Viernes, 15 Julio 2022 11:11

Dispersión del poder e ilusiones copernicanas - Por Jorge Raventos

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La primera semana de Silvina Batakis al frente del Palacio de Hacienda desconcertó tanto a analistas precipitados como a muchos de los actores políticos. Aunque aún no adoptó medidas decisivas, la flamante ministra expuso conceptos que pocos esperaban: se reconoció partidaria de un sano equilibrio fiscal, prometió no gastar por encima de los ingresos; tomó distancia de la idea de un Estado empeñado en ahorrar, pero subrayó la necesidad de garantizar la solvencia estatal; anunció el control desde su cartera del gasto de todo el sector público (no reducido en exclusividad a la administración central, sino incorporando también a organismos descentralizados y funcionalmente autónomos) así como el congelamiento de personal en todo ese universo.

En fin, aseguró que se cumplirán los compromisos acordados con el FMI y que, en relación con las tarifas de los servicios públicos, continuará los procedimientos ya definidos por su antecesor, el renunciado Martín Guzmán. 

Una sorpresa llamada Batakis

Los que habían diagnosticado -algunos con esperanza, otros, del otro lado, con suspicacia- una pureza genética kirchnerista de la ministra, reaccionaron con sorpresa. En el extremo del mundo K hubo una rápida reacción decepcionada y un reflejo de rebeldía, acompañado por la promesa de rechazo callejero. En la otra orilla - en el borde sistemáticamente contrera de la oposición- el dictamen fue escéptico: Batakis habla para engañar a los mercados, la señora de Kirchner no aprobaría jamás las ilusiones de la ministra.

Sin embargo, la vice (y también sus lenguaraces más cercanos, si bien conviene recordar que ella ya advirtió: “nadie habla en mi nombre”) mantuvo un discreto silencio tanto desde su refugio santacruceño como a su vuelta a Buenos Aires. La señora es consciente de que, ante una sociedad hastiada de las lejanas maquinaciones de la política, no puede “revolear un ministro” todos los días; comprende asimismo que los cañonazos con los que hundió a Martín Guzmán también escoraron significativamente al barco del oficialismo en el que ella misma navega (y, si bien se mira, hasta capitanea), razón por la cual debe dosificar con prudencia sus disparos. Probablemente ni siquiera alcancen la moderación y el silencio de la vice para enderezar la embarcación. Esta semana se ensanchó la brecha entre el dólar comercial y los valores paralelos (blue, “contado con liqui”, etc.), aumentó el riesgo país; al conocerse ayer la cifra de inflación de junio se dispararon las hipótesis más aventuradas sobre julio y, en general, el segundo semestre.

En general, persiste la atmósfera de vísperas, con independencia de los movimientos de la ministra, en la medida en que no existe una respaldo explícito de la señora de Kirchner al rumbo dibujado por Batakis y, más bien, flota la idea de que la vice puede en cualquier momento activar nuevamente su letal artillería.

Después del último fin de semana, el triángulo protagónico del oficialismo -la vice, el Presidente, el jefe del Frente Renovador- se reunieron conciliadoramente buscando reparar los daños autoinfligidos antes, durante y después del episodio renuncia de Guzmán. La señora de Kirchner y los otros actores principales de esta novela coincidieron en que no podían contribuir al fracaso de una ministra que todos ellos, por acción y por omisión, contribuyeron a catapultar.

Las tres partes involucradas coincidieron en bajar un cambio y hacer declaraciones pacificadoras. Los tres habían salido con magullones de aquellas peripecias: Massa, afeitado y sin visitas, acarició por unas horas una poderosa jefatura de gabinete que no se concretó; Fernández, despojado de su ministro más defendido, frustrado por los candidatos a reemplazarlo que rechazaron su llamado y decisivamente menoscabado en su autoridad; y la señora de Kirchner porque tropezó con la posibilidad  de que su valido, Alberto Fernández, se entregara a la tentación de renunciar y la obligara extemporáneamente a tomar una resolución sobre la Presidencia.

Conjeturas de la Señora

La verdad es que, desde hace semanas, cuando comprendió que el artefacto inventado por ella para encabezar este periodo político no funcionaba adecuadamente, la señora analiza qué hacer si tiene que hacerse cargo personalmente de la reparación.

