Lunes, 29 Agosto 2022 12:21

En un estado de derecho, las multitudes no emiten sentencia - Por Loris Zanatta

Escrito por

La política por mano judicial conduce a la justicia por mano política. Y viceversa. Un desastre para el estado de derecho.

Yo no sé si Cristina Kirchner será absuelta o condenada, no sabría evaluar si las pruebas confirman las acusaciones. Me formé mis propias ideas, pero de eso se trata, de ideas, impresiones, opiniones, en su mayoría basadas en información inevitablemente parcial, en juicios morales más que legales. 

Vale para mí, como vale para todos los legos. Esto es “lo bueno” del estado de derecho: que no me corresponde a mí decidir, que no se le pide a la “multitud” emitir sentencias en el circo máximo entre gritos y escupitajos, ni al Santo Oficio en el nombre de Dios, a los Robespierre en nombre de la Razón, a los Stalin en nombre del Pueblo.

Por lo que leo, Diego Luciani ha hecho con diligencia su trabajo de fiscal. Chapeau. Y la defensa el suyo de defensora, como corresponde. Hasta cuando, en vísperas de la sentencia, se desató el pandemónium: quién invoca a River y quién a Boca, quién a Jesús y quién a Barrabás, quién se cree la ley y quién por encima de la ley.

Todos presionan al árbitro, todos le exigen un pito a favor: un “vendido”, le grita el peronismo al no poder comprarlo, un “republicano” se congratula el antiperonismo.

Para conjurar la condena, el primero amenaza con prender fuego al país: una actitud eversiva. Al dar por supuesta la condenación, el segundo sueña con la redención moral. ¿No será demasiado? Al final de cuentas, el juez aplica leyes humanas y no es “la voz de Dios”, no es su tarea establecer “el bien” o eliminar “el mal” de la historia. Menos mal.

Estas consideraciones son basadas en el sentido común, pero imponen otras que no lo son tanto. Las primeras, breves y descarnadas, son sobre la oposición, sobre las tentaciones en que podría caer, arrastrada por la opinión pública. El clima político argentino es demasiado similar al italiano en tiempos de “mani pulite” y de los juicios a Silvio Berlusconi como para no sacar algunas lecciones de esa experiencia bastante amarga. La más importante es ésta: ¡ay de montar el tigre judicial, de soñar con triunfos políticos en los juzgados!

Una cosa es la sacrosanta sed de justicia después de tanta corrupción e impunidad: para eso están los tribunales. Otra cosa es esperar de los jueces lo que es de competencia de la política: eso sería a la vez ilusorio y dañino. La política por mano judicial conduce a la justicia por mano política. Y viceversa. Un desastre para el estado de derecho. Cristina podría ser absuelta, pero nada la eximirá de las responsabilidades políticas de los abusos ocurridos bajo sus mandatos.

O podría ser condenada, pero no será suficiente para liquidar al kirchnerismo como fenómeno histórico y político. En fin, no hay atajos: no será un juez quien venga a cerrar el ciclo kirchnerista. Si quieren archivarlo de una vez, deberán derrotarlo en el plano político y cultural, con alternativas creíbles, buenas ideas, dirigentes preparados.

¿Y el peronismo? El mayor problema, en su caso, es la credibilidad. Dada su pedigrí, la movilización indignada en “defensa de la democracia” no es creíble, no es seria, es ajena a su partitura. ¿Quién creería en Drácula donante de sangre, en San Francisco vendedor de armas? ¿Quién cree que Cristina Kirchner, teórica del “vamos por todo”, pasionaria de las “cadenas nacionales”, admiradora de la “via china”, sea una pobre víctima inocente de los “poderes fuertes”?

Veo prestigiosas instituciones sumarse al coro, invocar escandalizadas el “lawfare”. ¡A qué grado de abyección moral conduce el fanatismo! Gente que alaba a los Torquemadas de La Habana y Managua, cómplice de los Vishinsky de Caracas y La Paz, académicos con el estómago tan fuerte como para hacerse gustar la “democracia” de Moscú y Teherán, gimiendo desconsolados porque un fiscal y un juez jugaban fútbol juntos. ¡Qué hipócritas! ¡Y ridículos!

De hecho, tienen como socio a Alberto Fernández, el expresidente en ejercicio. Perdón por ensañarme, pero ese hombre no pega una, ni por error, ni cuando debería por cálculo de probabilidades: la pifia siempre. Pero no es inofensivo como parece: la mueca del payaso puede hacer llorar a los niños, sus palabras sobre el fiscal Luciani parecen torpezas pero suenan a advertencias mafiosas.

Pero ahí está, los cancerberos peronistas de la “democracia” se preparan para marchar. ¡Cómo le gusta marchar al peronismo! A sus precursores también les gustaba mucho. Dicen que quieren ayudar a un náufrago, pero ¿no serán piratas venidos a saquearlo y ahogarlo? Algunos sueñan con “un nuevo 17 de octubre”, con “liberar” a Cristina como “liberaron” a Perón. Juegan con fuego: la plaza contra la ley, el “pueblo” contra las instituciones, la “lealtad” contra la legalidad.

Son nostálgicos, más que realistas, volcados al pasado, más que al futuro, ajenos al hastío generalizado: al crucificar un magistrado, capaz que lo lanzan hacia la presidencia. Pero, aunque sean peligrosos, ¡quién sabe no ayuden a aclarar el panorama! Poderosos cuando se los evoca, los mitos pueden revelarse tigres de papel al pretender revivirlos.

Para pasar las páginas de la historia, hay a veces que volver donde todo empezó: ¿habría nada nada más eficaz para reconocer que esa Argentina mítica de 1945 está muerta y enterrada? ¿Que el pueblo de hoy ya no es “pueblo” de ayer, ni es tan “leal”, ni tan ansioso por “marchar”? Encontrándose en la misma encrucijada de hace setenta y siete años, los argentinos podrían tomar esta vez el camino que entonces descartaron. ¡Un 17 de octubre al revés, eso sí sería un acontecimiento histórico!

Loris Zanatta

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…