Viernes, 27 Octubre 2023 11:15

La ventaja de Massa y el apurón de Macri – Por Jorge Raventos

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El comicio del último domingo, como era previsible, precipitó un nuevo (y significativo) movimiento en el proceso de reconfiguración del sistema político.

La victoria de Sergio Massa en la primera vuelta electoral fue, si se quiere, la causa emergente de ese movimiento reciente. Para muchos actores y analistas, ese triunfo fue algo inesperado. Esta página no estuvo en el lote de los sorprendidos. Una semana atrás señalábamos aquí: “A horas de la primera vuelta electoral, la mayoría de las encuestas asigna a Milei la segura participación en el balotaje y coinciden en que la competencia central es la lucha por el segundo puesto, es decir por la condición de desafiante del libertario. Sin embargo, convendría no dar nada por absolutamente seguro. La primera vuelta ya mostró que podía ocurrir algo inesperado. 

En aquel caso, el ascenso de Milei. Valdría la pena preguntarse si la hora de lo inesperado ya pasó. ¿Han sido acaso abolidos los milagros? Como dijo el arzobispo porteño, monseñor Jorge García Cuerva, no hay que dejar el Evangelio en la puerta del comicio”.

El razonamiento apuntaba, obviamente, a la candidatura de Massa, proyectada hacia arriba tanto por el liderazgo evidenciado por el candidato como por el evidente despertar de las estructuras sindicales y territoriales del peronismo que habían sentido el golpe sufrido en las primarias de agosto y volvieron a ejercitar la enseñanza de Juan Perón (“la organización vence al tiempo”).

FUERZAS OPOSITORAS

A esas condiciones hay que agregar la inconsistencia de las fuerzas competidoras, con los libertarios exhibiendo arrogancia y chapucería (“Ganamos en primera vuelta” y propuestas de ruptura con El Vaticano, con China y con el Mercosur y de derecho a la renuncia a la paternidad) y la candidata de lo que todavía era Juntos por el Cambio farfullando denuestos contra los molinos de viento de un kirchnerismo que ya se ha convertido en una etapa del pasado, una ausencia.

¿VENTAJITA? ¡VENTAJÓN!

La boleta de Massa obtuvo el domingo 22 una formidable recuperación de más de 10 puntos porcentuales en relación con la primaria de agosto. La diferencia que obtuvo Massa ahora sobre Milei (que quedó estancado en su porcentaje de agosto) fue de casi siete puntos (más de un millón y medio de votos) y de 13 puntos (tres millones y medio de votos, bastante más que una “ventajita”) sobre Patricia Bullrich, que retrocedió sobre el caudal de Juntos en la primaria.

El rápido escrutinio del domingo 22 representó un golpazo tanto para los libertarios como para el macrismo. Antes de presentarse ante sus respectivos públicos, hubo una comunicación entre Javier Milei y Mauricio Macri, en la que ambos acordaron que los respectivos mensajes postelectorales (el del libertario y el de la candidata macrista) dejarían entornada la puerta de una convergencia, por la que el expresidente venía trabajando desde meses antes.

QUE SE VENGAN TODOS

Milei fue al micrófono de su búnker el domingo por la noche a cumplir el compromiso con Macri y buscando así una muleta con la que recuperar la marcha después de la derrota. Para eso, recitó el papel que había escrito con la ayuda (y vigilancia) de su equipo más moderado para no correr el riesgo de algún desborde temperamental que arruinara el plan de acción para el balotaje. Se vió entonces a un Milei sin motosierra, encastado (valga el neologismo), tendiendo puentes hacia muchos que apenas dos días antes había incinerado en sus discursos y concentrando su ataque en “el kirchnerismo”, adoptando así el relato que en otro búnker voceaba Patricia Bullrich. Curiosamente, mientras sus seguidores coreaban “Que se vayan todos”, el verso de batalla de los libertarios, el fraseo de Milei sugería un “que se vengan todos”. O, en rigor, casi todos: no quería la compañía de los “colectivistas” del radicalismo y del ala moderada del PRO.

