Viernes, 25 Marzo 2022 10:15

Tiempos de incertidumbre - Por Rogelio Alaniz

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La crisis política del gobierno es indisimulable. Las posiciones más duras provienen de su interior. Los acontecimientos legitiman aquello de un "albertismo" moderado contrastando con un "cristinismo" intransigente.

Las predicciones de los kirchneristas acerca de que al gobierno en 2023 le aguarda una derrota electoral inevitable, se contrasta levemente con otro augurio un tanto más pesimista: en las actuales condiciones el gobierno que preside Alberto Fernández colapsa antes de 2023. Es más, voceros de la causa K no han vacilado en anticipar que en las actuales condiciones el naufragio o el estallido se podrían producir en el próximo mes, auspicio catastrófico con cierto tufillo golpista, sobre todo por provenir de parte de quienes curiosamente en estos días llaman a movilizarse para repudiar el Golpe de Estado del 24 de marzo. 

Faltaría que para esa fecha la vicepresidente dé a conocer alguna de sus ya célebres cartas, como para completar esta paradójica puesta en escena de repudiar un golpe de Estado ocurrido hace casi medio siglo, mientras colabora alegremente a la desestabilización de un gobierno que, además de contar con sus legítimos atributos institucionales, dispone de la originalidad de haber sido forjado hace apenas dos años y medio por la misma señora que ahora lo desestabiliza.

Fracturado o dividido, lo cierto es que la crisis política del gobierno es indisimulable, con el añadido de que quienes parecen precipitar con más entusiasmo esa crisis son los mismos que en algún momento se ufanaron de retornar al poder "para ser mejores", proclama que incluyó por supuesto ocupar posiciones estratégicas en la estructura del Estado, posiciones a las que no están dispuestos a renunciar.

No deja de ser una ironía de la política que las posiciones más duras contra el actual gobierno provengan de su interior o, para ser más precisos, de quienes fueron los verdaderos artífices de este ensayo de poder cuya pila bautismal fue un tuit. De todos modos, la estrategia del kirchnerismo desde el punto de vista institucional sigue siendo una incógnita en tanto se sabe de lo que están en contra aunque se ignora qué proponen a cambio.

Ejercen el poder, ocupan posiciones estratégicas, pero la única certeza que se dispone de ellos es la condena al acuerdo con el FMI, sin que como contrapartida se conozca alguna propuesta "superadora". Por lo que pudo trascender, el pronóstico de Cristina es que el único destino que les aguarda es la derrota en 2023, motivo por el cual la decisión no es la de intentar revertir una situación desfavorable, sino tomar la mayor distancia posible e incluso transformarse en los más duros opositores al actual gobierno. El propio devenir de los acontecimientos pareciera legitimar aquello que sostuvo en los inicios del actual gobierno acerca de un "albertismo" moderado contrastando con un "cristinismo" intransigente.

Si en política los matices importan, este principio también vale para esta singular interna vivida por el peronismo, singularidad cuyo rasgo distintivo es que el conflicto se despliega en el interior de un gobierno en crisis, una crisis visible que se viene incubando desde hace meses, una de cuyas manifestaciones más notorias fue la derrota electoral del año pasado. Los vencimientos con el FMI y la invasión de Rusia a Ucrania no han hecho más que agudizar esta crisis en la cual el albertismo "quiere" pero no puede y el kirchnerismo no puede ni quiere. El contexto habilita a dirigentes que intentan reparar el daño cometido invocando la unidad, advirtiendo del peligro que significaría el retorno de "la extrema derecha y el fascismo". Dos solicitadas de intelectuales "cristinistas" y "albertistas" pusieron en evidencia estas diferencias. El llamado a la unidad para gobernar, contra la advertencia de que toda moderación en el actual contexto afecta los verdaderos intereses populares.

¿Podrán saldarse esas diferencias? Podrían hacerlo si existiera un plan de gobierno, un acuerdo acerca de lo que corresponde hacer. Al respecto, hay motivos para sospechar que no hay propuestas viables, salvo agitar el espantajo de las desgracias que representaría para el país el retorno de la "derecha y el fascismo".

Por lo pronto, no parecen ser la extrema derecha y el fascismo los peligros que acechan a la Argentina. La oposición política representada por Juntos por el Cambio puede ser calificada como una derecha democrática o centrista, aunque no falta quienes le imputan vicios socialdemócratas, mientras que dirigentes como Milei, cuya admiración por el peronista Carlos Menem es indisimulable, no se priva de imputar a un político moderado y conservador como Rodríguez Larreta de "zurdo" y otras lindezas por el estilo.

Conclusión: no hay indicios que permitan temer que el actual gobierno sea víctima de una acechanza fascista, aunque sobran los datos para sospechar que, si alguna acechanza contra su estabilidad merodea su entorno, esa acechanza proviene de sus propias filas. Sí es verdad que si el sistema institucional se mantiene, Juntos por el Cambio dispone de muchas posibilidades de ser gobierno en 2023, una posibilidad que incluye hacerse cargo de una herencia que suma graves problemas económicos y sociales.

Si esta perspectiva, compartida por la mayoría de los analistas políticos incluidos los kirchneristas, se hiciera realidad, los argentinos nos encontraríamos ante la posibilidad de hacernos cargo de una buena vez de los problemas reales que afectan al país, problemas que para empezar a resolverse reclamarían de una mayoría política capaz de hacerse cargo de que las horas que nos esperan son de prueba y que los problemas a resolver incluyen esfuerzos compartidos y la certeza de que no hay soluciones milagrosas.     

Importa que los dirigentes de Juntos por el Cambio se preocupen de los desafíos de su hipotética gestión a partir de 2023 y, sobre todo, que en principio no se repita para esa jornada los desgraciados episodios de 2015 con una titular del Poder Ejecutivo que se niega a entregar los atributos del mando y una oposición peronista absolutamente convencida de que la llegada de Macri al poder significó el retorno de los militares de 1955 o 1976. Importan estas preocupaciones, pero por el momento ningún político puede desentenderse de los desafíos del tiempo presente, y en particular de la travesía que a los argentinos nos aguarda en los próximos meses con un gobierno que no disimula su crisis y su impotencia.

Dirigentes de Juntos por el Cambio no ignoran estas dificultades, pero no obstante se han preocupado por advertir que no están dispuestos a cogobernar o a tomar partido por algunas de las facciones peronistas hoy enfrentadas entre sí. Por su parte, el peronismo en el gobierno ha logrado hasta el momento mantener controladas las variables económicas y financieras. Nada anda bien, pero nada permite por el momento augurar una catástrofe estilo hiperinflación con sus correspondientes estallidos sociales. Con dificultades, sin disimular refriegas internas, el peronismo se las arregla para contener a sus bases. ¿Hasta cuándo lo hará? Imposible saberlo, aunque todos perciben que esta suerte de cheque en blanco que los pobres le han extendido al peronismo ya ingresó en su cuenta regresiva.

Rogelio Alaniz

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