Se acabarían los CEO y llegaban los científicos, se acababa la miseria y llegaba una cruzada contra el hambre encabezada por personalidades que sí tenían sensibilidad social (o mediática). Se acababa la discriminación y a partir de la creación de dependencias oficiales, avanzaba un progresista lenguaje inclusivo muy lejos de reflejar las realidades sociales o los índices de violencia de género existentes.
El kirchnerismo “reloaded” volvía al poder para concluir su proyecto eterno, luego de los cuatro años que un señor llamado Mauricio Macri, les había frustrado.
La abogada exitosa, su hijo convertido en el heredero de EL, los cuadres camporistas ávidos del “vamos por todo” volvían a pisar fuerte, para mostrar al pueble argentine que la culpa de los años de miseria, pobreza y estancamiento tenían un solo responsable: “el gato”.
Así fueron desapareciendo los CEOS que “habían destruido la economía”, que usaron el endeudamiento para licuar sus deudas corporativos. Sus políticas eran sustituidas por un ingenuo teórico profesor traído de una universidad extranjera que a base de ecuaciones exponenciales quiso, sin éxito, controlar y acomodar las complejas cuentas nacionales atadas con alambre y por prebendas corporativas. La política exitosa del control de las fronteras, de luchar por reducir los índices de inseguridad, de proteger al ciudadano, la ruptura del monopolito de los cielos para que un fueguino pudiese conocer el norte del país sin caer en las garras de la mafia de los Moyano y la reinserción de la Argentina en el contexto internacional se fueron licuando con el regreso de la apertura de cárceles, las visitas a Milagro Salas, los hermanos latinoamericanos del grupo Puebla y empoderar nuevamente a los gordos en cuanto negocio y curro les era posible. Todo sea por la patria popular y les pobres.
Volvía la patota, los muchaches, los apretes, los intendentes del cono urbano a marcar su espacio en la cancha, las ambulancias que repartían falopa y ese doble discurso de nosotres les pobres desde sus elegantes mansiones, casas quintas, autos de lujo, carteras, relojes o celulares de primera generación que se exhibían en lujosos yates o resorts del Caribe mexicano.
Pero de pronto todo se nubló. La llegada del covid-19 se convirtió en una pandemia que les encontró desarmades frente a una emergencia que puso en juego a todes las actividades cotidianas, impactando en las relaciones sociales y sacudiendo a todes los sectores e instituciones.
Mientras las, provincias, municipios del mundo buscaban la forma de salvar vidas, evitar contagios, acelerar los procesos de vacunación y no dejar caer la actividad económica, la Argentina de Alberto Fernández, de la abogada exitosa, la de todes, y la del perverso presidente de la Cámara de Diputados que ya iba pertrechando su plan de conquista del poder, se ahogaba en la inoperancia, dejando a la luz de las evidencias, las festicholas en la Quinta de Olivos, la falta de vacunación por no haber arreglado los “vueltos” con los laboratorios, promoviendo vacunatorios VIP con inyecciones de dudoso origen, con un encierro carcelario de toda una población que necesitaba permisos “on line” casi siempre negados, para atender a sus enfermes, dejando como saldo la suma en números oficiales de 150 mil muertos sin ningún tipo de repuesta. Si digo bien, más de 150 mil personas muertes, o sea 5 veces mayor de la suma no oficial pregonada por las organizaciones de derechos humanos durante el proceso militar.
Mientras a les argentines, nos querían taladrar el cerebro con el lenguaje inclusivo del Pakapaka, mientras les adolescentes con el torso desnudo, exhibiendo sus senos en señal de protesta feminista, celebraban en fiestas callejeras un tema tan delicado como la ley del aborto, mientras se pretendió hacer una fiesta del pueblo usufructuando para su provecho la muerte de Maradona o la versión casi analfabeta de un señor L-Gante del himno nacional porque todo es kultura, la economía se caía a pedazos, la polenta sustituía al asado, ahora por culpa de la sequia internacional y la guerra de Ucrania.
Entonces pasó lo que las ratas hacen siempre cuando se hunde el barco. El Maxi se abría del bloque de diputados y la abogada exitosa empezó a vociferar que ese no era su gobierno.
El relato continua con que se pierden las elecciones de mitad de término, el camino hacia el recambio presidencial vislumbraba el despertar de una Argentina pos pandemia. Los amagues ilusos de don Alberto para volver a postularse rebotan cuan frontón con todas la paredes en su contra, Y parafraseando a Carlos Puebla, ese juglar que cantaba loas a la revolución cubana (como antes las hacia con Batista) con su canción “se acabó la diversión, en eso llegó Fidel” esta vez no fue Fidel el que llegó, fue Massita. Sergio Tomas Massa, era el nuevo elegido por la señora para devolverle la mistika al pueblo y a sus bolsillos. Ese Sergio Tomas que, como Alberto en su momento, ya los había traicionado, pero que era el único que podía salvarle las papas a la causa.
La apetencia o voracidad de poder de la pareja Sergio-Malena (quizá mucho peor que las de Néstor y Cristina) dinamitaron en los últimos seis meses lo poco que quedaba del gobierno de Alberto Fernández.
Emisión, inflación, deuda, más emisión e inflación a costa de engrosar el estado y comprar voluntades, era la fórmula ideal que ellos pensaban para el inicio de un nuevo canto de sirenas que marcaría, la nueva dinastía nacida desde Tigre, para la Argentina Potencia y en Crecimiento.
El Alberto aturdido, descolocado, ignorado, que entregó de hecho su mandato seis meses antes de su término constitucional (lamento decir que en eso emuló a Alfonsín) recién ahí se despertó de la realidad de que ya no vivía en esa Ciudad de la Alegría tan bien narrada por Dominique Lapierre y que gobernar un país no era lo mismo que salir a pasear con Dylan, cantar con Nito Nebia, chatear hasta altas horas de la madrugada con el personaje de turno o la comodidad de un cargo en la embajada en Madrid a la que humildemente aspiraba.
Ha pasado 4 años y en cada cajón que hoy se abre, se destapa un escándalo increíble de corrupción, impunidad, incapacidad, cholulismo y, ahora, violencia de género.
Un viejo dicho habla de las cuatro mentiras del mexicano. La primera dice “ahorita vengo” cosa que nunca pasará y ese ahorita pueden ser semanas, meses o años. La segunda está centrada en “la última y nos vamos” relacionada con la última copa bebida antes de partir, cosa que jamás ocurre y la parranda puede ser eterna. La tercera en cuestión es “mañana te pago”, suceso que jamás ha de ocurrir, para entrar en la última que dice “si me dices que sí y aflojas el calzón, te prometo matrimonio”, cosa que tampoco nunca sucede.
Creo que el protagonista de esta semana, cumplió a rajatabla las cuatro mentiras recién mencionadas y que si aspiraba seguir sus días viviendo de arriba como lo hizo siempre y a a dar cursos y clases como profesor invitado en diferentes universidades del mundo, hoy está condenado a pagar varios de los mayores pecados no capitales del ser humano: la soberbia, la mentira, la falsedad, la poca hombría y la codicia.
Lo que sí podemos darle crédito a que sus palabras recurrentes fueron verdad; la culpa fue del Gato.


Las escenas de la historia siguen dando vueltas por mi cabeza. Era diciembre de 2019 y una horda de fervoroses militantes arrancaban las rejas que rodeaban la Casa Rosada al grito de que se convertirían en parrillas porque “volvió el asado para todes” y volvió el bienestar. 