Martes, 15 Octubre 2024 09:59

El día que Carlos Monzón se vistió de diplomático

Corría fines de 1974, en la ciudad de México. Hacía pocos meses que en su último acto de gobierno Juan Domingo Perón firmó el cese de actividades de Héctor J. Cámpora como embajador argentino en ese país. Según algunas versiones de esos tiempos, ya casi en su lecho agonizante, expresó: “qué asco” cuando puso su rúbrica en el decreto. 

El general murió el 1 de julio de ese año y según la historia que me fue contada y avalada por personajes presentes en ese momento, en la primera reunión de gabinete de Isabelita como Presidente, los ministros designaron al doctor Ángel Federico Robledo, en ese momento  a cargo de la cartera de Defensa, como vocero para pedirle a la viuda de Perón el alejamiento de López Rega del gobierno.  Cuando Robledo expuso la situación e hizo el pedido, todo el resto de los asistentes se quedaron callados y entonces al ministro no le quedó otra cosa que renunciar.

Como premio a su trayectoria y militancia. Robledo fue designado embajador en México, tarea que ejerció con un alto patriotismo a pesar del reconocimiento que el gobierno mexicano aún le seguía dispensando a Cámpora, ya residente en ese país en calidad de protegido, porque no podía volver a la Argentina. Como dato más explicativo, Cámpora era invitado a todas las recepciones diplomáticas y oficiales, muchas veces tapando y haciendo sombra al propio embajador Robledo quien, en su interior, como viejo compañero de causas políticas y su ex presidente, las aceptaba con resignación.

Yo en esa época era un importante Ejecutivo V del Departamento Cultural de la Embajada Argentina en México. Tenía 19 años y al decir Ejecutivo V significaba que era el “Che Pibe de “Ve a hacer tal trámite” “Ve a buscar al aeropuerto a tal persona que llega”, o “Ve a apoyar a quien lo necesitaba”.

Luis Echeverría, entonces presidente de México, había visitado un par de meses atrás la Argentina en pleno luto por la muerte del líder y entre los convenios celebrados estaba la promoción deportiva entre los dos países. Dentro de  esos acuerdos y con la participación de los promotores argentinos Tito Lecture y Hernán  Santos Nicolini por un lado y el mexicano Jaime de Haro,  se preparó una velada con cinco púgiles argentinos enfrentando a cinco aztecas,  cuya pelea estelar seria en ciudad de México, en el Toreo de Cuatro Caminos,  con Horacio Saldaño, uno de los ídolos que tuvo el boxeo argentino, frente al  magistral José Mantequilla Nápoles por el título mundial welter unificado que tenía el cubano-mexicano. Mantequilla había sido masacrado, literalmente, en febrero de ese mismo año por Carlos Monzón en una pelea en París y tenía sed de revancha contra los argentinos   Ese espectáculo donde también intervinieron un joven Pipino Cuevas y Omar Guillotti,  venia vestido por la presencia en ese momento de los reconocidos  Carlos Monzón, Víctor Galíndez,(que acababa de ganar el título mundial ante Len Hutchin) y el siempre pintoresco Ringo Bonavena.

El resultado de la pelea estelar fue simple. Mantequilla aplastó en el cuarto round a Saldaño quien, en los entrenamientos previos, ya en suelo mexicano, se sacó de lugar el hombro derecho y casi inmovilizado, decidió seguir adelante sólo por la bolsa, sabiendo que iba a un suicidio pugilístico. Terminada la velada y en mi papel de anfitrión, chofer y acompañante de las estrellas deportivas, el embajador Robledo los esperaba con una recepción en la residencia de la Embajada. Monzón estaba en la etapa plena de su esplendor, coqueteaba su romance con Susana Giménez, presumía su amistad con Alain Delon, cerraba el Lido de Paris  y apagaba con su luz propia a un muy un primitivo  Víctor Galíndez y a un Ringo siempre fanfarrón.

Pasamos primero por un canal de televisión donde el famoso Jacobo Zabludovsky, icono de la televisión mexicana lo entrevistó y le preguntó: “dígame señor Monzón, usted cree que Mantequilla Nápoles lo odia porque usted lo derrotó (más que derrota fue una paliza) este año en Paris?. El Carlos con la naturalidad y diplomacia que lo caracterizaba contestó: “no creo que me odie, porque gracias a mí, cobró la mejor bolsa de su carrera”. Así de simple.

Seguimos camino rumbo a la embajada y al entrar por los jardines de la residencia, en un segundo acto diplomático, me dijo muy directamente: “quiero mear” y sin más tiempo para indicarle donde estaba el baño, se arrimó al primer árbol que encontró en el jardín y cumplió sus necesidades fisiológicas con la también frase diplomática “me estaba meando”. Ya con su vejiga vacía, entró en la recepción, saludó indiferente al embajador Robledo (que por cierto se sentía más incómodo que terrorista en una conferencia de paz) y se apoltronó en un sillón para que todos lo vieran y admiraran. Sus primeras palabras fueron: “ustedes serán los diplomáticos, pero el que tiene la guita (plata) soy yo” y así permaneció sentado toda la noche. Las damas presentes se le acercaban, pedían fotos, le alababan su vestimenta a lo cual les respondía: “yo tengo mi sastre en Italia, él tiene mis medidas y cuando quiero una pilcha se la encargo y él me la manda”. Qué tal.

La velada diplomática terminó como todas, con una despedida a la hora que el protocolo lo señalaba. Antes de retirarse quiso nuevamente orinar y esta vez lo convencí de usar los sanitarios para tal fin. Nos subimos a la combi que los trasladaba al hotel y al llegar los estaban esperando unas chicas tucumanas para, según sus propias palabras diplomáticas: enfiestarse.

Han pasado muchos  años de esa historia. Cámpora murió en el exilio en México.  Monzón finalizó invicto su carrera pugilística. Terminó preso por el asesinato de su pareja,  para luego fallecer en un accidente automovilístico de carretera a 140 kilómetros por hora.  Víctor Galíndez también murió en 1980 a los 31 años, atropellado durante una carrera de turismo carretera. Ringo Bonavena terminó sus días  asesinado en el marco de una disputa con el mafioso Joe Conforte, en un prostíbulo y casino en Reno Nevada. Mantequilla Nápoles murió en el 2019 sumido en la extrema pobreza luego de presumir  durante muchísimos años su colección de 150 trajes de vestir.

Horacio Saldaño, la pantera tucumana,  el último ídolo del boxeo argentino, jubilado ya como empleado del Congreso de la Naciones, sigue contando sus hazañas de las recordadas peleas con Abel Cachazú, Ramón La Cruz y Mario Guilloti y  finalmente, Ángel Federico Robledo continuó sirviendo a la patria  y el final de sus días  lo encontró como un activo miembro del Consejo de Consolidación de la Democracia bajo el gobierno de Raúl Alfonsín.

Y yo ese Ejecutivo V de aquellos tiempos,  que seguí caminando  por los senderos de una intensa vida internacional,  acumulando ya más de  46 países vividos y trabajados, estoy hoy sentado recordando a ese Carlos Monzón diplomático,  bajo el viento huracanado de una tormenta tropical en  una isla del Caribe.

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