Miércoles, 01 Junio 2022 13:17

La Cumbre de las Américas y el fantasma de los 60 - Por Pablo Mendelevich

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Si John Kennedy y el Che Guevara, que dejaron este mundo hace casi seis décadas, cuando tenían 46 y 39 años, se levantaran hoy de sus tumbas y vieran que América latina y Estados Unidos siguen discutiendo “el problema cubano”, seguramente celebrarían una coincidencia. Lo menos que pensarían es que al morir ellos el reloj de la historia se detuvo.

“Con OEA o sin OEA, ya ganamos la pelea”, cantaba Carlos Puebla cuando Buenos Aires todavía tenía tranvías y Alberto Fernández estaba empezando a manejar el triciclo. El Muro de Berlín carecía de graffitis: recién se estrenaba. Era la época en la que Frondizi negociaba “el problema cubano” con Kennedy por un lado y con el Che por otro. Recibir secretamente en Olivos al líder guerrillero, como se sabe, les agrandó a los militares la sospecha de que Frondizi (quien había tenido de ministro de Economía a Álvaro Alsogaray) era medio comunista y eso aceleró su caída. 

La expulsión de Cuba fue aprobada por 14 países americanos en el casino del hotel San Rafael de Punta del Este (hubo que retirar los dados y las ruletas), con la sola oposición de México, el 31 de enero de 1962. Junto con Chile, Bolivia, Brasil, Ecuador y Uruguay, la Argentina se abstuvo. El argumento fue que la adhesión de cualquier miembro de la OEA al marxismo leninismo es incompatible con el Sistema Interamericano, celo democrático que sin embargo no tuvo correlato con las dictaduras militares clásicas por entonces rutinarias. Cuarenta y siete años después, en 2009, la expulsión fue derogada, pero Cuba no se reincorporó. Y al vaivén se sumaron Venezuela y Nicaragua, dictaduras del siglo XXI que adaptaron la coreografía castrista.

Ese interminable minué de resonancia adolescente acerca de estar invitado o no estar invitado a la fiesta se renueva ahora en la Cumbre de las Américas, formato nacido en 1994 en Miami, donde se reunieron 34 jefes de Estado (al agregarse Canadá y las islas Estado del Caribe) con la novedad de que todos ellos habían sido elegidos en forma democrática. Ahí se concibió el ALCA, que Estados Unidos copió del NAFTA (tratado de libre comercio de Norteamérica) y que no consiguió alcanzar la mayoría de edad: se pinchó.

Llamar Américas al continente ayuda a recordar, por si hiciera falta, la influencia de Estados Unidos en la región. Viene del inglés, “the Americas”. Los estadounidenses dicen así porque para ellos América no es el continente, es Estados Unidos. En cambio, nadie habla de las Europas, las Áfricas ni las Asias, porque ninguna potencia se arroga allí la identidad continental.

El asunto es que el lunes próximo comienza en Los Ángeles una nueva Cumbre de las Américas, que como casi todo lo que se hace este año debió haberse hecho el año pasado, pero se postergó por la pandemia. Lleva un nombre que a quien pase distraído por la puerta le puede sonar a grupo de autoayuda: “Construyendo un futuro sostenible, resiliente y equitativo”. Es la novena cumbre. Después de Miami vinieron Santiago (1998), Quebec (2001), Mar del Plata (2005), Puerto España (2009), Cartagena de Indias (2012), Panamá (2015) y Lima (2018). Además, en Santa Cruz de la Sierra (1996) se ratificaron los acuerdos de la ONU de la Cumbre de la Tierra de 1992 y en Monterrey (2004) por iniciativa de Canadá se insertó otra cumbre extraordinaria debida a los cambios de gobiernos.

La Argentina consiguió que una de las más memorables de la serie (por lo menos para la memoria del Tío Sam) fuera la de Mar del Plata, cuando el centro de esa ciudad quedó destruido. El gobierno anfitrión organizó una contracumbre, animada por Maradona y aderezada con violentos disturbios para repudiar a George Bush (h), huésped oficial. Hospitalidad antiimperialista.

