Sábado, 27 May 2023 13:02

A la espera de los Reyes Magos – Por Vicente Massot

Todo el espacio político argentino, y por supuesto los mercados, se hallan pendientes de la negociación que desde hace un mes —cuando menos— han entablado el staff del Fondo Monetario Internacional y el gobierno kirchnerista. 

Si ese organismo de crédito obrase siempre, sin excepciones a la regla, con base en el cumplimiento estricto de los acuerdos firmados con los distintos países que son sus miembros y han recibido aportes, no existiría ninguna duda de cuál sería la decisión que tomaría en este caso. El equipo capitaneado por Sergio Massa recibiría un cero en el examen y volvería a Buenos Aires con las manos vacías.

 

Pero el FMI está metido en un problema y, por lo tanto, no puede dejar que un defaulteador serial haga —una vez más— de las suyas y se declare insolvente.

Fueron las propias autoridades norteamericanas, y la burocracia a cuya cabeza revistaba Christine Lagarde, quienes le extendieron a la administración macrista el mayor préstamo de la historia, con la particular coincidencia de que era impagable. Pues bien, de tales polvos, estos lodos.

Para honrar la deuda, el presidente Alberto Fernández y su entonces ministro de Economía, Martín Guzmán, seguido más tarde por Massa, renegociaron el libreto original, establecieron nuevas pautas y echaron a andar. Para variar, no cumplieron prácticamente nada de lo acordado, unido al hecho de que el Banco Central comandado por Miguel Pesce está en rojo en punto a sus reservas netas propias y el crecimiento de la inflación parece no tener techo. Conclusión: al kirchnerismo el tiempo se le acaba y no tiene otro camino más que pedirle al FMI otra gauchada.

Dejando a un lado los mecanismos formales con que desenvuelve sus actividades el FMI, estimamos que hay altas probabilidades de que antes del 20 de junio las arcas del BCRA reciban el solicitado aporte extra—por fuera de los oportunos desembolsos necesarios para repagar la deuda contraída durante la gestión de Cambiemos— que le permita al titular de la cartera de Hacienda intervenir en el mercado cambiario.

Ese día hay un vencimiento de capital con el organismo del cual venimos hablando, por unos U$ 2700 MM, y no existe forma ninguna de honrar el compromiso. El Fondo sabe que si desoye el pedido desesperado de Massa, nuestro país volará por el aire financieramente, algo que no le conviene. Eso lo obliga a hacer la vista gorda, pasar por alto las desprolijidades argentinas y abrir su billetera.

El auxilio no solucionará, en un abrir y cerrar de ojos, los problemas estructurales que arrastra nuestro país. Pero le permitirá al gobierno ganar algún tiempo, y podrá —con suerte—llegar a las PASO sin necesidad de devaluar. Cuánto tiempo ganará, nadie está en condiciones de saberlo porque dependerá de cuatro factores que marchan separadamente: el monto que preste el FMI, la reacción de los mercados, la deriva inflacionaria y el resultado de las internas abiertas.

La respuesta favorable del Fondo —en el caso de que se produzca— es solo una de las condicio-nes necesarias para que el kirchnerismo entregue el poder en el mes de diciembre sin antes sufrir un cimbronazo de proporciones gigantescas.

Como a una buena parte de las certezas de las dos grandes coaliciones políticas de nuestro país la realidad las ha hecho pedazos, sus integrantes —cuando menos los de mayor porte— se afanan por encontrar caminos, de cara a las elecciones, hasta ahora desconocidos para ellos .

El kirchnerismo se ha quedado en harapos, sin la épica con base en la cual se creyó, duran-te al menos dos décadas, dueño del futuro; sin un conductor capaz de guiar a sus incondicionales en los momentos de esplendor, y sobre todo en los aciagos, cuando todo el tinglado construido desde 2003 parece venirse abajo; sin candidatos de fuste, susceptibles de entusiasmar a sus seguidores tres meses antes de que se substancien las PASO y a solo cinco meses para que se lleven a cabo los comicios generales sin un discurso verosímil, que lo compre su electorado como lo hizo en las últimas dos décadas; sin un enemigo contra el cual cargar y que la cruzada genere adhesión, más allá de las bravuconadas afiladas a expensas de la oligarquía, el imperialismo y el FMI que ya no movilizan a nadie; sin cobertura jurídica para poner a cubierto de la condena, y eventualmente de los barrotes, a la vicepresidente; y, por último, sin reservas en el Banco Central ni efectivo que derrochar a tontas y a locas como estila hacer cualquier administración populista en estado de desesperación.

Frente a semejante panorama, los que sueñan despiertos están a la orden del día.

