Viernes, 21 Octubre 2022 10:28

La era de los gobiernos débiles - Por Sergio Berensztein

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Países eternamente improvisados se dan la mano con aquellos que llevan décadas de estabilidad y que eran considerados símbolo de robustez y coherencia política. Las democracias liberales encuentran sus puntos en común con las autocracias.

Estamos viendo una suerte de ola que abarca buena parte del planeta y que se caracteriza por gobiernos débiles, que atraviesan crisis profundas a veces a poco tiempo de haber asumido y que deben lidiar con (y a menudo precipitan por errores no forzados) situaciones extremas. Pueden incluso dilapidar rápidamente largos esfuerzos de construcción de prestigio e influencia debido a groseros fallos de cálculo, como la invasión de Rusia a Ucrania. El Mundial de 2018 había proyectado al mundo la imagen de un país próspero y ordenado, aunque con evidentes fallas de su sistema democrático. Hoy se convirtió casi en un paria y en un riesgo inédito por sus amenazas de escalada nuclear. En esta misma línea aparece la decisión del Reino Unido de desplegar una política económica anacrónica, ideologizada y percibida como irresponsable por parte de los mercados, que terminó tumbando no solo al joven gobierno que la impulsó, sino también a la libra y al Partido Conservador. 

Se trata de realidades complejas que revelan una combinación de factores pero que generalmente evidencian falencias enormes de liderazgo. En particular, la mayoría de los gobiernos fracasó en tomar en serio y a tiempo el fenómeno de la inflación. En muchos casos hasta la negaron o al menos minimizaron en un principio los riesgos y costos que entraña. Más aún, continuaron imprudentemente hasta hace poco con políticas fiscales expansivas, como si las alarmas tempranas no hubiesen estado sonando: siempre hay una buena excusa para gastar de más y postergar los criterios de austeridad. Ahora reaccionan asustados y obligan al mundo a soportar subas “rápidas y furiosas” (según un experimentado banquero de Wall Street) de las tasas de interés, con las que al menos hasta el momento no lograron modificar las expectativas.

Esta medida, que impulsó primero la Reserva Federal de Estados Unidos y luego el Banco Central Europeo, el bastardeado Banco de Inglaterra (la moneda británica llegó a mínimos históricos) y hasta el Banco de Japón, nunca tiene efectos inmediatos para controlar la inflación. Por el contrario, los daños colaterales no tardan en materializarse: en la última reunión conjunta del Fondo Monetario y el Banco Mundial se repitieron advertencias sobre la vulnerabilidad que enfrentan los países endeudados, en especial los emergentes. Los años 80 traen el recuerdo de la terrible crisis de la deuda, que preocupa sobremanera a los principales funcionarios de los organismos multilaterales de crédito. La razón es sencilla: carecen de los recursos materiales y humanos para enfrentar un contexto similar. Y existen numerosas dudas sobre la velocidad y la eficacia de un eventual intento de recapitalización. ¿Cómo impactarían los crecientes conflictos geopolíticos en los órganos de gobierno de dichas instituciones?

Muchos gobiernos están obsesionados por la cuestión energética, que se volvió más compleja desde febrero de este año, sobre todo por las consecuencias políticas, económicas y electorales que podrían implicar. Aun los líderes más sólidos y hasta hace poco muy laudados, como Angela Merkel, cometieron serios errores estratégicos al permitir la dependencia respecto de Rusia e impulsar una transición energética hacia fuentes renovables con calendarios voluntaristas y objetivos incumplibles. ¿Qué ocurrió con el supuesto férreo lobby de las grandes empresas petroleras? Una adolescente militante contra el cambio climático parece haber sido más influyente que una de las industrias más poderosas del último siglo. Menos mal que Greta Thunberg está de acuerdo con mantener abiertas las pocas plantas nucleares que quedaban aún funcionando. La debilidad de los gobiernos a menudo se expresa en la fortaleza relativa de la sociedad civil y en la frecuentemente exagerada influencia de las redes sociales. Las impactantes protestas en Irán, que el régimen teocrático no logra controlar, subrayan la importancia de esas identidades y espacios de autonomía que anidan en contextos autocráticos, a pesar de la represión, y que son una fuente de esperanza y vitalidad.

Otro caso de creciente debilitamiento involucra a la aún principal potencia global. Estados Unidos reemplazó la exagerada turbulencia y los escándalos permanentes que caracterizaron los años de Trump con un Joe Biden con una muy baja tasa de aprobación, arrinconado por los sectores más radicalizados de su partido, sus alarmantes problemas de salud mental y una agenda en la que la gravedad de la inflación y la crisis energética lo obligaron a capitular en materia de derechos humanos, como hemos visto en los casos de Arabia Saudita y Venezuela. En este contexto, las elecciones del 8 de noviembre representan un desafío muy complejo: según la mayoría de los sondeos, perdería el control de la Cámara de Representantes, aunque podría conservar e incluso extender marginalmente su leve mayoría en el Senado.

En el Reino Unido, el fracaso de la conservadora Liz Truss resultó tan impresionante que hasta le dio posibilidad de revancha al polémico Boris Johnson. Tal vez por haber derrotado al prestigioso economista Rishi Sunak, Truss decidió aplicar una insensata receta thatchereana, desoyendo la opinión de los expertos, con una fuerte reducción de impuestos y con subsidios a la energía domiciliaria. El resultado: la perspectiva de un desastre fiscal disparó una corrida contra la libra y los bonos soberanos británicos. Menos mal que están los especuladores para defender a los ciudadanos de los desatinos de sus gobernantes. Algunos observadores consideran que esta crisis de gobernabilidad solo puede frenarse con un llamado anticipado a elecciones generales. Las encuestas sugieren que los laboristas corren con una ventaja muy significativa.

No solo Putin derrochó en poco tiempo el prestigio que su país había logrado acumular. Algo parecido está ocurriendo en nuestra región: tanto Colombia como sobre todo Chile eran considerados territorios con buenos climas de inversión en comparación con el resto del continente, situación que se modificó en muy poco tiempo. Los bonos colombianos están siendo castigados, sobre todo por un polémico proyecto de reforma tributaria impulsado por Gustavo Petro. Mientras tanto, Gabriel Boric, con una tasa de aprobación menor al 30%, paga muy cara su inexperiencia y los vaivenes iniciales de una gestión que no termina de arrancar. Los hechos de violencia de las últimas horas ponen de manifiesto que las tensiones sociales y las organizaciones políticas extremas que conmocionaron hace tres años al país están lejos de haberse disipado.

En un mundo volátil, incierto, complejo, ambiguo, con crecientes tensiones geopolíticas y una multiplicidad de conflictos en condiciones de escalar, la arquitectura de instituciones internacionales probó ser incapaz de contener, disuadir o moldear el comportamiento de los actores y naciones que más desafían el frágil (des)equilibrio actual. Para peor, muchos países atraviesan situaciones domésticas que agravan el panorama y producen más perplejidad. Prevalecen un vacío de liderazgos, fracasos estrepitosos y un deterioro notable en la calidad de la dirigencia. En el peor de los sentidos, el mundo se argentinizó.

Sergio Berensztein

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