Para la semana próxima se vuelve a hablar de cumbre paralela, pero como la cumbre oficial es en Los Ángeles no se buscará repudiar la presencia allí del presidente de Estados Unidos sino subrayar las ausencias de Miguel Díaz- Canel, Nicolás Maduro y Daniel Ortega, los tres estadistas que lideran Cuba, Venezuela y Nicaragua. Como Joe Biden no los invitó, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) dijo que cancelaría su presencia en Los Ángeles. El presidente mexicano quería que el encuentro fuera una cima del diálogo y la fraternidad.

México tiene tradiciones firmes en política exterior. Entre otras cosas, siempre abogó por la participación universal en los organismos regionales. Otros presidentes latinoamericanos (el boliviano Luis Arce, el chileno Gabriel Boric, la hondureña Xiomara Castro) también se quejaron, pero Estados Unidos no sólo no retrocedió, sino que mandó de gira a un exsenador, Chris Dodd, para persuadir uno por uno a los invitados ofendidos. Maduro, se recordó, tiene una orden judicial de captura en Estados Unidos. Y el nicaragüense Ortega dijo que no le interesaba ir.

Así las cosas, nuestro Fernández anticipó enfáticamente que en protesta por las discriminaciones él tampoco iría. Eso por la mañana. Por la tarde anunció que sí va a asistir. Y por la noche, que todavía no lo tiene decidido. La última noticia dice que sí va a ir, pero que aún no lo tiene decidido.

Como Fernández preside desde hace poco la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), organización de 33 países inspirada en 2011 por Hugo Chávez que, huelga decirlo, no incluye a Estados Unidos pero sí a las dictaduras de izquierda, la idea sería simular otra cumbre en el mismo escenario, bajo el sello de la Celac, haciendo alarde de las presencias de cubanos, venezolanos y nicaragüenses, ya se verá con qué jerarquías.

Biden, no se sabe si para neutralizar la contracumbre de la Celac o porque algo tenía que entregar, estaría planeando invitar a funcionarios cubanos no demasiado importantes para hablar de temas específicos como la pandemia. Pero hay que ver si Cuba acepta. Y hay que ver si la contracumbre arma bullicio. No deben perderse las esperanzas: en estos foros la efectividad, así como la creatividad en el rubro protestas suele ser superior a la que se verifica en políticas para el desarrollo.

Un chiste conocido de la diplomacia dice que las cumbres sirven para definir dónde se hará la próxima cumbre, pero tal vez habría que actualizarlo. La discusión sobre quién ha sido invitado y quién no parece llevarse una buena cantidad de energía en los más altos niveles. Claro que eso tiene cierta lógica: en un hemisferio con el diálogo deteriorado, cómo posicionarse frente a regímenes autocráticos es un problema que, por diferentes motivos, ni Estados Unidos ni la Argentina lograron resolver con eficacia ni en forma sostenida. A diferencia de las políticas erráticas de Estados Unidos, las políticas erráticas de la Argentina no tuvieron necesidad de esperar los recambios presidenciales. Un mismo presidente consiguió desarrollar políticas contrapuestas, no ya sobre la oxidada Revolución Cubana sino respecto de Venezuela y Nicaragua, dictaduras condenadas o respaldadas (más lo segundo que lo primero) por las violaciones a los derechos humanos durante la era de los Fernández de una forma u otra dentro de la misma semana.

No es mala en sí misma la postura de reclamar la inclusión en la cumbre de los países que no son democráticos, algo que AMLO puede exigir con más coherencia y credenciales que Alberto Fernández. “No me callo más –se envalentonó el presidente hace poco-, lo que digo acá lo digo en el Norte”. No se refería a Tilcara sino a Estados Unidos, aunque lo más sorprendente fue su percepción de que hasta ahora estuvo callado.

El problema pasa, quizás, por el énfasis, por las prioridades y por los modos de presionar. La medida extrema de dejar solo a Biden en Los Ángeles, ¿se justificaría para la Argentina? ¿Está en el interés nacional pelearse con Estados Unidos, que viene de apoyar al país en el FMI, para defender el derecho de tres dictadores a asistir a la Cumbre de las Américas?

En cuanto a los modos de presionar lo que llama la atención es que se haya elegido el camino público, que achica los márgenes de negociación, y no uno más discreto, más propio de la diplomacia. Porque en definitiva de eso se trata, de diplomacia. No de recrear los años sesenta.

Pablo Mendelevich

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