De acuerdo común, Sergio Massa es el más camaleónico de los políticos nacionales, un nómade ideológico sin escrúpulos conocidos que sería capaz de hacer cualquier cosa para alcanzar la presidencia que tiene en la mira desde la más tierna niñez. Entre los caritativos, el epíteto más usado para calificarlo es “pragmático”. Sea como fuere, si bien en circunstancias menos agitadas que las actuales la reputación nada buena que se ha granjeado en el transcurso de su carrera sinuosa y que se ve reflejada por las encuestas que lo ubican -con Cristina Kirchner, Máximo y Alberto Fernández- entre los líderes oficialistas más repudiados del país, lo condenaría a un fracaso sonoro, por ser tan desesperadamente mala la situación en que se encuentra el país es posible que lo ayude.
En su favor está la esperanza de que, por ser el personaje desprejuiciado que es, podría arreglárselas para liberarse de la tutela sofocante de la jefa y la fauna servil que la rodea. Tendrá que hacerlo si aspira a manejar la grotescamente distorsionada economía nacional con cierta racionalidad. Será por tal motivo, además de lo que sucedía en otras partes del mundo, que los mercados hayan reaccionado de manera inicialmente positiva frente a su transformación en “superministro”. A diferencia de Silvina Batakis, que no logró consolidarse a pesar de sus esfuerzos por hacer creer que era un halcón fiscal, Massa es, conforme a las no muy exigentes pautas locales, un peso pesado político.
Así y todo, es innegable que ha hecho una apuesta sumamente arriesgada, una propia de un kamikaze impaciente que no quería perder más tiempo esperando a que la gran crisis devorara a los kirchneristas con los cuales se alió luego de haberlos fustigado sin misericordia durante años. Son tan malos los malditos números que no le será del todo fácil ordenarlos antes del colapso generalizado que vaticinan los agoreros que, por cierto, no carecen de motivos para prever lo peor. Para los más escépticos, su apuro hará recordar el verso de Alexander Pope según el que “los tontos se apresuran adonde los ángeles temen pisar”, pero Massa mismo cree que, por ser tan enorme el desafío que ha pedido enfrentar, los peronistas y los habituados a acompañarlos le rendirán homenaje por su osadía y se sentirán satisfechos si consigue prolongar el statu quo lo suficiente como para que otros tengan que encargarse del desastre.
Quienes lo conocen dicen que se inspira en el ejemplo brindado por el brasileño Fernando Henrique Cardoso, el sociólogo renombrado que, como presidente, con el “Plan Real” que sus adversarios denostarían por “neoliberal”, rescató a un país que corría peligro de hundirse en medio de una feroz tormenta económica. Por supuesto, antes de alcanzar la presidencia de su país Cardoso había sido no sólo un político destacado sino también un académico internacionalmente célebre y, una vez en el poder, contaría con equipos técnicos de primer nivel, logros que Massa no puede atribuirse. Por lo demás, lo ayudó el que en aquel entonces la oposición estaba liderada por quien sería su sucesor, Luiz Inácio “Lula” da Silva, que resultaría ser un moderado, no por alguien tan extravagante como Cristina.
Aunque es de suponer que Massa tiene algo parecido al “Plan Real” brasileño en mente, antes de ponerlo en marcha le sería necesario domesticar a los kirchneristas que ocupan lugares clave en el laberíntico aparato gubernamental, incluyendo a muchos del área energética y, mientras tanto, impedir que estalle el conurbano insaciable que absorbe cada vez más de los recursos que produce el resto del país. Por ahora, con Cristina vigilándolo, Massa tendrá que obrar con cautela porque, pero sin su ayuda o, por lo menos, su silencio, le será muy difícil mantener tranquila a la horda de militantes voraces que se han acostumbrado a vivir del Estado, para ellos benefactor, que han sabido construir.
Es de suponer, pues, que en su fuero interior el tigrense estará rezando para que el juicio por corrupción en la obra pública en que la vicepresidenta cumple el rol estelar termine desacreditándola por completo y desmoralizando tanto a sus fieles que la abandonen a su suerte. Sabrá que, antes de que le sea demasiado tarde, le será necesario romper con el kirchnerismo fanatizado que, con tal que conservara el poder, preferiría que la Argentina se cayera en pedazos a que por fin comenzara a sacar provecho de las muchas ventajas comparativas que todavía conserva.
Desde hace casi veinte años, Massa se ha sentido obligado a privilegiar su relación con los Kirchner, colaborando con ellos cuando le pareció provechoso hacerlo y desafiándolos si sentía que le permitiría aumentar su propio poder, como en efecto sucedió luego de que contribuyó a dinamitar el sueño de la re-reelección eterna. Si bien aún no les ha dado la espalda nuevamente, no puede sino entender que cuanto antes Cristina se vea expulsada de la corporación política mejor será para él y para el país. No sólo se trata de que sea un rival político que, si bien su poder se ha menguado últimamente, todavía está en condiciones de ocasionarle un sinfín de problemas. También de que sea económicamente tóxica. Mientras esté, será virtualmente imposible restaurar la confianza en el futuro de la Argentina; desde el punto de vista de los inversores en potencia del país y del exterior, la mera presencia de la señora en el gobierno constituye una amenaza tan seria que prefieren no comprometerse. Aunque es imposible estimar el costo Cristina, a bien seguro equivale a una proporción sustancial del producto bruto nacional.
Se ha iniciado, pues, una etapa que promete estar repleta de paradojas. La presidenta virtual es consciente de que su propia salvación, vinculada como está con la evolución de su poder político, dependerá del éxito o fracaso de la gestión del “superministro” que a regañadientes aprobó porque creía que ya no quedaban más alternativas viables. Sin embargo, para que Massa alcance sus objetivos mínimos -frenar la inflación, encontrar varios miles de millones de dólares para que el país cuente con reservas e impulsar a los empresarios, comenzando con los del campo, a producir y exportar más-, tendrá que liquidar el poder que aún retiene Cristina sin asustarla prematuramente. Así las cosas, estamos por asistir a un duelo político despiadado.
Si algo no le falta a Massa es confianza en sus propios dones. Con modestia, dice no creerse un “salvador” o un hombre providencial, pero no puede sino esperar que otros, comenzando con los empresarios y financistas del país, seguidos sin demora por aquellos del resto del planeta, se sientan debidamente impresionados por su presunta voluntad de hacer cuanto sea preciso para ahorrarle al país el destino triste hacia el cual ha estado deslizándose como un sonámbulo.
James Neilson


El plan del tigrense será puesto a prueba por los mercados y la inflación descontrolada. ¿Qué puede fallar o salir bien?