Domingo, 21 Agosto 2022 05:25

Todo es posible, incluso lo imposible - Por Rogelio Alaniz

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Las recientes declaraciones de colaboradores de Milagro Sala despejan cualquier duda respecto del carácter delictivo de esta señora, calificada por el kirchnerismo como luchadora social y víctima de la perfidia y la malicia de los gobiernos antipopulares y gorilas.

A los fallos de la justicia, la acumulación de pruebas, los procesos, se suman declaraciones de testigos "íntimos" cuyas palabras poseen el eco reconocible de la verdad. Milagro Sala es lo que es: lo han dicho las leyes, lo han dicho los jueces, lo dicen las pruebas, lo dicen dirigentes sindicales de su provincia y lo dice la opinión pública. Que ella venga de abajo, que haya nacido en la pobreza y haya padecido humillaciones, no la justifican. En términos morales, ser pobre o rico no avalan ni determinan nada. 

También alguna vez fueron pobres Al Capone, Pablo Escobar o el Chapo Guzmán, pero esa pobreza de origen no los hace inocentes. Si el pasado de Sala fue la pobreza, debería haber sido leal a él y no transformarse en una delincuente enriquecida con dineros destinados a los pobres. Aconsejo ver la película "Los olvidados" de Luis Buñuel, filmada hace más de setenta años en México. La cámara registra el universo de la pobreza extrema. Mendigos, rateros, asesinos pueblan ese territorio y sus primeras víctimas son sus vecinos, sus compañeros de clase. El universo de "Los olvidados" no está poblado por almas angelicales.

Pero Milagro Sala fue un eslabón de un sistema dedicado a saquear recursos nacionales, dedicado a practicar el clientelismo más degradado y montar un sistema de dominación política, en nombre de los pobres que por esas perversidades de la política populista devienen en las primeras víctimas de ese orden. Alguna vez escribí que no dejaba de ser una injusticia, en el sentido más humano de la palabra, que Milagro Sala esté presa y Cristina Kirchner en libertad. Nada de lo que hizo y dejó de hacer la dirigente de la Tupac podría haberlo hecho sin el aval de su jefa política.

Milagro traicionó a sus compañeros de clase, traicionó la causa que dijo defender, pero no la traicionó a Cristina. El clientelismo, la violencia, la miserable cultura del pobrismo, no los inventó ella. Tampoco inventó la filiación de dirigentes convencidos de que poseen el derecho de enriquecerse y disfrutar como jeques árabes de esa riqueza. Milagro fue una más de las que residen en casas lujosas, viajan en aviones en primera clase incluida y se alojan en los hoteles más caros. Tampoco es una invención suya lavar dinero, traficar con dólares y obtener entrevistas privadas con el compañero Papa en la cálida y bucólica Unidad Básica de Santa Marta.

La cúpula máxima del poder político argentino se expresa a través de un triángulo integrado por Alberto, Cristina y Sergio. Las necesidades, las carencias, la amenaza del naufragio los ha unido o los ha configurado a través de esa geometría. Un triunvirato más unido por los errores que por las virtudes. Si bien muchos se preguntan acerca de los resultados de esta sugestiva fórmula política, lo que habría que preguntarse, atendiendo los antecedentes de los protagonistas, en qué momento van a traicionarse. Lo que sabe es que todo está prefigurado para que así sea.

Si a Massa "le va bien", lo primero que hará será ajustar cuentas con Cristina y mandarlo al fondo del tacho a su compañero Alberto. Por su parte, Alberto y Cristina están colocados ante un dilema de hierro: necesitan que a Massa "le vaya bien" porque otro fracaso es el fin de todas sus expectativas, pero al mismo tiempo no ignoran que la "fortuna" política de Massa incluye el sacrificio de ellos. ¿Cómo resolver ese dilema? No lo saben, pero nadie está dispuesto a vender barata su posible derrota.

El problema de fondo que se le presenta al peronismo es que el partido que hizo de la distribución a cualquier precio se ha quedado sin recursos para distribuir. O los recursos que dispone no alcanzan. Los márgenes para aumentar impuestos, emitir, vender las alhajas de la abuela o endeudarse están reducidos a su mínima expresión. El objetivo apunta a sobrevivir como se pueda a través de un agónico "vamos viendo".

En el camino, el riesgo de romper relaciones con "los de abajo" y "los de arriba" es cada vez más alto. Massa se propuso, o no le quedó otra alternativa, asumir ese desafío. Dispone de "virtudes" personales como la ambición, los contactos con los grupos empresarios más dudosos y su descarado oportunismo. No es mucho, pero tampoco es nada. Sus contactos exteriores incluyen países árabes que han hecho algunas promesas difusas respecto a préstamos y otras menudencias.

El objetivo de máxima es achicar los índices inflacionarios y cambiar el mal humor no solo de la sociedad sino de los propios peronistas. El de mínima, es dejar todo como está y aguantar hasta el próximo gobierno con la esperanza que el "hierro caliente" quede en manos de la oposición. Si así fuera, el peronismo devenido en opositor sabe muy bien lo que debe hacer o, para decirlo de una manera más clara, hará lo que siempre hizo cuando fue opositor: incendiar y arrojar piedras.

Por supuesto, hay otras opciones. No estamos condenados al éxito, pero tampoco al infierno o al fracaso. Las opciones posibles dependen más de la oposición que del peronismo. La oposición deberá presentarse como una superación política del populismo; y deberá convencer a la sociedad de que lo es efectivamente. No puede ni debe ser "lo menos malo", debe ser la solución o el punto de partida para la solución.

Si el paradigma populista está históricamente agotado, la oposición deberá probar que dispone de dirigentes, luces y voluntades para iniciar un nuevo ciclo. ¿Podrá hacerlo? Por ahora, dejo la respuesta en puntos suspensivos. O para no ser tan ambiguo, afirmo que no debe preguntarse si puede hacerlo, sino convencerse de que debe hacerlo. La Argentina reclama una reforma política, económica y moral. No hay lugar para "más de lo mismo", pero tampoco para revoluciones de izquierda o de derecha. El cambio se expresa en un deseo: ser un país normal. Como dijera Daniel Bell: el futuro será de las masas si quienes las dirigen saben explicarles las líneas de ese futuro y, además, saben cómo hacerlo realidad.

Rogelio Alaniz

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