Los últimos hechos han demostrado que, si  bien subsisten los motivos centrales que la llevaron en 2019 a postergar su aspiración a la candidatura presidencial y a delegarla (imagen pública ampliamente negativa, rechazo de los llamados poderes fácticos), ha quedado demostrado que mientras su propio poder se ha vuelto irrebatible en el seno del Frente de Todos,  la impotencia de Fernández le impide a éste cumplir adecuadamente con la centralidad de la autoridad presidencial y muchos de los líderes territoriales peronistas que lo preferían y que contribuyeron a alejarla de la postulación tres años atrás, hoy están decepcionados con el Presidente y comprenden la necesidad de una autoridad real que ordene al oficialismo.

Simultáneamente, ella cree observar una tendencia parecida en al menos un sector del llamado círculo rojo que, según sus cálculos, estaría necesitando un poder real con el que sentarse a negociar para llegar a “efectividades conducentes”, dicho en prosa yrigoyenista.

Una frase del columnista Carlos Pagni - un zahorí de las clases principales-, lanzada el lunes en su programa de cable, pareció confirmar ese pálpito de la vice: “Mucha gente que no es kirchnerista -inclusive gente ácidamente crítica de Cristina Kirchner- piense - aseguró Pagni- que la única solución es que el poder lo asuma Cristina y que ella, con las palancas del Gobierno, gire al centro, como una especie de Lula da Silva, como está pasando en Colombia con Gustavo Petro, como pasa en Chile con Gabriel Boric (...) Una Cristina fiscalista sería la solución. Algunos dicen: Aun con un cambio de gobierno, con Cristina en frente agitando a la gente contra el ajuste, esto tampoco tiene solución. Es una tesis para pensar”.

Mao, Nixon, Begin

La historia contemporánea ha mostrado muchos cambios copernicanos, protagonizados por los actores menos pensados. Fue el halcón israelí Menahem Begin el que suscribió el primer acuerdo de paz con un país árabe (Egipto, 1978): un laborista difícilmente habría podido hacerlo, pues se hubiera encontrado con la férrea posición de los halcones de Begin. Fue el republicano Richard Nixon (orientado por su secretario de Estado, Henry Kissinger) el que tejió, medio siglo atrás, el histórico acuerdo entre Estados Unidos y la China conducida por el Partido Comunista. En su libro de recuerdos In the Arena, Nixon recuerda su charla de entonces con Mao Tsetung: “Voté por usted en las últimas elecciones”, le dijo Mao.  “Si el señor presidente votó por mí, lo hizo por el menor de los males”, bromeó Nixon. Mao comentó: “Me gustan los de derechas... Me siento bastante feliz cuando ocupan el poder”. Y Nixon: “En Estados Unidos los de derechas son capaces de hacer aquello que los de izquierdas se limitan a seguir debatiendo”.

Las especulaciones que a partir de esos antecedentes puedan construirse en el Instituto Patria o en  salones del círculo rojo son, por el momento, menos importantes que lo que denotan: la centrifugación de la autoridad presidencial, el avance de la ingobernabilidad y los miedos que ese proceso es capaz de suscitar, la falta de ilusión en el poder que pueda construirse desde la actual oposición y la ironía de que la mayor concentración de poder actual sea, apenas, la que la vice puede acumular con fuerza interna del oficialismo en condiciones de vetar o de avalar, pero no de ejercer efectiva y constructivamente.

El vacío resultante impone ritmos a la política. La elección del año 2023 luce demasiado lejana para la ansiedad que reflejan los mercados y, según las encuestas, la sociedad.

Parece crecer la certeza de que ese destino puede adelantarse. Un síntoma notable es el comportamiento de Horacio Rodríguez Larreta en los últimos tiempos. El jefe de gobierno porteño ha sido pintado como un tiempista paciente y hasta hace muy poco rechazaba sistemáticamente adoptar el modo electoral. Pero ahora está apresurando el ritmo, presionando definiciones internas en función de su candidatura presidencial (por ejemplo, roces con el sector que lidera Emilio Monzó, urgiéndolo a definir lealtades), como si estuviera convencido de que las elecciones no serán dentro de quince meses, sino bastante antes.

Jorge Raventos

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