-¿No lo perjudica este pesimismo en la vida diaria? -Es posible. Pero he vivido con él hasta hoy, saliendo adelante solo, como he podido.
- ¿Y el país, la sociedad, su familia? -Están como yo. Veo a todos tristes y desorientados.
-Con esa forma de ver la vida no será Ud. muy feliz. -No claro. No lo soy. Pero ¿qué es la felicidad?
-Dicen que está en el placer que brota de contemplar la armonía de la naturaleza; en la risa, el amor, la amistad.
-¿La verdad? No tengo mucho tiempo para pensar en eso, porque trabajo como un burro de sol a sol para sobrevivir.
-Ud. le cierra así todas las puertas a la esperanza. -Puede ser. Pero eso le importa más a la gente como Ud.
-Mi objetivo era hablar sobre la realidad. -OK. Si buscaba mi forma de verla, aquí la tiene. No hay mucho sentido para seguir hablando.
-Gracias por su disposición. Hasta pronto.
-Si existe ese “pronto”…Este diálogo de entrevistas realizadas sin grabador y por tanto compiladas, se repitió -con matices-, en diversas caminatas realizadas hace algunos días por el conurbano bonaerense.
La gente ha dejado de creer en la democracia, porque está convencida que los que gobiernan debieran respetar la voluntad del pueblo y trabajar “para que todos estemos bien” (sic).
Lo que sucede es que la palabra democracia alude en realidad a un mecanismo para designar y reemplazar gobiernos. NADA MÁS QUE UN MECANISMO. Pero lo que ocurre luego es que quienes triunfan en las elecciones, tratan de imponer una suerte de contubernios políticos celebrados entre bambalinas.
Al mismo tiempo, se muestran ambivalentes en su contacto con una opinión pública y ejecutan medidas que solo contribuyen a mantener el poder, prometiendo que el Estado proveerá a todos del nivel de vida al que cada cual se siente con derecho (así sin más), lo que genera un escenario de individuos parásitos que rechazan cualquier esfuerzo que juzguen como “excepcional”.
De este modo, la democracia termina destruida a través de las mismas instituciones, que no garantizan ninguna protección respecto de quienes prometen beneficios absurdos que jamás podrían ser cumplidos.
En ese escenario se debate hoy un mundo plagado de autoritarismos que emergen de este estado de cosas. Puede ponerse como ejemplo de lo antedicho a Venezuela, Nicaragua, Cuba y algunos países asiáticos, africanos y del medio oriente que cultivan una democracia “aparente”.
La excepción parece estar constituida hoy por los gobiernos de raíz anglosajona, donde las ideas sobre la libertad y la república se mantienen aún como pilares indispensables para lograr una organización social ordenada, equitativa y apegada a valores éticos tradicionales.
El filósofo y economista londinense John Stuart Mill, a quien ya nos hemos referido antes de ahora, decía al respecto de la democracia y la libertad: “Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si por su indolencia, falta de cuidado, cobardía o falta de espíritu público, o por un momentáneo desaliento, o un pánico temporario, o un exceso de entusiasmo con un individuo, no está a la altura de los esfuerzos para preservarla…es improbable que pueda gozarla durante mucho tiempo”.
Para que ello no ocurra, es necesario elevar primero el nivel educativo de la sociedad, algo por lo que nadie parece interesarse demasiado, a pesar del cacareo de los “recién llegados”, que al asumir aseguran con aire solemne que para ellos es una prioridad.
A buen entendedor, pocas palabras.



