una nueva guerra entre los kirchneristas y el campo.

En principio, podría ser ventajosa para el país la invasión del “granero del mundo” ordenado por Vladimir Putin, el amigo de Alberto, que días antes de iniciarse la “operación militar especial” le había ofrecido la Argentina como “puerta de entrada de Rusia a América latina”; no aludía a la posibilidad de que el país sacara provecho de la fuga en gran escala de cerebros rusos óptimamente preparados que, según se informa, se ha puesto en marcha al intensificarse el aislamiento internacional del gigante eurasiático.

Además de producir bienes agrícolas abundantes, la Argentina posee reservas de gas natural que, conforme a los expertos, están entre las mayores del planeta. Sin embargo, por ahora cuando menos el país no está en condiciones de sacar provecho de una coyuntura que debería haberle sido favorable. El gas de Vaca Muerta sigue bajo tierra. ¿Intentará el gobierno interesar a los europeos en invertir cantidades enormes de plata en proyectos que podrían liberarles de su dependencia geopolíticamente peligrosa de los suministros rusos? Aunque sería de suponer que sí, no sorprendería demasiado que hiciera poco en tal sentido.

Lo mismo que sucede con Putin, a quien admira, el poder de Cristina se basa en su capacidad para hacer daño y su voluntad de aprovecharlo por motivos que son netamente personales. Para los dos, resignarse a una derrota no es una alternativa. La mayoría coincide en que el destino del ruso depende de lo que ocurra en Kiev. En el caso de Cristina, la pérdida de poder la expondrá a una serie de procesos legales que podrían culminar con su condena a largos años entre rejas. Al oponerse al acuerdo con el FMI y, lo reconozca explícitamente o no, al presidente formal de la República, Cristina corre peligro de ser la víctima principal de la probable desintegración del régimen que ensambló para protegerse contra la Justicia que, a pesar de los esfuerzos kirchneristas por frenarla, sigue avanzando hacia ella, si bien lo está haciendo con la lentitud exasperante que le es habitual.

James Neilson

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