Hay quienes imaginan que, para poner un mínimo de orden en un Frente que tiene la consistencia del papel glacé, conviene elegir un candidato a dedo y así evitar el peligro de que escalen las contradicciones latentes a lo largo y ancho del peronismo.

Parecen no darse cuenta de que el berenjenal en el que se hallan metidos tiene su origen en aquel ucase discrecional de la viuda de Kirchner, que catapultó al incompetente de Alberto Fernández a la Casa Rosada. Aunque a la dama le haya fallado de tal manera su presunta clarividencia, ahora quieren repetir el libreto como si nada hubiera pasado. Hay otros que desean con fruición las internas abiertas sin percibir la fragilidad de sus ilusiones. Seriamente, ¿quién podría votar con entusiasmo a Daniel Scioli, Wado de Pedro,

Agustín Rossi, Juan Grabois, o a un ministro de Economía que a la hora de asumir su rol de presidenciable —si acaso lo hace— llevaría en su mochila, como logro más notable, una inflación anualizada de 150 %?

No faltan tampoco las voces apocalípticas que razonan de la siguiente manera: como es probable que el kirchnerismo salga tercero, en atención al desbarajuste económico y social en el que se encontrarán metidos en octubre la estrategia que debería ponerse en ejecución sería la de ordenar a los votantes propios a inclinarse, en la segunda vuelta, a favor de Javier Milei.

Ello posibilitaría la ingobernabilidad futura y una crisis terminal de la que podría sacar provecho, como principal partido opositor, el peronismo. Es curioso que alguien medianamente serio considere posible, en pleno siglo XXI y muerto hace cincuenta años el único dirigente en aptitud de mandar a votar a la Mona Chita y que ésta ganase, dirigir la dirección del voto de millones de personas con sólo quererlo.

En realidad, cualquiera de las alternativas que se manejan por separado en la Casa Rosada y en las tiendas de La Cámpora, tienen patas cortas. El peligro que arrastra una decisión inconsulta de Cristina Fernández es que el Movimiento se parta al medio y los descontentos decidan presentar una fórmula por fuera de la del oficialismo. Eso condenaría a los dos peronismos, que entonces se enfrentarían a salir uno tercero y otro cuarto en los comicios de octubre. Por su parte, el riesgo que tienen las internas abiertas es que pondrían al descubierto las diferencias hallables entre los diferentes candidatos, en un momento en el cual los kirchneristas —separados a más no poder— requieren un grado alto de unidad.

En Juntos por elCambio las urgencias y la desesperanza no son las mismas. Tienen dos candidatos competitivos, carecen de toda responsabilidad en términos de la administración de la cosa pública, no deben rendir cuentas a la ciudadanía ni de la inseguridad, ni de la inflación, ni de la pobreza, ni de la desnutrición infantil, ni de la indigencia, ni tampoco de la suba de la divisa norteamericana.

Pero la certidumbre que a mediados de diciembre de este año era común a todas sus facciones, de que, si no cometían errores groseros o autoinfligidos, Balcarce 50 estaría al alcance de su mano, hoy luce vidriosa. Es cosa del pasado. Ya no representan lo nuevo ni la gente está dispuesta a creerle a sus principales dirigentes, como lo hizo en la campaña que llevó a Mauricio Macri al poder. Sus reyertas, ventiladas a la luz del día, delante de millones de argentinos hartos de la casta, los ha puesto en un lugar semejante a las demás banderías políticas.

Con el objeto de reaccionar ante la adversidad —porque lo suyo está lejos de ser un desfile que los conduzca al gobierno sin despeinarse— sus referentes de más enjundia no han encontrado la forma de limar asperezas y de dar una imagen —aunque fuese puro maquillaje—de sólida camaradería. Pregonan lo que en los hechos no cumplen y lo hacen de una forma —por momentos tan torpe— que no hay quién no se dé cuenta de ello. Mientras las peleas que se desen-vuelven en el kirchnerismo lo son de lobos, en el espacio de Juntos por el Cambio lo qué hay es una riña de gallos.

Alberto Fernández —se supone que a propósito—, harto de ser maltratado por su vice, cometió el peor de los pecados hace menos de veinticuatro horas. No dijo que la viuda de Kirchner fuese corrupta, pero dejó flotando en el aire la duda. Lo que expresó, sin filtro, respecto de sus vínculos con Lázaro Báez, llenó de ira al camporismo, como era de esperar.

La Señora —lo saben todos— es poco transparente, para no calificarla de corrupta, lisa y llanamente. Claro que de ahí a que lo insinué el hombre a quien ella catapultó a la Rosada, media un trecho. Con semejante brecha abierta entre los dos, es una tarea imposible sentarlos a conversar —con Massa presente en la misma mesa de negociaciones— sobre qué estrategia electoral escoger.

Hasta la próxima semana.

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