Viernes, 17 Junio 2022 10:22

Una crisis que se acelera por la mala praxis y el vacío de poder - Por Sergio Berensztein

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A sus brutales disputas internas y su pésimo manejo de la economía, con el episodio del avión venezolano-iraní, el oficialismo suma sospechas crecientes sobre un eventual realineamiento de la política exterior

En las últimas semanas, la política argentina protagonizó un conjunto de hechos que ratifican su dinámica autodestructiva, su profunda disfuncionalidad y su incapacidad para resolver, ordenar o priorizar las demandas más agudas de los ciudadanos. Los escándalos permanentes y cada vez más patéticos son el resultado de (y asimismo resaltan) los fracasos sistemáticos y palmarios en la gestión de los asuntos públicos, como consecuencia de un aparato estatal enorme, hiperburocratizado y opaco, ineficiente e ineficaz. La agenda de debate cotidiana pone de manifiesto que el conjunto del sistema político corre por detrás de los problemas de fondo, con actores que no pueden ni saben cómo torcer la lógica perversa del entorno del cual forman parte, del que son presos y del cual no pueden prescindir. 

Resignados, muchos se convierten en cronistas impotentes de una decadencia que parece no tener fin. Otros buscan sobrevivir fugando hacia adelante, tratando de anticipar los planes electorales por múltiples motivos. Después de todo, es “el juego que mejor juegan y que más les gusta”. También disimula o al menos desplaza el foco de atención de la evidente mala praxis con la que se encaran las cuestiones más relevantes. Se pone así en movimiento ese perezoso andamiaje de aparatos políticos que, incompetentes para gestionar y vaciados de representatividad y legitimidad de ejercicio, solo tienen alguna utilidad marginal en época de comicios y para desarrollar tareas que existen por la renuencia a transparentar y agilizar el sistema de votación, como ocurre en el caso de la boleta única de papel.

El oficialismo es el principal responsable de que la crisis se acelere, particularmente por sus brutales disputas internas y su pésimo manejo de la economía. A esto le agrega, a partir del jaleo generado por el avión venezolano-iraní, sospechas crecientes sobre un eventual realineamiento de la política exterior justo cuando la amenaza ya no de una nueva guerra fría, sino de una tercera guerra mundial, permea en los horizontes del liderazgo global público y privado. ¿Fue el viaje de Alberto Fernández a Rusia, a comienzos de febrero, un punto de inflexión en el hasta entonces zigzagueante vínculo de la Argentina con el mundo? Un conjunto de comportamientos recientes así lo sugieren: su cerrada defensa de las dictaduras de Cuba y Venezuela, su impugnación a Luis Almagro (excanciller de Pepe Mujica, amigo presidencial) y la presunta designación de Cristina Caamaño, exinterventora en la AFI y abierta simpatizante de la causa palestina, como embajadora en Israel. Sumada a la curiosa presunción de Agustín Rossi en el sentido de que se trataba de un mero vuelo de instrucción, no sorprende la profunda desconfianza que impera en los servicios de inteligencia de Occidente respecto de sus pares en el país: por eso la información respecto del vuelo de Emtrasur llegó a través de Paraguay.

La erosión del liderazgo presidencial se expresa en los datos de opinión pública: según un reciente estudio de D’Alessio-IROL/Berensztein, la imagen positiva de Alberto Fernández es de apenas 21%, mientras que la negativa supera el 70%. Sepultado el nonato “albertismo” con la renuncia de Matías Kulfas, es difícil entender cómo enfrentará el desafío de gobernar los siguientes 17 meses. ¿Está en condiciones de intentar un cambio en la forma en la que administra los asuntos del país? ¿Podrá reinventarse o recuperar algo de protagonismo y centralidad? Ni siquiera quienes hasta hace poco confiaban en sus habilidades se animan a sostener esta hipótesis. Sin ese reposicionamiento, ¿qué probabilidades existen de que modifique el curso de una crisis económica que, de acuerdo con lo ocurrido en las últimas semanas y considerando la falta de dólares y el cambio de actitud en el mercado financiero respecto de la deuda en pesos, está escalando? El vacío de poder incrementa la desconfianza de los agentes económicos, algunos de los cuales obtienen ganancias fenomenales con maniobras especulativas. Como consecuencia, el país es cada vez más pobre e irrelevante en el concierto de las naciones. ¿Es consciente de todo esto el Presidente, fundamentalmente cuando se cree en condiciones de dar consejos y sermones a sus pares en eventos como la Cumbre de las Américas? La humildad nunca fue uno de los principales atributos de nuestro liderazgo (ni de nuestra cultura), pero sorprenden el descaro y la falta de sentido de realidad que caracterizaron sus últimas apariciones públicas, sobre todo en el exterior.

Luego de la derrota electoral del kirchnerismo en 2013, descartado el desvarío personalista de “Cristina eterna”, los activos financieros del país experimentaron una notable recuperación: las principales opciones electorales eran percibidas como infinitamente mejores que la catastrófica prestación del kirchnerismo radicalizado, con Axel Kicillof a la cabeza. Tanto Daniel Scioli como sobre todo Mauricio Macri eran percibidos como líderes mucho más racionales y predecibles. ¿Explica esto la designación del exembajador en Brasil como nuevo titular del Ministerio de Desarrollo Productivo? Solo en parte. Es muy poco convincente el argumento de que su incorporación al gabinete implica una “musculatura política” extra, como se argumentó en la Casa Rosada. Pueden resaltarse otros aspectos, como su hiperactividad, optimismo o resiliencia. Pero ver en Scioli una personalidad con peso político propio resulta desmedido aun para los peculiares estándares que predominan en el entorno presidencial, donde todavía no se resignan a descartar las aspiraciones de competir el año próximo. En ese aspecto, el flamante ministro no representa una amenaza seria: su imagen positiva no difiere demasiado de la del propio Fernández. En rigor, ningún dirigente del FDT supera los 30 puntos en ese ítem.

En Juntos por el Cambio observan el desarrollo de los acontecimientos y el próximo turno electoral con un ánimo similar al que impera en el país respecto del Mundial de Qatar: ojalá fuera ya mismo. Es muy prematuro afirmar que el fenómeno Milei entró en un temprano ocaso, pero sus errores políticos y la retracción en su crecimiento sugieren que su amenaza es menos seria de lo que algunos temían. La competencia interna, en especial dentro de Pro, está lejos de resolverse. Al radicalismo, encolumnado en principio detrás de Facundo Manes, le convienen las pujas existentes, y podría incluso beneficiarse en una potencial PASO si se confirman las participaciones de Miguel Pichetto y de Ricardo López Murphy, que en principio competirían en los mismos segmentos que Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich.

Persiste el riesgo de una ruptura, pero menguado por el empantanamiento de Milei y por las perspectivas de un triunfo potencialmente arrollador. Si se proyectan las tendencias de opinión pública actuales y teniendo en cuenta el resultado electoral de noviembre pasado, JxC podría aspirar a ganar no solo la presidencia, ratificando el predominio que exhibe en CABA, Mendoza, Corrientes y Jujuy: también podría ser muy competitivo en Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Chaco, Chubut y la propia provincia de Buenos Aires. Tendría entonces el control de la Cámara de Diputados y habría una correlación de fuerzas muy diferente en el Senado. Se trata de la posibilidad de administrar una porción de poder territorial e institucional sin precedentes para una coalición no peronista. Aunque, justamente por eso, eventualmente esté también integrada por algunos peronistas que busquen reconvertirse.

Sergio Berensztein

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