En verdad, eran éstos los que ya anticipaban que nunca avalarían una sociedad con Milei. De hecho, algunos sectores del radicalismo ya habían anticipado que si había un balotaje Massa-Milei, ellos votarían a Massa. Las definiciones más rotundas vendrían en los dos días siguientes. Y serían suscitadas por el tándem Mauricio Macri-Patricia Bullrich.

No es que faltaran señales: tanto los radicales, como la Coalición Cívica de Lilita Carrió y las “palomas” del PRO habían dejado en claro que estaban en contra de una alianza con Milei o de tomar una opción en la segunda vuelta: todos favorecían una postura “ni-ni” (ni mileísmo ni kirchnerismo, para ponerlo en los términos der Gerardo Morales).

SOLOS EN LA MADRUGADA

El martes, cerca de la medianoche, en vísperas de una reunión de la mesa del PRO y de otra, análoga, de la UCR, Mauricio Macri apuró en su domicilio un encuentro presencial entre Milei y su candidata, que ya había sido informada de su papel: debía prepararse para ofrecer su apoyo espontáneo a Milei en la segunda vuelta y a una ceremonia previa de mutuo perdón, en la que el libertario se disculparía de haberla tratado de montonera, de acusarla de poner una bomba en un jardín de infantes y otras parecidas, y ella de enrostrarle que era un títere y un cómplice de Massa y que éste le había confeccionado las listas de candidatos. Fue un perdón de trámite rápido, como esos casamientos en Nevada de las películas americanas.

Ironías de la historia: el viernes 20, en el acto de cierre de la campaña de Bullrich, en Lomas de Zamora, Mauricio Macri, coincidiendo con aquellas acusaciones de su candidata, había afirmado que “Milei no tiene estructura y es fácilmente infiltrable”.

Un diagnóstico que, parece, es tan bueno para un barrido como para un fregado: Macri ya ha conversado con el libertario para ubicar dos o tres de sus alfiles en el gobierno de Milei. Claro que para eso Macri y Patricia deberían aportarle por lo menos unos dos millones de votos y hacer una vaquita para los gastos de la campaña: ¿acaso Milei no vendía los cargos?

HECHOS CONSUMADOS

En cualquier caso, esa madrugada Macri aceleró los tiempos para adelantarse a las reuniones previstas para el día siguiente, porque sabía que en ellas –tanto en la del radicalismo como, incluso, en la del PRO- su postura no obtendría aprobación.

Optó por el hecho consumado y así provocó el estallido de Juntos por el Cambio con la conformación que tenía hasta las elecciones: él y Patricia Bullrich, acompañados por un sector de incondicionales se eyectaron de la coalición y se dirigen ahora a una especie de “entrismo” en la fuerza libertaria (operación altamente condicionada por el resultado de la segunda vuelta), a la que Massa llega con una ventaja que complementa su distancia en votos: mientras sus rivales tienen que borrar con el codo las agresiones que se propinaron en los rounds anteriores, él, que siempre actuó en función de una convocatoria a la unión nacional, y por lo tanto se mostró siempre en tono no agresivo y cooperativo, puede encarar la etapa final sin reconstruir su discurso.

EL INVENTO DE LANUSSE

En verdad, Juntos por el Cambio sobrevivirá a esta operación: la UCR, Coalición Cívica, un gran fragmento del PRO, el Encuentro Republicano Federal de Miguel Pichetto y, sobre todo, los gobernadores de ese signo y la mayoría de sus congresistas coinciden en mantener la neutralidad en la segunda vuelta y ser protagonistas de una oposición moderada, abierta a los consensos realistas pero no dispuesta a ser cooptada por visiones extremas o fundamentalismos.

Macri, Bullrich y Milei practican una aritmética electoral que suele inducir a equívocos: suman los votos de todas las fuerzas que no ganaron y las colocan en un conjunto al que le adjudican unánimes pulsiones antiperonistas; con ese razonamiento se imaginan cosechando una marea de votos con los que triunfar frente a Massa.

