Nuestra verdadera templanza como ciudadanos se pone a prueba ante disyuntivas difíciles. El desafío es optar entre lo que no nos gusta. ¿Qué son nuestras ideas cuando, al mantenerlas impolutas y rígidas, no pueden adaptarse al escenario que permite llevarlas a cabo? Mera esterilidad.
Acusan a Javier Milei de negar el pacto de derechos humanos y de proponer prácticas plebiscitarias. Es verdad que Milei dijo que los militares cometieron “excesos”, expresión inadecuada que minimiza la represión ilegal, pero el espacio político de Sergio Massa no se limitó a lo discursivo: fundó la Triple A, dictó el decreto de “aniquilamiento”, entabló el pacto sindical-militar, indultó a los dictadores y, por fin, traficó y ensució la causa de los derechos humanos. ¿De qué hablamos? De un lado hay una mera declaración; del otro, una tradición de acciones horripilantes.
También es cierto que Milei sostuvo que si no le aprobaran las leyes en el Congreso apelaría a plebiscitos, pero eso no es más que una especulación. Milei tendría cero posibilidades de menoscabar la democracia. Del otro lado está el legajo del peronismo: el primer Perón reformó la Constitución para ser reelegido y diluir la oposición. Menem hizo lo mismo. Kirchner apeló a la tramposa alternancia matrimonial de “pingüinos” y vampirizó a opositores. ¿Por qué no haría Massa una construcción análoga? Es irrelevante preguntarnos si Massa es o no kirchnerista, justamente porque su anclaje autoritario está en un sistema de capas sucesivas y mutantes que va más allá de estas últimas dos décadas. Si ganara Massa habría una parodia de democracia.
Todos los peronismos despreciaron la división de poderes y manipularon la Corte Suprema, haciéndoles juicio político a los jueces o ampliando la cantidad de miembros con el fin de organizar mayorías complacientes. El actual gobierno implementó un vergonzoso juicio contra todos los integrantes del tribunal, que aún persiste, con la complicidad de Massa en la comisión parlamentaria.
La cosmovisión económica de Milei descansa en premisas exageradas. Hay temas como la educación, la salud o las transacciones financieras que no pueden quedar a la intemperie del mercado. Es esperable, sin embargo, que el acuerdo con Bullrich y Macri estilice esas ideas. En esa combustión puede haber una síntesis y una doble garantía: liberalismo y republicanismo. Hay que entender que fue el electorado, con su forma ortopédica de distribuir el voto opositor, el que forzó esta reconfiguración de la política. Los dirigentes solo homologaron ese mensaje que emitió la sociedad.
Si alguna duda quedara, del otro lado está el modelo massista: hace un año y medio que maneja la economía sin brújula, llevando la inflación y la pobreza a límites extravagantes. Basta ver el desquicio del comercio exterior con las opacas autorizaciones para importar y la acumulación de deuda por más de 40.000 millones de dólares con los proveedores extranjeros. Somos el hazmerreír del mundo. ¿Por qué Massa arreglaría en el futuro los desastres que él mismo está provocando, cuando ni siquiera ofrece sacar el cepo? Massa es el epígono del círculo rojo: su lote ideológico se limita al ensamble de empresarios amigos y mafia sindical con un Estado disoluto que arma licitaciones de diseño. Negocios para pocos, dádivas para muchos: un blend de Gildo Insfrán y Alfredo Stroessner.
Milei es un peligro hipotético pero también una esperanza; Massa, una orgía de disparates y la consolidación de una nueva hegemonía: el mal absoluto, el empecinamiento en el error. A la luz de esa asimetría prefiero el voto a Milei.
Marcelo Gioffré


Si estuviéramos frente a un fraude ostensible y sistemático sería racional que no convalidáramos la estafa con nuestro voto decorativo, pero no lo hay. ¿Cómo se ha de construir la representación si los que deben ser representados abandonan la vida pública? Votar en blanco es ceder la decisión a los otros, es desentenderse del país con tal de dejar tranquila la propia conciencia. Una cobardía simbólica: “Yo, argentino”.