Sábado, 07 Septiembre 2024 09:12

El estilo del Presidente - Por Jorge Enríquez

Los argentinos necesitamos recuperar la convivencia civilizada y pacífica en el marco del Estado de Derecho.

El gobierno de Javier Milei representa una inesperada novedad en el panorama político argentino. Su irrupción es fruto del notorio fracaso del populismo kirchnerista.

Una parte importante de la sociedad quiso expresar en las últimas elecciones su rechazo al sistema político en su conjunto. El triunfo de La Libertad Avanza no se originó tanto en sus propuestas económicas, sino en esa impugnación genérica, que como toda generalización peca de injusta.

El atractivo de Javier Milei, para esos sectores, no se hallaba en las cuestiones sustanciales de su discurso. Lo que ellos valoraban era el estilo, las malas maneras, la apelación a gritos destemplados y palabras soeces, la tajante distinción entre él y la “casta”.

Es innecesario remarcar la falsedad e hipocresía de esa divisoria de aguas. Quienes creen en ella deben olvidar que Milei fue uno de los principales asesores del candidato presidencial por el kirchnerismo, Daniel Scioli, que éste y muchos otros, que hoy forman parte del gabinete, fueron funcionarios de los cuatro nefastos gobiernos kirchneristas, y que en amplias franjas de la administración se designó a dirigentes cercanos a Sergio Massa.

El gobierno de Javier Milei representa una inesperada novedad en el panorama político argentino.

Lo que sirve para ganar elecciones no siempre sirve para gobernar. Sobre todo cuando el oficialismo cuenta con muy pocos legisladores en ambas Cámaras del Congreso. Milei ha tenido la fortuna de contar con una oposición muy constructiva, con la obvia excepción del kirchnerismo, que le facilitó la aprobación de la llamada Ley Bases, que, aunque sea una versión acotada del proyecto original, son muchas leyes en una y además le concede numerosas delegaciones de facultades.

Pero, frente a ese espíritu de colaboración, el presidente, en lugar de agradecer a los bloques de otros partidos que lo apoyaron, continuó con su prédica maniquea entre buenos y malos. Por más apoyos que le presten, los legisladores no subordinados a él siguen siendo la “casta”, cuando no unas “ratas”.

El mismo trato reciben periodistas que le formulan críticas u observaciones. Aparentemente nadie puede disentir con Javier Milei sin estar “ensobrado”. Es especialmente curioso que ese trato injuriante alcance también a dirigentes que han sido siempre portavoces del liberalismo económico, como Ricardo López Murphy o Roberto Cachanosky.

Javier Milei apela constantemente al insulto y la vejación. Los presidentes tienen derecho, como cualquier otro ciudadano, a expresar sus opiniones y a rebatir las que consideren desacertadas.

Pero si es deseable que lo hagan a través de argumentos y no descalificaciones personales, resulta absolutamente inadmisible que además recurran a un lenguaje vulgar y chabacano, impropio de su investidura. Para colmo, el presidente en ocasiones reenvía mensajes de la red social X plagados de groserías, sin siquiera verificar las notorias falsedades que contienen.

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