En rigor, el balotaje fue introducido en la política argentina con un objetivo antiperonista. El gobierno militar que presidió el general Alejandro Agustín Lanusse lo incorporó en un estatuto de pretensión constitucional y supuso que con ese instrumento terminaría con la superioridad electoral del justicialismo. En aquella primera versión una segunda vuelta era indispensable si el ganador de la primera no obtenía el 51 por ciento de los votos. Lanusse sabía que la mayoría de los ciudadanos no era peronista (y acertaba en eso), pero deducía que toda esa mayoría votaría unificadamente contra el peronismo.

Allí lo engañó su deseo. Si Juan Perón consiguió en septiembre de 1973 el 62 por ciento de los votos no fue porque la mayoría del país se hubiera vuelto peronista, sino porque Perón consiguió el respaldo de una legión de argentinos de otras ideas. Unos meses antes, en marzo, con Perón todavía proscripto, Héctor Cámpora alcanzo casi el 50 por ciento de los votos (49,5 por ciento) y no hubo balotaje porque Ricardo Balbín, el candidato radical que había sido doblado en sufragios, se dio cuenta de que la política tiene lógicas que la aritmética no entiende y renunció a participar en la segunda vuelta. Algo similar a lo que acaba de hacer en la Ciudad de Buenos Aires Leandro Santoro, al reconocer directamente, desertando del balotaje, la victoria de Jorge Macri, con 49,5 por ciento de los votos (0,5 % menos de lo que exige la ley).

El escrutinio del 19 de noviembre medirá una vez más el teorema de Lanusse y quizás se vuelva a descubrir que, en política, dos más dos no necesariamente resultan cuatro. También pueden dar tres.

Más allá de la distancia entre los personajes históricos y la crasa actualidad, vale recordar que los dos grandes líderes políticos (uno, del peronismo, el otro, del no-peronismo) no venían de insultarse dos días antes, sino de haber vivido ambos, así fuese en distinta medida e intensidad, la larga experiencia de gobiernos de facto, represión y proscripciones. La evocación de aquel encuentro de 1973 y hasta la cita adulterada de San Martín a la que apeló la candidata lucen como intentos patéticos de proveer de épica a una farsa (dicho en términos dramáticos).

VENCEDORES Y VENCIDOS

Los hechos empiezan a marcar que, en la reconfiguración en marcha, que se volverá más intensa después del 19 de noviembre, la cuestión federal tendrá una marcada importancia y el papel político de los gobernadores (y, en general, de las jefaturas territoriales) crecerá.

Eso se ha vuelto notorio no sólo por el rol que jugaron las estructuras territoriales en la gran performance de Massa, sino por el papel que ya mismo han comenzado a desempeñar los gobernadores en ejercicio y los recién electos de Juntos por el Cambio para afrontar el episodio de ruptura encabezado por Macri y Bullrich. Esta liga se pronunció por la continuidad de la coalición y por la neutralidad en la segunda vuelta.

Si tanto la deriva aislacionista de Bullrich-Macri como el, digamos, triunfalismo precoz, prematuro, de Milei han sufrido un revés en las urnas, habría que registrar también entre los derrotados a muchos exponentes de la prensa facciosa empeñada en dictarle línea a la política y en censurar con preceptos pretendidamente morales (a menudo mal conjugados) a la ciudadanía, que puede oírlos pero no los escucha.

Las caras largas y las expresiones taciturnas que el viernes por la noche exhibían, por caso, Macri y Bullrich competían con los rostros decepcionados de ciertos columnistas y comentadores que intentaban en vano disimular su pesar con sonrisas forzadas. El voto ciudadano desafiaba sus deseos y, más sensiblemente, desmentía la pretensión de disfrazarlos como material informativo, De cara a la segunda vuelta tal vez esos comportamientos empiecen a cambiar. Sería una buena señal de que, desaparecida la antigua grieta, no prospera su reemplazo por una de nuevo tipo.

Jorge Raventos

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