Martes, 12 Septiembre 2023 18:58

El Sur Global como excusa – Por Mariano A. Caucino

En una extensa y por momentos ininteligible columna para LA NACION escrita desde el avión presidencial en su regreso de la cumbre del G20, el presidente de la República se entregó a redactar un compilado sobre su errada forma de interpretar qué sucede en el mundo. 

Aunque ya nadie puede tomar demasiado en serio las palabras de quien ha ocupado -pero no ejercido- la Presidencia de la Nación, acaso la ocasión permite hacer un balance de su política exterior y su curiosa forma de interpretar el orden mundial que nos toca vivir.

La que escondida detrás de los elegios al llamado “Sur Global” oculta una serie de fracasos que nos han vuelto a colocar del lado equivocado de la historia. En una insistencia reiterada de políticas equivocadas que solo perpetúan nuestra decadencia.

Porque en rigor, en la interpretación kirchnerista del mundo, el “Sur Global” parece ser una formidable excusa. Al punto de haber desaprovechado una y otra vez la participación argentina en el G20. Membresía que, en verdad, hemos conseguido gracias a políticas exactamente opuestas a las que el kirchnerismo llevó adelante en los últimos veinte años.

Toda vez que la Argentina fue incorporada al G20 gracias a las políticas de modernización llevadas adelante en los años 90 por la gestión Menem-Cavallo. Las que el kirchnerismo ha desmontado, una tras otra, para producir una verdadera contra-reforma que implicó la des-modernización de la Argentina. Hasta llegar a este aciago presente. En el que lejos de estar en condiciones de dar lecciones al mundo deberíamos procurar reparar tanto daño. El que se expresa en una realidad de millones de pobres, una tasa alarmante de inflación y un estado tan enorme como ineficaz.

En tanto, fascinado su supuesto logro de haber sido invitado a formar parte de BRICS y aferrado a una prédica anti-occidental, el mandatario parece volver a ilusionarse creyendo que el G7 “acabará relegado” ante la nueva alianza. En lo que parece ser una nueva claudicación ante sus mandantes, enrolados en el Foro de San Pablo y el Grupo de Puebla.

Ante los que pareció volver a querer congraciarse. Sin temor a asomarse, una vez más, a los límites del ridículo. Por caso al volver a hacer gala de su falta de sentido de la oportunidad. En ocasión de su encuentro con el presidente de los EEUU. Cuando en vez de procurar intensificar las relaciones con la que sigue siendo la principal potencia de la tierra, insistió en su permanente injerencia en los asuntos internos de otros estados. Atacando gratuitamente a un ex presidente frente al actual jefe de la Casa Blanca.

Acaso creyendo que preside un gobierno capaz de darle consejos a alguien. Y como ha venido insistiendo en cada foro al que ha sido invitado, envuelto en una imaginaria bandera izquierdista, reiteró su cuestionamiento a que los Estados Unidos mantengan el bloqueo (inexistente) sobre Cuba y Venezuela.

Pero en su incapacidad de comprender que Cuba y Venezuela son dos fracasos gigantescos como responsabilidad de las acciones que sus dictaduras han adoptado, el gobierno argentino insiste en el error. Acaso sin solución de continuidad, y con el grave corolario de aplicar recetas económicas socialistas fracasadas aquí y allá.

Mientras al mismo tiempo durante cuatro años este gobierno incumplió una y otra vez los compromisos que en el ámbito hemisférico hemos suscrito de promoción y defensa de la democracia. Erigiéndose, por el contrario, como abogado de las tiranías de la región, empleando en su día la titularidad de la CELAC para encubrir a los gobiernos no democráticos de las Américas.

De pronto empleando una pertenencia al “Sur Global” como un enorme pretexto. Cuando en rigor nadie puede tomarlo en cuenta, después de haberse paseado como Zelig por aquí y allá. Repitiendo ante cada interlocutor un discurso de ocasión. Intentando agradar a quien se tiene delante, sin importar nada las consecuencias de sus actos. Desafiando el principio de no contradicción. Tal vez creyendo que la vida transcurre en un eterno presente, no sujeto al escrutinio de la verificación de la coherencia de sus palabras. Olvidando que había sido elevado de la condición de operador y puntero del PJ porteño a la calidad de Jefe de Estado.

Como en aquella fría mañana en Moscú, cuando en ejercicio del peor sentido de la oportunidad, dejaría una marca en los anales de la historia diplomática. En una muestra patética de los errores en los que puede caer un mandatario por su vocación de pretender agradar a sus interlocutores. Sin medir las consecuencias de sus palabras y creyendo que se puede mentir permanentemente. Olvidando los daños a la reputación y el prestigio de quienes representa.

Acaso evocando aquella máxima de Talleyrand sobre la restauración de los Borbones, podría decirse que después de casi cuatro años en el ejercicio de la Presidencia, Alberto Fernández pudo haberlo olvidado todo y no haber aprendido nada.

Una realidad que de pronto no podrá ocultar por más que busque escudarse en las nobles invocaciones al “Sur Global” y en sus admoniciones sobre la necesidad de “reconfigurar el sistema internacional” y en la “creación de un nuevo modelo universal”. Palabras huecas que no podrán sustituir cuatro años desperdiciados de una Presidencia inmerecida.

Mariano A. Caucino es abogado, especialista en Política Internacional y exembajador en Israel y Costa Rica.

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